Cocina misteriosa
Historias de terror

Los Cocineros

En esta historia, titulada "Los Cocineros", exploramos una pesadilla de carne, rituales y seres que no pertenecen a este mundo. Una narración visceral escrita por Víctor Hugo Pérez Gallo
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Autor Víctor Hugo Perez Gallo
Fecha 29 de abril, 2026
Tiempo 14 Minutos

Me complace presentar una obra que recibí hace un tiempo y que vuelvo a publicar tras los cambios en la web.

Esta obra, que llegó directamente desde Zaragoza y se titula “Los Cocineros”, ¡fue todo un reto! Acordar con su autor darle voz al relato me llevó a explorar emociones profundas y me enseñó mucho sobre la creación de personajes singulares, envolventes y, sobre todo, ¡muy intensos!

Así que, desde aquí, gracias, Víctor, por haber confiado tu obra a mi narración. ¡Gracias por permitirme ser parte de esta experiencia!

¡Un saludo y poneos bien los cascos!


LOS COCINEROS

Ahora solo puedo recordar con nitidez el espantoso olor a putrefacción de la cocina de la Universidad. Las otras evocaciones son fragmentarias, parciales. Pero no obstante no puedo dejar de mirarlos con aprehensión. Son taciturnos. Son reservados.

Siempre están vestidos de un blanco impoluto, como los antiguos sacerdotes de alguna religión profana. Los sombreros, altos y níveos; las uñas, elegantemente cortadas. Siguen entrando de madrugada, poco después de la medianoche y se relevan por turnos: son los cocineros, la terrible y poderosa logia de cocineros de la Universidad de Moa. Y no puedo dejar de verlos como los seres fantasmales que miraba desde la penumbra mientras deshuesaban algo y serraban huesos y calentaban el agua en una olla eléctrica. Todo salpicado de rojo, sus manos ensangrentadas. Los odio.

Lo peor es que creo que ellos lo saben.

Ya sé V. que piensas que estoy medio loco. Sé que crees toda esa superchería del psiquiatra que me trató, ya sé que él opina que no debo de leer más libros de mitologías antiguas ni de terror; que debo quemar los libros de Ashton Smith y de Loveman.

Él juzga que todo fue una fantasía mía causada por el cansancio de la noche y lecturas nocivas; me ha sido prohibida la lectura de La Rama Dorada, esa monumental obra que describe la magia negra y la nigromancia en el mundo occidental y donde pude hallar muchas explicaciones de lo que me ha pasado, pero amigo mío, esto no es antropología simbólica: esto es otra cosa. Míralos. Complacidos. Llenos.

Todos en la universidad piensan que su delito es llevarse los restos de comidas para las gigantescas porquerizas que tienen en los sótanos de sus casas. Ya sé que se comenta que tienen un negocio vendiendo estos restos. Ya sé que se murmulla que allí crían seres humanos que han degenerado hasta no pararse en sus dos pies, hasta convertirse en cerdos como los compañeros de Ulises y Circe. Cerdos antrópicos que luego devoran en sus terribles aquelarres. Pero son rumores, no más que rumores. Lo que yo vi es lo cierto.

Mi sentido común aspiraría a que fuera mentira. Pero lo vi y luego lo he leído. Ellos forman una Logia, la terrible Asamblea que se menciona en el Libro de los Mineros que está en nuestra Biblioteca; ellos fueron excomulgados por Papías de Hierapolis, que descubrió por casualidad este horrible culto a la carne y a la Diosa Madre; llevados a la hoguera por Gregorio de Alejandría; en las Cruzadas los Caballeros Templarios tenían el poder de distinguirlos entre la muchedumbre de Jerusalén y los ajusticiarlos sumergiéndolos en aceite hirviendo, única forma de acabar con el demonio menor que vive en cada uno de ellos; por dios, que no estoy loco, prometo que no te hablaré más del tema cuando salgamos hoy del comedor, pero escúchame ahora, no sigas tomándote esa sopa y préstame atención.

Mira, la comida que se cocina en este comedor es famosa en el Ministerio de Educación Superior, nuestro Rector, alguna vez desde la tribuna, ha dicho con orgullo que es la universidad donde mejor se come en Cuba, y esto, en un país donde el hambre es endémica, dice mucho, es la verdad. Recuerdo que mencionó las últimas inversiones en la cocina, inversiones millonarias, para modernizarla y que los docentes y estudiantes comiéramos mejor.

