David Bowie y el género fantástico: de Mayor Tom al Rey de los Goblins

Escrito por Felip Granados

Ayer por la tarde, tras soltar el teclado salí a caminar un rato. Tengo esa costumbre fija de tragarme mis quince mil pasos diarios a buen ritmo por las calles de Palma. Llevaba días sin hacerlo, con el calor de este veranito se te quitan las ganas… la verdad. Pero a veces lo necesito para poner la cabeza en orden, o desorden, según se mire. Llevaba los auriculares puestos con una reproducción aleatoria muy a mi estilo ochentero y, de pronto, saltaron los primeros acordes de piano de “Life on Mars”. Entre otras maravillas musicales que sonaron, más tarde apareció “Starman”.

Una hora después llegué a casa. Me puse a preparar la cena en la cocina. Mi gato me miraba fijamente desde mis pies, ya que estaba pelando langostinos cocidos y se pirra por ellos. Mientras preparaba todo… hice lo de siempre: “Alexa, ponme algo de música buena”. Para sorpresa, apareció Bowie nuevamente, se ve que era su día. Pero esta vez fue algo distinto, fue “Underground”, uno de mis temas favoritos del Duque Blanco.

Pensé en el agujero negro de creatividad que nos dejó a todos los que nos alimentamos de la ciencia ficción y la fantasía.

Bowie era un tipo rarísimo. Extraño pero profundamente magnético. Tan magnético que incluso os diría que si que si tuviera que traicionar mi heterosexualidad, sería con él. Tal cual. Y ojo, que tengo muy clara mi orientación sexual. Pero es innegable el carisma que tenía. Es una manera de decir que poseía una energía que superaba cualquier barrera.

Una parte de ese hipnotismo venía de su mirada. Todo el mundo repite siempre que tenía heterocromía, que si tenía un ojo azul y otro marrón. Bueno, en realidad eso no es así. Lo que tenía era anisocoria. De chavalito se metió en una pelea de patio de colegio por una chica con su amigo George Underwood. Se llevó un puñetazo directo al ojo izquierdo y la pupila se le quedó dilatada para siempre. El resultado visual fue el que conocemos.

El viajero de las estrellas

Al partir la cebolla, el gato ya no estaba por allí, pues después de comerse su langostino había perdido todo el interés por el resto de ingredientes. Me fijé en las dos partes de la hortaliza que tenía sobre la madera, y pensé en la dicotomía que representaban esas canciones.

Porque Bowie conquistó los dos territorios sagrados que nos apasionan a muchos (y muchas, claro). Por un lado, la ciencia ficción pura y dura. Por el otro, la fantasía oscura.

Si miramos a su vertiente espacial, al margen de las canciones que ya os he mentado antes, nos encontramos con “Space Oddity” que se publicó en el año 1969. Faltaban escasos días para que el Apolo 11 pisara la Luna. Todo el planeta estaba obsesionado con la conquista del cosmos y el progreso tecnológico. Y Bowie, en lugar de vender un himno triunfalista, nos entregó un relato corto de ciencia ficción desgarrador sobre el aislamiento y el vacío. El Mayor Tom flotando en una lata de hojalata, perdiendo la conexión con la Tierra. Que genialidad.

A nivel puramente técnico, esa canción tiene un detalle de producción que me chifla. Bowie utilizó un Stylophone. Era un instrumento electrónico de bolsillo, que por su sencillez incluso se comercializó en muchos lugres como un juguete que se vendía por cuatro duros en la época. Tenía un teclado de metal y se tocaba apoyando un lápiz metálico que cerraba el circuito. Ese zumbido agudo, rasposo y medio desafinado le dio a la canción una textura de emisión de radio rota desde la órbita terrestre. Ningún sintetizador caro de estudio lograba esa sensación de fragilidad.

Poco después llegó la era de Ziggy Stardust. Un mesías alienígena andrógino que llega a una Tierra moribunda a la que solo le quedan unos años de vida. Eso es “worldbuilding narrativo” puro grabado en un vinilo. Para escribir las letras de esa época, Bowie utilizaba la técnica del cut-up. La había popularizado el escritor William Burroughs. Consistía en redactar párrafos enteros a máquina, coger unas tijeras, cortar las oraciones en tiras individuales, mezclarlas sobre la mesa y pegarlas al azar sobre una hoja en blanco. Una especie de collage con las palabras. Luego, se buscan las asociaciones que tu subconsciente te lance, y tachán, aparece la inspiración divergente. Eso era tecnología literaria experimental aplicada al rock de masas.

