En un remoto pueblo de la España profunda, existe una antigua y casi extinta carpintería. En ella, habita una criatura muy especial, del tamaño de un puño. Este ser enigmático unos posee grandes ojos negros que capturan la esencia de todo lo que observan. A su alrededor, el mundo le parece inmenso, las herramientas son montañas de metal y madera, y cada viruta de madera, es un como un arbusto.
Esta noche, el carpintero ha dejado su taller para irse a casa a descansar. Y cuando ya no existe ningún ruido, es cuando aparece la pequeña e inusual criatura. Moviendo sus diminutas piernas con una agilidad sobrenatural, emerge de su escondite entre las sombras, atraída por un objeto que el carpintero ha dejado sobre la mesa de trabajo: una efigie tallada en madera. Su curiosa mirada observa que está inacabada.
Como activado por un resorte, el pequeño ser comienza a trabajar meticulosamente en la figura. Sus manos, aunque parecen demasiado pequeñas para el trabajo, manipulan las herramientas con una destreza que desafía su pequeño tamaño. El serrín de la madera vuela alrededor.
Mientras la criatura trabaja, su rostro se ilumina con una expresión de concentración y excitación profunda. En este momento, ese ser tenebroso, es un artista, un creador. La figura de madera comienza a tomar forma bajo sus diminutas manos: los rasgos se suavizan, las curvas se definen, y lo que antes era un bloque sin forma ahora es una obra de arte.
Cuando el primer rayo de sol se filtra por la ventana, la criatura da un paso atrás, admirando su obra. La figura tallada es más hermosa de lo que el carpintero podría haber imaginado. Con un susurro de satisfacción, el pequeño ser desaparece entre las sombras, dejando tras de sí un misterio y una obra maestra.
El carpintero, al regresar, se maravilla ante la perfección de la talla, sin saber que el autor de tal proeza es un pequeño ser fantástico, un artista de la noche, que habita en un rincón olvidado de su mesa de trabajo.

