El salitre de aquel 1984 era bastante ácido, y se mezclaba con el tufo rancio de las vísceras incrustadas en las rendijas del suelo. Fuera de la lonja, la camioneta Pegaso aparcó junto a la entrada a las tres de la mañana. El motor tosió varias veces antes de apagarse, dejando solo el chasquido que produce el metal cuando está demasiado caliente y el murmullo desconcertante de las olas al fondo.
Ramón bajó de la cabina con las manos metidas en sus gruesos guantes de goma. Unos guantes que ya estaban ajados y algo agrietados por los años de uso. Arrastró la primera caja de plástico fuera del remolque. El hielo picado saltaba a cada paso, cayendo al suelo entre sus botas. Dentro de cada una de esas cajas reposaba una gran cantidad de abadejos, grises y rígidos como tablas. La jornada de esa noche había sido bastante productiva.
No obstante, entre aquellos pescados había algo más. Tenía el mismo aspecto gelatinoso, la misma boca entreabierta con dientes de aguja y la piel plomiza. Cualquier pescador lo habría confundido con un ejemplar más de entre todos los que se encontraban. Aquel ser llevaba horas dejándose aplastar por el peso de las redes de arrastre, apretujado junto a montones de pescados sin mover una sola agalla. Era un ser antiguo, que aprendió el arte de la paciencia antes incluso de que el ser humano caminara erguido.
Ramón apoyó la última caja sobre las demás. El vaho de su respiración flotó sobre aquel aire invernal. Se giró y se alejó unos metros para buscar la carretilla de mano y fue en ese preciso instante cuando ocurrió.
El hielo crujió ligeramente. La criatura abrió los ojos. Eran dos esferas negras, húmedas y abismales que evaluaron la distancia exacta hasta la sombra más cercana. Poseían la lucidez y la inteligencia de un ser primigenio y malvado.
La piel de los costados de aquel pescado se rasgó con un chasquido húmedo y desagradable. Cuatro articulaciones delgadas, parecidas a dedos de hueso y cartílago, brotaron de aquel infernal abdomen. Se apoyaron en el borde del cajón con la precisión de un arácnido. La bestia se impulsó hacia afuera sin emitir un solo sonido, pero dejando un rastro de baba y escamas.
En un breve lapso de tiempo, aquel ser cruzó el pavimento y llegó al otro lado del calle. Sus cuatro patas, casi invisibles, se movían con una velocidad frenética, reptando pegado al suelo como una mancha de aceite viscoso y vivo. Se desvaneció tras los contenedores oxidados de la lonja antes de que Ramón volviera con la carretilla.
Nadie vio nada, nadie escucho nada. Solo quedó un charco de hielo sucio y la huella en zigzag de una baba que no pertenecía a nada conocido. No se sabe qué es lo que se pescó aquella noche, pero desapareció entre las sombras, y puede que del mismo modo que pudo camuflarse como un abadejo más, pudiera hacerlo también como cualquier otro animal, o incluso como un humano.

