De vuelta de vacaciones
Cierro los ojos y todavía noto el traqueteo del viaje metido en los huesos. Hay una especie de inercia extraña cuando vuelves a pisar tu suelo después de una semana de carreteras, mapas y paisajes naturales. Deshacer las maletas siempre me ha parecido un acto un tanto melancólico. Es como forzarte a volver de nuevo a la rutina. Pero bueno, ya estamos aquí. La bitácora ha estado unos días en silencio —lo cual, de vez en cuando, es bastante necesario— y ahora toca reactivar los engranajes.
Este viaje no ha sido del estilo de catálogo turístico. Ha sido otra cosa mucho más auténtica. Salir de Mallorca con el chip del norte en la cabeza implica prepararse para el verde, para el aire limpio y, teóricamente, para el fresco. Bueno, lo del fresco… en fin, ya llegaré a eso, porque la ola de calor que nos ha perseguido parecía tener algo personal contra nosotros.
El caso es que queríamos un viaje de extrarradio. Nada de grandes hoteles clónicos ni centros urbanos masificados. Queríamos pueblos, campo, agroturismos y esa fricción real con la tierra y con la gente que solo se encuentra cuando te desvías de las autovías y las grandes urbes.
Lo especial de estos lugares es que lo que te traes de vuelta no son monumentos ni nombres rimbombantes, sino pequeños retazos. Pinceladas sueltas de conversaciones, de gente y de lugares que te marcan.
Primera parada: Tierra salvaje y tranquilidad Zen.

Nuestra primera parada en el trayecto fue un rincón llamado El Interior de Gaia. El sitio es una maravilla, precioso de verdad, pero hay que ir con la mentalidad adecuada. Si buscas un entorno moderno, de diseño minimalista donde no vuele una mosca, te has equivocado. Esto es el campo puro, con todo lo que conlleva. Tierra, bichos, olor a hierba y vida salvaje. Pero también tranquilidad, belleza y paisajes idílicos.
No obstante, si algo hay que remarcar de El Interior de Gaia, es Antonio, el malagueño que regenta el lugar. Qué tipo tan extraordinario! Hay gente que gestiona alojamientos como quien despacha billetes de tren, pero Antonio no es de esos. El te ofrece su hospitalidad desde lo más profundo. Esa amabilidad excepcionalísima —no se me ocurre otra palabra— te abraza nada más bajar del coche. Nos hizo sentir como si volviéramos a la casa de un familiar al que hace años que no veíamos. Un auténtico titán de las distancias cortas. Así pues: Antonio, gracias por esos momentos de tanta cercanía y tranquilidad.
Segunda parada: El descenso del Sella y las cuevas de Tito Bustillo.
De ahí nos movimos con la intención de ver las famosas cuevas de Tito Bustillo y, por supuesto, enfrentarnos al mítico descenso del Sella. Para esta etapa nos alojamos en La Gargantiella. Madre mía, qué bendita locura de sitio. Es un cortijo alucinante, integrado en el paisaje de una forma que casi parece mentira. Allí nos recibió Elías, el dueño, derrochando cortesía. El alojamiento fue sencillamente espectacular, de esos sitios donde te quedarías a vivir una temporada entera solo para ver llover tras los cristales.

El descenso del Sella, por cierto, cumplió sus expectativas con creces. Lo hicimos en familia y, aunque acabamos con los brazos pidiendo clemencia, la experiencia fue una de esas vivencias únicas que los niños se graban a fuego en la memoria. Agua, emoción y la sensación de estar solos en plena naturaleza.
Luego vino el momento de subir a los lagos de Covadonga. Y aquí voy a ser completamente honesto, aunque me gane algún que otro enemigo: para mi gusto, están un pelín sobrevalorados. Bueno, matizo. Quizá no sea culpa de los lagos en sí, sino de la implacable ola de calor que nos pisaba los talones. Ver parajes tan majestuosos mientras el termómetro te derrite las ideas distorsiona un poco la experiencia. Son bonitos, por supuesto, unos entornos imponentes, pero el contexto climatológico nos arruinó un poco el idilio místico que esperábamos encontrar allí arriba.
Tercera parada: Fuego en la costa y una marea humana espectacular.
Dejamos atrás esa zona y pusimos rumbo a Cantabria para hacer noche en Castro Urdiales. El apartamento donde nos quedamos… bueno, no tenía nada del otro mundo, era un sitio funcional y sin pretensiones. Pero el pueblo nos atrapó por completo. Estuvimos solo un día, pero tuvimos la inmensa suerte de coincidir con una noche festiva local.
Fue mágico. Montaron y quemaron una pira gigantesca en mitad de un ambiente vecinal que desbordaba vida. La energía de la gente, las chispas subiendo hacia el cielo nocturno y el olor a humo mezclado con el salitre del mar crearon una atmósfera de esas que te ensanchan el pecho. Nos mezclamos entre la multitud y disfrutamos como niños.
Cuarta parada: Naturaleza y alquimia.