Pero si me tengo que quedar con un hito de su carrera en la ciencia ficción, me voy directo a su Trilogía de Berlín. Los discos “Low”, “Heroes” y “Lodger”. A finales de los setenta, ahogado por las drogas y la fama en Los Ángeles, Bowie huyó a Alemania Occidental. Se encerró en los estudios Hansa de Berlín con el productor Brian Eno. Aquellos estudios estaban cerca del Muro. Desde las ventanas igual incluso podían verse a los guardias fronterizos con las ametralladoras a la espalda.

En ese ambiente helado gestaron un sonido oscuro y visionario. Usaron un procesador llamado Eventide Harmonizer. El productor Tony Visconti contaba que cuando Bowie y Eno le preguntaron qué hacía esa máquina nueva, él respondió con la conocida “It fucks with the fabric of time“, que vendría a ser algo asi como “que desafiaba el tejido del tiempo” (por decirlo finamente), porque alteraba el tono del sonido sin cambiar la velocidad. Las canciones de “Low son el cimiento de lo que años después conoceríamos como música de ambientación ciberpunk.

Décadas antes de que el cine popularizara las ciudades distópicas de neón, Bowie ya estaba grabando el sonido de una metrópolis decadente y dominada por las máquinas.

Incluso cuando quiso adaptar literatura de forma directa, lo hizo a su manera. Intentó conseguir los derechos para hacer un musical de “1984”, la obra de George Orwell. Sonia Orwell, la viuda del escritor, le negó los derechos de forma tajante. Bowie no se amedrentó. Cogió todas las ideas que tenía desarrolladas, las retorció un poco y construyó el disco “Diamond Dogs”. Nos regaló la ciudad de Hunger City, un escenario postapocalíptico habitado por mutantes.

El Rey de los Goblins y los efectos orgánicos de esa época

Para cuando apagué el fuego de la sartén ya sonaban otras canciones. Posiblemente “Girls on Film” de Duran Duran, o “Africa” de Toto. Me serví una (o posiblemente otra) copa de vino tinto y la mente me fue a la otra cara de la moneda. El Bowie de la fantasía. El Rey de los Goblins.

Quienes crecimos en los ochenta tenemos la figura de Jareth grabada en la memoria. “Dentro del laberinto”, la película de 1986 dirigida por Jim Henson. Bowie aparecía en pantalla con unos pantalones ajustados, una capa majestuosa y ese pelo cardado y desafiante. Movía esas esferas de cristal entre los dedos y prometía deseos peligrosos como lo hacen los genios de la lámpara. Las canciones que compuso para la banda sonora, como “Magic Dance” o “As The World Falls Down” son clásicos absolutos.

Ah, y una curiosidad, a ver si la conocías. Es un un detalle de ese rodaje que demuestra hasta qué punto esa película era artesanal. Esas esferas de cristal que Jareth gira sobre sus manos con tanto misterio no las manejaba él. Por entonces no existían los efectos digitales por ordenador para pulir esos movimientos. Bowie tenía detrás a un malabarista profesional llamado Michael Moschen. Moschen se escondía pegado a la espalda de Bowie, sacaba sus brazos por debajo de las axilas del cantante y realizaba el malabarismo de contacto a ciegas, adivinando la posición de las manos. Bowie solo tenía que poner cara de superioridad mientras las manos de otra persona hacían la magia.

Pero en general, todo el plató era una grandeza de la ingeniería analógica. Decenas de titiriteros metidos en fosos debajo del suelo, sudando la gota gorda supongo, moviendo servomotores y cables para controlar la gesticulación de criaturas de gomaespuma y látex. Algunos otros como Hoggle, con actores o actrices debajo de ese drisfraz, también debían sudar lo suyo. Y en medio de esa maraña de cables, marionetas y disfraces, Bowie actuaba con una solemnidad impresionante. Entendía la regla de oro de la fantasía cinematográfica. Si el actor no se cree la criatura que tiene delante, el espectador desconecta en un segundo.

Luego hizo algunas cosas más, pues su romance con la ficción de género continuó a lo largo de los años. Le chiflaban los personajes liminales, esas figuras que caminan en la frontera de la realidad, como el extraterrestre de “El hombre que cayó a la Tierra”.

El vínculo entre esos dos mundos

Al final, da igual si hablamos de naves espaciales o de castillos habitados por goblins. El hilo conductor es el mismo. Bowie utilizaba el género fantástico como una herramienta personal y emocional.

No usaba la ciencia ficción para hablar de tecnología, la usaba para hablar de la soledad. No usaba la fantasía para contar cuentos infantiles, la usaba para reflejar la pérdida de la inocencia y el miedo a hacerte mayor. Era un narrador brutal que utilizaba la industria de la música como su gran lienzo personal.

En fin, una pena no tenerlo actualmente creando más genialidades como esas.

¿Y tu? ¿con que te quedas? ¿Con el Bowie espacial o con el Rey de los Goblins?

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