La remota y solitaria isla de Ambermill era el lugar donde iban a encontrarse los señores elementales. El rojizo atardecer caía sobre los contornos de los árboles, rociando de vehemencia y fastuosidad la alcalina piedra del risco donde ya se encontraba esperando el señor de la vida, Meriv.
Aquel hombre, si es que podía llamársele así, rebosaba serenidad y paciencia. Vestía una túnica blanca de bonitos acabados plateados. Su cabello era largo y canoso, sin embargo, no aparentaba más de unos cuarenta años. Un aura blanquecina le envolvía constantemente. Estaba sentado de forma paciente sobre una modesta roca, esperaba a los demás con los brazos y las piernas cruzadas.
Un viento huracanado arremetió de repente contra sus anchos ropajes, haciéndolos revolotear en un histérico baile de locura y sutil belleza.
El rostro sereno de Meriv ofreció una ligera mueca al entorno.
—Ah… Zefir —adujo con sosiego dirigiéndose hacia esa ventisca.
—La brisa es arenosa y espesa —respondió una figura traslúcida que se formaba poco a poco frente a Meriv—. Esta desconocida amenaza está actuando sobre mi reino de una manera desconcertante —añadió.
—No eres el único que nota sus efectos —respondió Meriv con su particular calma—. El flujo vital de este mundo está más débil de lo que lo he sentido jamás.
Zefir, el señor del viento, se mostraba semitransparente. Una alada figura humana vestida de cuero pulido, a través de la cual se entreveían las olas del bravo océano posterior.
—Wadky ha elegido bien su terreno —apuntó Zefir observando la cercanía del mar.
—Supongo que los viejos enemigos nunca dejan de ser viejos enemigos —dijo Meriv, también observando la masa de agua.
—Me extraña que Fara haya accedido a encontrarse con nosotros en un lugar como este, rodeado de agua… —comentó el señor del viento.
—Fara conoce bien hasta donde llega su poder.
Zefir observó ceñudo a Meriv.
—Por muchas llamas en las que se envuelva sigue siendo un terreno altamente desfavorable para ella. —sentenció con voz solemne.
—Lo se, pero no va a estar sola —dijo Meriv, recordándole que en los últimos milenios, la señora del fuego Fara había caminado siempre amparada por el señor de la muerte.
—¿Crees sinceramente que Yaggo movería un meñique por ayudar a nadie? —preguntó Zefir—. Ese engendro egoísta morirá tan solo como lo están sus malditas sombras —añadió.
Meriv rió ligeramente el comentario.
—La muerte es un simple juego para un señor que básicamente ya está muerto ¿No crees? —inquirió el señor de la luz.
Zefir sonrió.
—Ciertamente, pero no creo que eso signifique que Yaggo sea capaz de asimilar el concepto de la amistad o el altruismo.
—Muy cierto, sin embargo es el mejor capacitado para asimilar el concepto del interés. Y Fara conoce muy bien la importancia que tiene el fuego para el señor de las tinieblas. —explicó Meriv, al tiempo que observaba el cielo—. Además, no existe mejor evidencia que la que puedas ver con tus propios ojos, ¿verdad? —añadió con una ligera sonrisa al tiempo que hacía un ademán en dirección norte.
Zefir giró sobre si mismo y observó hacía donde su compañero miraba.
Una nube oscura y espesa masa sobrevolaba las aguas en dirección a la isla. Y en su centro, había un dragón de ardientes alas.
Al llegar a tierra, aquella negrura descendió cerca de donde se encontraban los dos señores elementales del aire y la vida. El dragón de fuego sumió su propio cuerpo en una fiera inmolación que se mezcló con la pegajosa y pesada niebla oscura.
La fuerza devastadora de aquel fuego se fue degradando hasta convertirse en una figura humana femenina de bellas facciones. Un ropaje de crudo cuero duro cubría su cuerpo dejando sus brazos desnudos. Sus botas eran del mismo material. Era una mujer de piel tenuemente rojiza y ojos fulgurosos y brillantes. Su cabello también rojizo, era largo y encrespado.
La oscuridad enigmática que había a su alrededor empezó a espesarse. Se hizo densa y formó una especie de gran bola de la cual saltaban diminutos rayos púrpuras. Poco a poco, fue tomando forma hasta convertirse en otra figura humana. Una figura masculina que vestía una toga negra con extrañas hombreras puntiagudas. Una capa de similar color pendía de su espalda hasta casi el suelo, donde flotando a unos palmos de tierra, unas botas de idéntica rareza remataban la extraña aunque elegante figura de aquel ser.