Al día siguiente cruzamos hacia Navarra, directos a un lugar que se ha quedado con un pedazo de nuestro corazón: el Agroturismo Mari Cruz. Lo llevan Alicia y Luismi, y ya os adelanto que son pura luz. La idea inicial era pasar la noche en una cabaña en un árbol. Romántico, idílico, el sueño de cualquiera… hasta que la maldita ola de calor decidió apretar de verdad. El ambiente allí arriba se volvió asfixiante, casi insoportable para dormir.
Aquí es donde se nota cuándo un proyecto tiene alma y cuándo no. Nos trasladaron a un apartamento que tenían libre en la propia finca. Un espacio súper acogedor, precioso, donde pudimos capear el bochorno de la mejor manera. Pasamos dos días fabulosos.
Lo mejor de Mari Cruz, sin duda, es la inmersión. Los críos alucinaron ayudando a dar de comer a los animales, recogiendo los huevos frescos por la mañana… Esas pequeñas rutinas del campo que para nosotros son exóticas y que a ellos les enseñan el valor de lo que realmente importa.
Durante esos días aprovechamos para hacer un par de escapadas cercanas:
- La Foz de Lumbier: Dios mio! Pasamos en balsa por el cañón y os juro que es una de las cosas más alucinantes que he hecho en mucho tiempo. Las paredes de roca cortadas a cuchillo sobre nuestras cabezas y los buitres sobrevolando el cielo… Brutal. Te hace sentir jodidamente pequeño.
- Restaurante Baratze: No fue una para en sí, ya que simplemente buscábamos algún lugar para cenar cercano al alojamiento, y bueno… un acierto. Está en un camping cercano al agroturismo. Fuimos a comer y cenar allí y quiero dejar constancia pública de lo bien que nos trataron. Un trato familiar, cómodo, sin las prisas ni la impostura de los restaurantes modernos de ciudad. Comida rica, honesta y un sitio donde dar un respiro al cuerpo. Te sientes como en casa desde el primer minuto. Nosotros los llamábamos amistosamente “El Baratie” — Un guiño a la serie One Piece 🙂

Última parada: Un azul imposible
Para enfilar el final del viaje, pasamos la última noche en Estella, con el único objetivo de estar cerca a la mañana siguiente de uno de los platos fuertes: el Nacimiento del Urederra.
No exagero si os digo que es uno de los lugares más hermosos que he visto en toda mi vida. Es un entorno casi irreal. Te adentras en el bosque y de repente te topas con unas pozas de un agua brillante, con unos tonos azulados y turquesas que parecen retocados con Photoshop a 4K. En pleno día de calor asfixiante, adentrarse en ese sendero fue como encontrar un pulmón fresco, un oasis de sombra que nos resucitó por completo. Si pasáis cerca de Navarra alguna vez, tenéis que ir. Es innegociable. Precioso.
El sendero nace en un pueblecito llamado Baquedano. Y allí, buscando un sitio donde refugiarnos del sol y comer algo después de la caminata, entramos en el Bar AZPI. ¡Qué bendito acierto!
El dueño nos dispensó un trato increíble. No se limitó a tomarnos nota, nos aconsejó, nos informó sobre la zona y nos estuvo contando un montón de historias y detalles que desconocíamos sobre esa gran comunidad que es Navarra. Se nota cuando alguien ama su tierra y disfruta compartiéndola con los que vienen de fuera. Por si fuera poco, nos sirvió una comida fabulosa, casera y a un precio súper asequible. Apuntad el nombre: Bar AZPI en Baquedano. Parada obligatoria. Sí o sí.

De vuelta al escritorio
Y así, golpe a golpe, pincelada a pincelada, se nos fue la semana. Ya estamos de vuelta en la isla, con la piel un poco más tostada por la maldita ola de calor, la maleta llena de ropa sucia y la mente curiosamente descansada.
A veces necesitas alejarte del teclado, del código y de las historias cotidianas para recordar por qué escribes. Volver a conectar con la tierra, con la amabilidad desinteresada de tipos como Antonio, Elías, Alicia, Luismi o el dueño del Azpi, te recarga las pilas de una manera que nada podría emular.
Vuelvo con los dedos ansiosos. Hay muchos relatos en el tintero esperando a ser rescatados del bloc de notas, nuevos artículos de opinión en camino y, sobre todo, muchas ganas de seguir picando código y diseñando el futuro de mi sistema de narrativa Architect, que lo tengo ahí pidiendo atención a gritos.
Gracias a todos los que habéis estado al otro lado esperando el regreso. Se os quiere. ¡Un gran abrazo a todos y nos leemos en la próxima publicación!
https://www.elinteriordegaia.com/
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