El precio de la carne

El precio de la carne
Escrito por Felip Granados

El frío en las catacumbas de la Alta Torre no era el habitual del invierno septentrional. Aquella corriente traía un olor espeso a sebo quemado y tierra húmeda, el aroma de las cosas que el sol ha olvidado. Silas arrastró las yemas de los dedos por la piedra caliza, guiándose por el zumbido sordo que vibraba en sus muelas. Los maestros decían que los niveles inferiores estaban sellados por seguridad. Mentían. Solo querían el monopolio del miedo.

Frente a él, la runa de plata que custodiaba la pesada puerta de roble rancio parpadeó. Silas sacó una aguja de hueso y se pinchó la palma izquierda. La gota de sangre cayó justo en el centro del glifo protector. El metal siseó. Un humo acre, con olor a carne chamuscada, le llenó la garganta. La cerradura cedió con un chasquido seco que resonó en el pasillo desierto como un hueso al romperse.

Al empujar la madera, el aire se volvió denso, casi masticable. La cámara secreta era pequeña, apenas un cubo de roca viva cubierto por una capa gruesa de polvo gris. En el centro, sobre un pedestal de obsidiana áspera, descansaba el tomo. No tenía polvo encima. Las cadenas de hierro que lo rodeaban estaban flojas, oxidadas por el tiempo pero incapaces de contener el leve latido que emanaba del objeto.

Silas se acercó. Sus pasos rompían el silencio absoluto del lugar. El libro estaba encuadernado en una piel pálida, demasiado suave para ser de buey o de cabra, salpicada de poros diminutos que parecían sudar un aceite negro. Al tocar la cubierta, un calambre gélido le trepó por el antebrazo. El frío le atenazó los tendones, obligándolo a hincar las rodillas en el suelo húmedo.

Las páginas se abrieron solas, impulsadas por un viento invisible que olía a cripta abierta. Los caracteres no estaban escritos con tinta. Eran filamentos negros que se retorcían sobre el pergamino carnoso, buscando la luz de su linterna de aceite. Silas leyó las primeras líneas. La magia tradicional de la escuela, aquella que enseñaba a moldear la luz y el viento, de pronto le pareció un juego de niños tontos. Este texto hablaba de tendones que recuerdan el movimiento, de voluntades arrancadas al vacío, de cenizas que vuelven a gritar.

El libro emitió un crujido seco. Los filamentos oscuros de la página comenzaron a estirarse hacia el aire, flotando como patas de araña ciegas, buscando el calor de su mano ensangrentada. Silas sonrió mientras el frío de la muerte se instalaba definitivamente bajo sus uñas. Había encontrado la verdadera fuente.

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