Hablar de los 80 es abrir un melón de los gordos. Podría estar escribiendo durante años y no habría explicado ni una pequeña parte de lo que eran realmente aquellos años.
Los que me conocéis, sabéis que es una época que me fascina. Soy un verdadero amante de los años ochenta y todo lo que los envuelve. Hoy tengo ganas de escribir sobre ello, y de que me habléis de vuestra experiencia.
Esos años eran especiales. Los chicos y chicas de aquella época, íbamos con las rodillas llenas de costras, con una bici con la cadena a punto de saltar, y con los bolsillos llenos de cromos o canicas (o ambas cosas a la vez). El único reloj que necesitábamos por aquel entonces era la luz de las farolas. Cuando se encendían, era hora de volver a casa. Tocaba subir corriendo antes de que llegara el regaño familiar por llegar tarde a cenar.
A veces me da por pensar si realmente aquellos tiempos fueron tan increíbles o si es simplemente algo que se experimenta al recordar la infancia. Supongo que hay un poco de las dos cosas.
Pero hay algo innegable. Los años ochenta tuvieron una textura y una velocidad que hoy ya no se puede encontrar. Me refiero a esa forma tan particular que teníamos de experimentar la vida, la cultura y las experiencias.
Por ejemplo, una tarde cualquiera era salir a la calle con cinco duros en el bolsillo, a veces incluso tenías suerte y te caían cien pesetas (lo que te convertía en el rico de la pandilla). Ibas al kiosco o a la terraza del bar y mirabas el cartel de helados con los ojos como platos. Un Frigopie, un Drácula, un Twister de lima y fresa (¿Qué se ha hecho de ese polo?)… Elegías uno y a jugar a la plaza.
Jugábamos a cualquier cosa… al escondite, a la peonza, a las canicas… o simplemente a dar vueltas con la bici como si fuéramos la leche 😂. No había quedadas organizadas por mensajes de teléfono. Bajabas a la plaza y te encontrabas con quien te encontrabas, a lo sumo te acercabas al piso de tu amigo y tocabas al portero. Si estaba… ¡estupendo!. Si no estaba, te buscabas la vida con los que estuvieran rondando por allí.
Había un aburrimiento fértil, un espacio de crecimiento que hacía que salieran las mejores aventuras, las mejores ideas y las mejores experiencias.
Y luego estaba la música. Qué locura de época! A día de hoy siguen sonando los éxitos de esos años como si fueran los actuales. Rock, Pop y Heavy, real, visceral y con alma. Pero más allá de los grupos, lo verdaderamente especial era la forma de consumir esa música.
Tener una cinta de cassette era un tesoro. Esperabas a que pusieran tu canción favorita en la radio, le dabas a grabar justo cuando el locutor se callaba… aunque casi siempre te pisaba los primeros tres segundos de la canción, pero seguía valiendo la pena. Luego, cuando los escuchabas, tocaba el ritual sagrado del boli BIC para rebobinar la cinta a mano y ahorrarle pila al Walkman. Si la cinta se salía y se enredaba, se te paraba el corazón de golpe. La sacabas con un cuidado de cirujano, rezando para que no se hubiera arrugado demasiado.
Escuchar música exigía una atención plena. Te tumbabas en la cama, cerrabas los ojos e imaginabas cosas mientras la escuchabas. O si era una cinta original, abrías el librito que venía dentro de la funda y te leías hasta los agradecimientos del técnico de sonido. Hoy le das a un botón en cualquier aplicación y tienes cincuenta millones de temas en el bolsillo. Sin embargo, me pregunto cuántos de esos temas los escuchamos con la devoción absoluta con la que escuchábamos los ochenteros un álbum de Dire Straits, Michael Jackson, Guns n’Roses o Aerosmith.
Si saltamos a la ficción y al cine, la diferencia también es abismal. Los ochenta fueron la gran cuna del cine de aventuras y lo fantástico. Steven Spielberg, George Lucas, John Carpenter, James Cameron, Ridley Scoot o Tim Barton, entre muchos otros, crearon una escuela visual que todavía hoy intentamos replicar sin alcanzar la misma chispa.
Algo que ha cambiado realmente es el cine de terror de esa época. Era un terror sucio y orgánico. Mirabas películas como La Cosa, Gremlins, Hellraiser o Pesadilla en Elm Street y notabas que los monstruos estaban físicamente en tu casa. Supongo que de alguna manera, te llegaba el sacrificio de ese actor sudando a chorros detrás del traje y los kilos de maquillaje.

