Lugares Tenebrosos II: La Isla de las Muñecas

Muñecas colgando en la isla de las muñecas
Escrito por Felip Granados

En la última entrega estuvimos en Poveglia, una isla veneciana donde el horror, la peste y la locura confluyen casi a partes iguales. Y para seguir un poco con la dinámica isleña, vamos a pasar del fango y las almas en pena del viejo continente, a un lugar con una carga psicológica y una atmósfera que, sinceramente, a mí me incomoda bastante. Vamos a cruzar el charco.

Nos vamos a México. Nos vamos a meter de lleno en los canales de Xochimilco, concretamente en La Isla de las Muñecas.

Xochimilco

Para ponernos en situación, primero hay que conocer Xochimilco. Hoy en día es un reclamo turístico lleno de trajineras (esas barcas de colores chillones) donde la gente va a beber cerveza, escuchar mariachis y pasar el domingo. Pero a medida que te alejas de los canales principales, el ruido de la fiesta se apaga. El agua se vuelve más densa, casi inmóvil, y la niebla —si vas a primera hora de la mañana— se arrastra sobre los islotes artificiales, las llamadas chinampas.

Es ahí, en medio de ese laberinto de agua y lodo, donde se encuentra una pequeña chinampa que rompe por completo con armonía del lugar.

Es una isla sin hoteles y sin tiendas de recuerdos. Lo que hay son miles de ojos de plástico mirándote desde las ramas de los árboles. Muñecas decapitadas, desmembradas, cubiertas de moho, telarañas y bichos, colgadas de alambres y troncos como si fueran una macabra cosecha de plástico podrido.

Lo que ocurrió aquí fue el resultado de una obsesión real, solitaria y dolorosamente humana que duró casi cincuenta años.

"El miedo no siempre nace de lo sobrenatural, a veces nace de la desesperada necesidad de un hombre de protegerse de aquello que no puede entender."

La tragedia de Don Julián y la niña (que nunca existió…¿?)

El artífice de esta pesadilla visual fue un hombre llamado Julián Santana Barrera. A mediados del siglo pasado —creo que fue por los años cincuenta, o quizás principios de los sesenta, pero da igual el año exacto, lo importante es la historia—, Don Julián decidió abandonar a su familia, su vida en el pueblo y sus obligaciones para retirarse a vivir como un ermitaño en esta chinampa aislada.

¿Por qué lo hizo? Aquí es donde la leyenda y la salud mental se desdibujan.

La historia que él mismo contaba, es que poco después de llegar a la isla, Don Julián encontró el cuerpo sin vida de una niña pequeña. Se había ahogado en uno de los canales, atrapada entre los lirios de agua. Él intentó salvarla, pero fue demasiado tarde.

Poco después de este trágico hallazgo, Julián empezó a escuchar susurros en la noche. Oía pasos sobre la tierra húmeda, lamentos que flotaban sobre el agua y una presencia invisible. Estaba convencido de que el espíritu de la pequeña estaba atrapado en la isla.

¿Y qué se le ocurrió para apaciguar a un fantasma infantil? Regalarle juguetes.

Un día encontró una vieja muñeca de plástico flotando en el canal. La recogió y la colgó de un árbol como ofrenda para el espíritu de la niña.

Y ahí empezó la locura…

Muñecas colgando en la isla de las muñecas

Una obsesión creciente

Don Julián descubrió que, tras colgar la primera muñeca, los lamentos parecían disminuir. O tal vez fue su propia culpa la que se alivió un poco, quién sabe. Pero para él, la ecuación estaba clara: a más muñecas, más protección contra las fuerzas oscuras de la isla.

No tenía dinero, así que empezó a buscar en la basura de los canales. Intercambiaba las hortalizas que cultivaba en su chinampa por muñecas viejas que la gente del pueblo iba a tirar. No le importaba el estado en el que estuvieran.