Fara y Yaggo habían llegado.
Ambos se dirigieron hacia los otros dos lores. Fara andaba sobre la tierra dejando un ligero atisbo de humo tras sus pisadas. Yaggo, sin embargo, flotaba a cierta distancia del suelo, avanzando sin tan solo mover un solo músculo.
—El fastuoso rey Leech y su consorte —ironizó Zefir al verlos llegar.
Fara lo miró con una llamarada rabiosa en los ojos.
—No juegues con fuego, vientecillo—dijo ésta—, podrías quedar en nada.
Yaggo y Meriv, muerte y vida, observaban la absurda disputa sin mover un solo músculo. Sabían que nada llegaría lo suficientemente lejos, aunque ambos reconocían para sus adentros que una reunión como aquella era tan necesaria como peligrosa.
Cada elemental tenía su punto fuerte y su punto débil. El equilibrio iba a completarse en cuanto estuvieran todos reunidos. El todo y la nada al mismo tiempo. Alguien a quien someter, y alguien que podía someterles.
El agua, con su capacidad de formar ríos poderosos y vastos océanos, era capaz de extinguir los fuegos más intensos y voraces. El fuego, con su calor abrasador y energía desbordante, podía consumir el aire, reduciendo todo a cenizas en su camino. El aire, desencadenando feroces tormentas con su fuerza incesante, erosionaba la tierra, desgastando montañas y valles, transformando así los paisajes con su persistente soplo. Y la tierra, con su solidez imperturbable, absorbía el agua, drenando ríos y humedales.
Todos ellos formaban parte de un círculo salvaje y elemental, donde cada fuerza encontraba su contrapartida y complementaba a las demás. Era un equilibrio dinámico, un delicado juego de poderes que sostenía la armonía del mundo natural. Y sobre todos ellos, la muerte y la vida, eternos rivales, tan sabios e inevitables tanto el uno como el otro.
El mar rugió con fuerza en aquel momento.
Fara, la elemental del fuego, como una fugaz llamarada se adentró unos metros hacia el interior de la isla. Desde esa posición más segura observó, con aparente tranquilidad, el anormal espectáculo del agua formando una burbuja pegajosa que subía sobre el risco.
Wadky, reina del mar y los océanos, tomó forma de inmediato. Era una mujer de largas trenzas doradas, vestía una escamosa armadura azul oscuro. Su esbelta forma recortada contra el sol poniente le confería un aire solemne e impoluto.
—Veo que ya estamos todos —dijo a modo de saludo, con una voz clara y danzante.
—Aún falta Bako —observó Zefir, el señor del viento, moviendo ligeramente sus alas translúcidas.
—¿Es que a caso ya no reconoces a tus enemigos, Zefir? —respondió Wakdy dirigiendo su mirada hacia una imponente roca unos metros más adentro.
—¿Bako? Preguntó el elemental de aire observando la enorme piedra.
—Ha sido el primero en llegar —anunció Meriv, el señor de la vida, con voz solemne y sosegada.
Aquella mole empezó a temblar ligeramente. Una serie innumerable de grietas apareció sobre ella al tiempo que el polvo y la arenisca caían hacia el suelo.
La roca se empezó a separar dejando a la vista unos poderosos brazos. Más piedras se desprendieron mientras que una forma en su interior se ponía en pie. Un hombre de gran altura y corpulencia apareció ante ellos. Sus facciones eran duras, y su musculatura denotaba una gran fuerza y poder. Iba con el pecho desnudo. Unas mallas metálicas y oscuras cubrían sus piernas hasta los pies, donde botas de acero terminadas en una punta afilada advertían la peligrosidad de Bako. Luego, dirigiéndose a la señora de los mares y los océanos, dijo con voz grave:
—Cuanto tiempo sin verte Wadky, me alegro de que no hayas perdido tu intuición.
—Conozco estas islas como la palma de mi mano, se encontrar los puntos donde mis aguas pueden chocar.
—Te harían falta demasiados años para erosionarme Wadky, la humedad que desprendes solo puede alimentarme —dijo Bako con ironía.
—Yo no necesitaría tantos años —intervino Zefir.
Meriv, señor de la vida, interrumpió aquella conversación antes de que pudiera ir a más
—Bueno, ya estamos todos reunidos. Y sabéis el motivo por el cual estamos aqui.
—En efecto, todos hemos presentido la misma amenaza —dijo Yaggo mientras su niebla oscura se arremolinaba deliciosa y suavemente bajo su esencia.
En ese momento todos se apartaron unos de otros para mantener las distancias, y entonces, empezó el concilio.