Hoy en día el terror se apoya demasiado en los efectos visuales y en los sobresaltos de volumen repentinos. Son productos limpios, hipercontrolados y pulidos. El terror de los ochenta era viscoso… Te daba miedo porque podías intuir la masa y la textura de la criatura.
Además, se trabajaba mucho el terror psicológico, más allá del susto fácil de hoy día. Freddy Krueger, al margen de tener unos guantes que acojonaban, encarnaba la invasión absoluta de tu espacio de seguridad, la idea aterradora de que ni siquiera en tus propios sueños estabas a salvo.
Los niños en el cine ochentero sufríamos de verdad, no existía esa sobreprotección narrativa tan habitual a día de hoy. Las películas eran crudas, y tus padres también lo eran.
Déjate de tonterías, ¿quieres ver Aliens? pues ahí la tienes.
Y algo que si que se ha perdido por completo, fue la revolución de los videoclubes de barrio. Ir el viernes por la tarde a alquilar una película en VHS era una excursión sagrada, ¿Qué digo sagrada?… sagradísima! Recorrías los pasillos mirando las portadas, que muchas veces eran auténticas obras de arte, incluso algunas tenían relieve! Eso sí, tenías que devolverla rebobinada antes del domingo si no querías que te cobraran una multa.
¿Y las salas de máquinas? Los salones recreativos eran verdaderas catedrales del estruendo y la diversión. Botones chocando y los sonidillos de los juegos estallando al mismo tiempo desde veinte maquinas diferentes. Entrabas allí y ponías tus cinco duros al borde de la pantalla pidiendo tu turno. Si el juego era el que estaba de moda esa semana, alrededor del chaval que jugaba se formaba un corro de diez espectadores que no paraban de dar consejos y criticar.
Gauntlet, Golden Axe, Altered Beast, Ghosts and Goblins (O su inmediato sucesor, el Ghouls ‘n Ghosts… los ochenteros sabemos que hay dos!) Solo con los primero títulos que os pongo ya os digo quien soy y a donde voy xD.

Luego, en casa, aparecieron los primeros ordenadores. El ZX Spectrum, el Amstrad, el Commodore, el MSX… Yo tuve un MSX y luego un Spectrum Sinclair 128k. Tardabas diez minutos en cargar un juego desde una cinta de cassette mientras la televisión emitía ese ruido chungo y mostraba esas franjas de colores aleatorios. Si sí, tele… no había monitores. Conectabas el ordenador a la tele, y a joderse todo el mundo.
Lo peor era cuando de repente, fallo de volumen. ERROR al final de la carga. Rebobina la cinta, modifica el volumen del reproductor de cinta con un destornillador diminuto y vuelta a empezar desde cero. Tenías que calibrar el azimut del cabezal del reproductor y conseguir que el sonido fuera adecuado. Muchas veces, cuando empezaba la carga, tu ya podías escuchar que ese sonido blanco, igual no era el adecuado. Éramos verdaderos técnicos!

Y bueno, en cuanto a la moda y la ropa… buf, era un mundo aparte. Hombreras gigantescas, calentadores de colores fosforitos, chaquetas vaqueras tres tallas más grandes, tupés fijados con tantas toneladas de laca que podían resistirse a un huracán. Pero había una audacia increíble en todo aquello. Nadie tenía miedo al ridículo porque todos compartíamos el mismo delirio colectivo.
Pero si tengo que quedarme con algo verdaderamente transformador de los ochenta, es el factor humano. La autenticidad y la intensidad de las relaciones personales.
¿Recordáis lo que significaba enamorarte en la EGB o en el instituto? Sin mensajes de texto, sin estados en redes sociales, sin me gustas virtuales… Para decirle a alguien que te gustaba tenías que armarte de un valor incalculable. O bien, si te faltaba ese valor, te buscabas la vida para encontrar una forma de hacerlo. Escribías tu declaración en una hoja arrancada de un cuaderno de espiral. La doblabas meticulosamente en forma de sobrecito triangular, la pasabas por debajo del pupitre a un intermediario de confianza y cruzabas los dedos para que la nota no terminara incautada en manos del profesor de matemáticas, que tenía la costumbre de leerla en voz alta frente a toda la clase.
O peor todavía, el trago amargo de llamar al teléfono fijo de la casa de tu amor. Ese teléfono que estaba instalado en la pared del pasillo principal o en una mesita del salón, donde toda la familia estaba viendo el telediario. Tenías que armarte de un valor sobrehumano para marcar los números, escuchar el tono de llamada y rezar para que respondiera ella directamente y no su padre. Eso te enseñaba a gestionar la adrenalina, la vergüenza y el posible rechazo de una forma salvaje y directa.

Pero no creo que seamos mejores ni peores que las generaciones actuales por haber vivido aquello. Simplemente éramos distintos porque el mundo tenía una densidad muy diferente. Cada objeto costaba conseguirlo, cada información requería una búsqueda activa, cada relación exigía estar presente con el cuerpo y el alma. Había una lentitud maravillosa en el discurrir del tiempo que nos obligaba a prestar atención a las cosas pequeñas. Que gran maravilla…
Me entristece que eso se haya perdido, ojalá pudiera dárselo a mis hijos, pero me es imposible 🙁
Si has llegado leyendo hasta aquí, imagino que eres de esa época, me encantaría que hiciéramos un ejercicio colectivo.
¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando piensas en los años ochenta?
¿Esa canción que escuchabas hasta desgastar la cinta, el sabor de aquel helado descatalogado, la consola que le pediste a los Reyes Magos o la carta de amor que jamás te atreviste a entregar?
Déjame tu recuerdo en los comentarios.
Vamos a montar entre todos un mosaico de una época que ya se fue, pero que sigue resonando con mucha fuerza en nuestra forma de sentir.
¡Viva los ochenta!


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