Recuerdo cómo se arremolinaban ante mis ojos aquellas imponentes entidades arcanas. Un asolado desierto de almas rugía con una fuerza que no podría describir con palabras. Todo a mi alrededor era campo abierto, un campo de amargas insinuaciones. Al iniciarme en aquella búsqueda nunca creí acabar donde me encontraba en ese momento. Junto a las formas de aquellos seres impalpables, una sensación de terror y excitación corría por mi piel.
El terreno era árido, desértico y oscuro. Pese a ser un yermo desolado, crecían algunos arboles con formas extrañas. Alrededor de ellos había seres de translúcida piel, y el aroma de un extraño fruto imperaba en el lugar. No pude definir con claridad la gloriosa construcción que se hallaba al fondo hasta donde podía alcanzar mi visión, púrpura como el firmamento, parecía una especie de templo.
Caminé hacia allí, mientras oía las voces de los desamparados entes. No supe si era una bienvenida o un camino hacia la muerte, pero mi mente y mi corazón querían encontrar esa respuesta.
La forestación de aquel submundo salpicaba de manera despejada por aquella inmensa zona sombría.
Mientras avanzaba recordé que, mucho tiempo atrás, había leído en algún libro algo referente a ese macabro edén. Guardaba en la memoria descripciones tales como las que yo veía en esos momentos. Impulsado por el afán de conocimiento, caminé aún más deprisa, me movía a una velocidad anormal. Pensé que quizá no existía el tiempo en aquella extraña dimensión. Entonces lo que me ocurrió fue algo que no estoy seguro de poder explicar con la habilidad adecuada para su entendimiento: de repente vi ante mí la gran estructura que he mentado antes, me hallaba enfrente, a unos pocos metros. No comprendo aún cómo me desplacé a tal velocidad, solo acudían imágenes a mi mente, sonidos extraños y aquel aroma, aquel aroma dulzón y seco.
Miré hacia atrás, un regalo para mi visión: ahora todo era arena, dunas rojizas empañadas por un cielo amarillento, y al fondo, muy al fondo, se veía un horizonte color púrpura. Era una estampa sobrecogedora.
Al volver la vista hacia la mole de metal, me tomé unos segundos para analizarla con más detenimiento. Quizá fueron horas o incluso días, me es algo imposible de precisar.
A primera vista era de un material muy parecido al hierro, de una altura colosal que casi se perdía en la lejanía de aquel tardío cielo. Lisa por toda su fachada, se imponía ante mí. No parecía tener entrada alguna a su interior, su diámetro debía ser kilométrico. Era una edificación extraña, muy diferente a la que conocemos los humanos. Lo que mantengo fresco en el recuerdo es su color, lo que de lejos parecía púrpura bajo la luz del firmamento, de cerca era un gris muy oscuro… casi negro.
Me pregunté qué clase de ser podía haber levantado aquella construcción y con qué propósito.
Después de mi turbado análisis avancé un poco más. Cuando me hallaba a pocos pasos, algo inesperado golpeó mi adrenalina: emergieron de la arena unos muros del mismo material. Teniendo aquel lugar como epicentro, fueron formándose progresiva y rápidamente alrededor de aquel coloso. En apenas unos segundos, la titánica estructura quedó blindada por completo frente al desierto.
Me pregunté cual podía ser el motivo de levantar un doble muro. Entonces algo vino a mi mente, como si de alguna manera la propia construcción me estuviera respondiendo.
Aquel tempo no buscaba protegerse del exterior… sino mantener a raya lo que albergaba en su interior.

