—Tengo que reconocerlo, tenía miedo, mucho miedo. Aquella mansión era jodidamente escalofriante. El gigantesco y desolado salón, oscuros e inacabables pasillos… ¡Jodidos cuadros! ¡Todos parecían observarte constantemente! Y para joderlo más aún, tenía esa jod… lo siento —se corrigió Harry—, maldita sábana blanca encima. Ahora creo verlo cada vez que paso por delante de alguna casa abandonada. Todas tienen esa maléfica similitud, por lo menos para mí.
—Tranquilízate, Bbeshartt.
—¿Qué me tranquilice? ¡Tío! Tú no estuviste allí.
—Lo sé, Bbes…
—¡Entonces calla! ¡Y no me llames Bbes!
Harry Bbeshartt había mantenido una relación estable de amistad con Stoo durante muchos años. Ahora, tras la trágica muerte de su hermana en la mansión familiar de los Heider, Harry parecía haber perdido toda la confianza que antaño tuvo con su fiel compañero. El mundo se le caía a trozos y se notaba en su manera de mirar a los lados.
—Lo siento, Harry, no quería ofenderte.
—¿No me crees, verdad? ¿Y cómo coño te explicas la desaparición de las estatuas, Stoo? ¿Eh? Sabes tan bien como yo que eso es imposible.
—Te creo, Harry. No perdería el tiempo contigo si no te creyera, ni me molestaría en que continuases contándome…
Aunque intranquilo, Harry apaciguó algo de su furia en aquel momento y, con una mirada de reflexión a su interrogador, continuó explicando:
—Tenía una gran biblioteca, como en las películas, pero tío, todo empezó a olerme mal de verdad cuando descubrí la maldita habitación secreta de la que te hablé. La estantería corrió de lugar, ¡y allí detrás estaba el cuarto!, repleto de amuletos, manuscritos con extrañas inscripciones y dios sabe qué más. Cuando toqué el muñeco… había un muñeco de madera con cabeza de animal, algo recorrió mi cuerpo de arriba abajo, lo del temblor no fue una casualidad, Stoo. Y ¡dios mío!, ¡aún oigo las tuberías y huelo el polvo del ambiente! ¡Entonces la pared se abrió y él… eso… me, me… me cogió del cuello con las garras!
—Vale, Harry, dejémoslo aquí —intervino Stoo.
—¡Sus ojos brillaban!
—¡Harry, siéntate y relájate! ¡Siéntate, Harry!
—¡No! ¡Thouragh amathen sumitta!
Bbeshartt parecía volverse loco a pasos agigantados.
—¡Seguridad! —gritó Stoo.
Harry se levantó de la silla como impulsado por un resorte y se lanzó sobre él clavándole los pulgares en los ojos. Enseguida entraron en la habitación dos robustos policías, cogieron al desgraciado Harry Bbeshartt por los hombros, pero ya era demasiado tarde para Stoo, nada en el mundo podría haberlo salvado. Cuando se entra en contacto con un ser despertado, pocas veces se vive para contarlo.
Y sin saber cómo, el ciego y ya muerto cuerpo de Stoo empezó a arder allí mismo, consumiéndose en silencio bajo la mirada aterrada de los agentes.
Ahora Harry está en el corredor de la muerte y aún se cuestionan los ignorantes jueces cómo consiguió hacer arder a su amigo sin una cerilla ni una gota de combustible cerca.
A veces conviene no saber según qué cosas, la verdad. Algunos conocimientos solo llevan a la muerte.

