Lugares Tenebrosos III: Centralia.

Escrito por Felip Granados

Bienvenidos de nuevo a este rincón de masoquismo geográfico al que llamo Lugares Tenebrosos. Ya nos paseamos hace un tiempo por el escenario de la plaga y el psiquiátrico abandonado de la isla de Poveglia. Luego cruzamos el Atlántico para navegar entre las miradas de plástico de la Isla de las Muñecas, en México. Hoy nos toca cambiar de elemento. Dejamos de lado el agua y nos vamos directamente a la tierra, a una tierra oscura, desolada y terroríficamente caliente. Nos vamos a Pensilvania, al pueblo fantasma de Centralia, un lugar donde algo tan simple como caminar es jugarte la vida si no sabes bien donde pisas.

Es un lugar de pesadilla que deja sin aliento nada más verlo. Si te acercas por la ruta 61 de Pensilvania, una de esas carreteras secundarias rodeadas de árboles inmensos, de repente, te encuentras el asfalto destruido, lleno de pintadas y montañas de tierra. ¡Enhorabuena!, has llegado al infierno por la conocida Graffiti Highway.

En ese momento, te llama la atención el contraste que percibes en el clima. El aire de otoño suele ser bastante frío por esas latitudes pero al bajar del coche y caminar sobre ese asfalto agrietado notas ese algo raro: calor que emana del suelo. Por no hablar de el penetrante olor a huevos podridos y azufre. A medida que te adentras, ves que de las grietas del suelo sale una neblina blanca constante. Constante… y caliente.

Ese lugar es un infierno. Un pueblo que reposa sobre un incendio enterrado. Tal cual.

Todo empezó por una soberana estupidez, por una chapuza administrativa. A principios de los años sesenta, el consejo municipal de Centralia quería limpiar el pueblo de cara a las fiestas locales. Tenían un vertedero rebosante de basura. Se ordenó a los bomberos que le prendieran fuego a los desperdicios y así poder limpiar la zona rápidamente. Esto ocurrió en mayo de 1962. Quedaos con la fecha porque es importante para entender la magnitud del desastre.

Resulta que ese vertedero estaba ubicado en una fosa cercana a un antigua mina de carbón. Esa mina es un entramado gigantesco de galerías en el subsuelo, que pasan por todo el pueblo y las montañas cercanas. Las quema de la basura se extendió algo más de la cuenta y alcanzó una veta de antracita pura de esas minas.

La antracita es un tipo de carbón durísimo. Tiene un nivel altísimo de carbono y arde extremadamente lento. Arde a temperaturas brutales y apenas necesita oxígeno para mantener la combustión. Los bomberos locales echaron toneladas de agua sobre las cenizas del vertedero, pero semanas después, el suelo seguía caliente. La tierra empezó a escupir volutas de gas tóxico. El fuego había bajado a la oscuridad y había empezado a devorar la tierra desde dentro.

Durante años los habitantes convivieron con esa anomalía, un incendio bajo tierra. No paro de pensar en lo horrible que debe ser vivir sabiendo que el subsuelo de tu cocina es un horno gigantesco. Lo peor de todo es que aquella situación se normalizó durante un buen tiempo, la gente llegó a acostumbrarse a esa nueva normalidad. A que sus plantas murieran marchitas por el calor de las raíces. A que la nieve del invierno se derritiera extrañamente rápido. La gente seguía yendo a comprar el pan, a trabajar, al colegio.

No obstante, había un problema oculto más allá de lo palpable. El enemigo invisible eran los gases tóxicos. El monóxido de carbono se filtraba por las tuberías y los sótanos. El alcalde del pueblo, un tipo llamado John Coddington, tenía una gasolinera. Un día metió una vara de medición en los tanques subterráneos de combustible para comprobar el nivel y sacó la vara caliente. Aquel hecho lo alarmó. Al medir la temperatura de la gasolina almacenada bajo tierra descubrió, para su horror, que estaba a casi ochenta grados Celsius. Vamos… a punto de hervir. A punto de volar medio pueblo por los aires.

Otro punto de inflexión llegó en el invierno del 81. Había un grupo de gente trajeada dando vueltas por la zona, unos políticos del estado que iban a reunirse con las autoridades locales. Como en pueblo pequeño las noticias vuelan, a una mujer le dio por curiosear y mandó a su hijo, un chaval de doce años llamado Todd Domboski, a averiguar qué hacían esos forasteros por ahí. De camino, a Todd le llamó la atención ver unos hilitos de humo saliendo de la hierba, cerca de un árbol. Cuando se acercó a mirar la tierra se le vino abajo.