  • Muñecas sin ojos.
  • Bebés de plástico a los que les faltaban los brazos.
  • Cabezas huecas ensartadas en las puntas de las cañas como si fueran trofeos de una tribu caníbal.
  • Cuerpos cubiertos de hollín…

Con el paso de las décadas, la isla se convirtió en un santuario del desecho. El sol de México quemó el plástico, agrietando las caras de las muñecas. La humedad de los canales hizo crecer musgo verde sobre sus ropas podridas y las arañas tejieron sus nidos dentro de las cuencas vacías de sus ojos.

No sé si habéis experimentado alguna vez la pediofobia (el miedo irracional a las muñecas). Si no la tenéis, os aseguro que cinco minutos en esa chinampa os la despiertan. La sensación térmica del lugar, el silencio sepulcral que solo se rompe por el graznido de alguna garza y, sobre todo, la certeza de que cada una de esas figuras fue colgada por un hombre que temblaba de miedo en su choza mientras la noche caía sobre el canal.

Cuando el abismo te devuelve la mirada

A ver, hagamos una pausa reflexiva. Los escépticos —entre los que a veces me incluyo cuando tengo un buen día— os dirán que todo esto fue un caso severo de esquizofrenia o psicosis provocada por el aislamiento extremo. Es muy probable. Don Julián vivía solo, apenas hablaba con nadie y su mente, privada de contacto humano, pudo haber creado al fantasma de la niña para rellenar el vacío insoportable del silencio.

Pero la realidad, que a veces tiene un sentido del humor bastante retorcido, decidió escribir un giro de guion digno de la mejor novela de terror psicológico.

En el año 2001, Don Julián ya era un anciano. Su sobrino Anastasio solía visitarlo para llevarle algunas provisiones y ayudarle con las tareas más pesadas. Una mañana de abril, ambos estaban pescando a la orilla del canal, justo en el mismo punto donde Julián aseguraba haber encontrado el cadáver de la niña cincuenta años atrás.

Julián le confesó a su sobrino que el espíritu de la niña se había vuelto más agresivo últimamente. Dijo que “las sirenas del agua” lo llamaban, que querían que se uniera a ellas en el fondo del canal. Anastasio no le dio demasiada importancia ya que el viejo desvariaba a menudo.

El sobrino se marchó una hora a atender unos asuntos y cuando regresó, encontró a Don Julián flotando boca abajo en el agua.

Se había ahogado. Exactamente en el mismo lugar donde dijo que había encontrado a la niña.

¿Qué queda hoy en la isla de las muñecas?

Tras la muerte de Julián, la isla no se abandonó. Al contrario, se convirtió en una leyenda urbana mundial. Hoy en día, su familia cuida del lugar y permite la entrada a los viajeros más atrevidos.

La gente suele llevar sus propias muñecas como ofrenda para mantener tranquilo al espíritu de la niña… y ahora, dicen, también al del propio Don Julián. La chinampa sigue acumulando plástico, mugre e historias de terror. Los visitantes afirman que si te quedas en silencio el tiempo suficiente, puedes escuchar cómo las muñecas susurran entre ellas, o ver cómo sus ojos —los pocos que aún conservan el mecanismo de plástico— se abren y se cierran lentamente cuando las miras de reojo.

No sé si las muñecas se mueven o si es solo el viento del canal jugando con los hilos de nailon rotos. Lo que sí sé es que la Isla de las Muñecas nos enseña algo terrible sobre nosotros mismos. El dolor y el aislamiento pueden convertir un paraíso natural en un museo del horror personal. Un museo que, irónicamente, sobrevive mucho después de que su creador haya sido reclamado por las mismas aguas de las que intentó escapar.

Si alguna vez vas a México y te cansas de las postales perfectas, búscate un lanchero que no le tema a las historias de miedo. Pídele que te lleve más allá del ruido de los mariachis. Pero, por lo que más quieras, no te olvides de llevar una muñeca en la mochila. Por si acaso Don Julián sigue vigilando desde la orilla.

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