En un segundo quedó metido en un foso de calor y humo, en una abertura hacía un horno de gas letal. Mientras intentaba salir como podía, el terreno continuaba desmoronándose. Empezaron a brotar los gases tóxicos de la mina y el niño se puso a gritar desesperado pidiendo ayuda.

Todd logró agarrarse a unas raíces de milagro. Su primo lo escuchó y logró sacarlo de aquel agujero.

Si el chaval hubiera caído ahí dentro, hubiera muerto asfixiado por el monóxido o calcinado en el fondo ardiente.

Ese incidente fue la bofetada de realidad que necesitaban. El gobierno federal tuvo que intervenir. Destinaron millones de dólares para reubicar a la gente. Compraron las casas, las derribaron y borraron el código postal del mapa. Aunque muchos se resistieron… y es que hay personas que son increíblemente cabezonas.

Somos una especie fascinante y autodestructiva. Te explican claramente que el suelo debajo de tu cama arde a quinientos grados, te advierten de los gases letales… y tú respondes que llevas ahí cuarenta años pagando tu hipoteca y que de ahí no te mueve nadie. Hubo familias que pasaron décadas peleando en los tribunales para no abandonar sus casas. El último grupo de irreductibles llegó a un acuerdo hace pocos años para poder vivir allí hasta el día de su muerte. Después de eso, el gobierno reclamará los terrenos.

El paisaje actual de Centralia es completamente desolador. Supera cualquier concepto tradicional de “pueblo abandonado”. Es un escenario postapocalíptico real. Calles asfaltadas devoradas por la maleza, escaleras de piedra que ahora terminan de golpe en el vacío…

La flora del lugar ha ido cambiando con el paso de los años, y el bosque circundante está parcialmente muerto. En las zonas de mayor actividad subterránea solo quedan árboles esqueléticos, troncos blanqueados y raíces achicharradas. Y el silencio… Un silencio denso y pesado.

Muchos dicen que este pueblo inspiró el famoso videojuego Silent Hill. Pero hay que hacer una aclaración al respecto, en realidad no inspiró al videojuego. Los creadores japoneses del juego original se basaron en pequeñas localidades de estética estadounidense, combinando referencias literarias y de terror clásico. En cambio, lo que si inspiró fue la adaptación cinematográfica de este. El director Christophe Gans, sí tomó Centralia como modelo para la película. Ese pueblo le ofrecía esa estética de decadencia y esa niebla perpetua.

Es un lugar profundamente antinatural, ya que la sensación térmica está deformada. Tienes los pies calientes pero la cara helada por el viento otoñal. Te rompe los esquemas lógicos. Además, la mente asocia instintivamente el suelo bajo nuestros pies con la firmeza absoluta. Representa la base, la seguridad inamovible de nuestro entorno. Allí no es así, esa asociación queda diluida por completo, el suelo es el peligro.

Durante décadas, los curiosos acudían a la Ruta 61. Era un tramo de carretera estatal abandonado y fracturado por el calor, famoso por estar completamente cubierto de grafitis. Lo llaman la Graffiti Highway. Generaciones de exploradores urbanos han dejado su marca en aquel asfalto resquebrajado y agonizante.

En resumen, se trata de un incendio inapagable. Los ingenieros llegaron a la conclusión de que extinguir el incendio requeriría cavar zanjas gigantescas de cientos de metros de profundidad alrededor de toda la veta de carbón. El coste económico sería astronómico. Es más barato dejar que la montaña se consuma sola. Los cálculos de los geólogos estiman que hay suficiente carbón en el subsuelo para que Centralia siga ardiendo durante otros doscientos cincuenta años.

Doscientos cincuenta años. Pensad en ello.

Cuando todos nosotros seamos polvo, cuando nuestros servidores hayan caído y mi propia web sea solo una reliquia en el archivo de internet (si es que existe…), ese fuego seguirá arrastrándose bajo tierra. Seguirá escupiendo gas venenoso por las grietas de ese pueblo fantasma.

A veces el terror es distinto al de Hollywood. Sin fantasmas, sin demonios, sin asesinos con máscara. A veces el terror es simplemente la brutal frialdad de la naturaleza ante los errores humanos. Un fuego sordo, lento y eterno devorando los cimientos de la realidad.

En fin, nos leemos en el próximo post. Y vigilad siempre por dónde pisáis.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad
Logo RF
ESCUCHANDO

Selecciona un relato...

0:00 / 0:00
🔊