Todo estaba bien en principio y hasta yo creía en él: pero la primera pregunta que me formulé fue: ¿por qué invertir en la cocina y no en modernizar los laboratorios universitarios obsoletos construidos en década del 80 del pasado siglo con tecnología soviética? Se lo había comentado a alguno de mis colegas profesores y me dijeron que esa inversión estaba muy bien, que por algo había que empezar para arreglar esta mediocre Universidad.

Mira, fíjate en las ventanas de la cocina, mira la construcción, ¿la ves?, se distingue fácilmente desde aquí. Es inmensa. Muros de 2 metros de grosor. Pero no sabes toda la historia, a mí me ha costado trabajo pero la he construido de retazos de información. He preguntado. He revisado documentos de la administración y recortes de periódicos. El edificio había sido construido por los soviéticos con fines militares como la base de Lourdes, cuando la crisis de los misiles en la década del 60 del siglo XX y se comentaba que su sótano era un inmenso bunker antinuclear. Ahora es parte de la nevera donde se guardan los alimentos, la mortadela medio podrida que comemos, la carne deshuesada mecánicamente y los huevos.

Si la miras con detenimiento te percatas que la construcción se diferencia en su estructura del resto de la universidad. La cocina se levanta en medio de las aulas y oficinas administrativas, fíjate bien en ese inmueble cuadrado, sólido, de pequeñas ventanas enrejadas y azotea amplia, donde izan todas las mañanas la bandera. Mira sus puertas dobles, hechas de un metal oscuro, allí todavía están los símbolos de las hoz y el martillo, un recuerdo de una época que ya no volverá. Pero no te engañes amigo mío: esos son los signos masónicos del diablo, son anteriores a la Revolución Rusa de 1917, anteriores a la toma de Roma por los hérulos de Odoacro, anteriores a Cristo.

Son la encarnación de una religión extraña de hombres agricultores de la que solo nos han llegado leyendas de horribles holocaustos de niños degollados con la hoz, las manos aplastadas con un martillo de bronce. Y los cocineros eran sus sacerdotes, desde siempre, desde el inicio de los tiempos, cuando aún los hombres eran siervos de Tiamek, el Grande.

La culpa de todo lo que ha ocurrido es de los ingenieros eléctricos de nuestra universidad. Tal vez si no hubieran seguido con sus experimentos científicos yo no me habría dado cuenta de nada y hubiera seguido inmerso en una ignorancia benigna. Los cocineros habían sido siempre muy cuidadosos con sus movimientos, pero puedo afirmar ahora que nada los vuelve más frenéticos que la sangre humana.

Han sido muy perseguidos como te he dicho anteriormente, por los sumerios, los cartaginenses y luego por el terrible brazo inquisidor de la iglesia católica. Por eso se manteníaviejan en la oscuridad. Pero salieron de su anonimato por culpa de los ensayos que tenían los profesores universitarios de ingeniería eléctrica sobre el ahorro energético del horno crematorio del hospital, y ellos, ¡malditos sean una y mil veces!, construyeron al lado de la cocina un horno a pequeña escala para probar la hipótesis de una tesis doctoral y se pusieron a quemar unos pocos cadáveres allí. Todos los días. A todas horas.

Eso fue al principio. Luego cuando se rompió el horno del hospital las cantidades de occisos cremados aumentaron, fue una petición del hospital hasta que arreglaran el suyo, pero nadie en la universidad se percató de eso ni se quejó. Parece ser que el ingeniero que lo ideó tenía razón en algo: el humo que salía por la chimenea del horno era tenue y azul, nada de lo que teníamos pensado como humo de crematorio: oscuro y apestoso. Luego nos informaron que se mantendría un largo tiempo por un convenio entre salud pública y la universidad. Son necios.

Recuerda la Biblia donde ya se menciona como quemaban niños dentro de una estatua de bronce del dios Baal, hijo de El, padre de todos los dioses, “Antes pusieron sus abominaciones en la casa en la cual es invocado mi nombre, contaminándola. Y edificaron lugares altos a Baal, los cuales están en el valle del hijo de Hinom, para hacer pasar por el fuego sus hijos y sus hijas a Moloc; lo cual no les mandé, ni me vino al pensamiento que hiciesen esta abominación, para hacer pecar a Judá”, eso decía Jeremías y nosotros se lo pusimos en bandeja de plata.

Supongo que mis horrores se desencadenaron cuando la policía fue a indagar en la Universidad sobre un estudiante extranjero de Senegal. Lo acusaban de haber hecho abortar a su novia y de haber tirado el bebé a la basura. El vigilante que estaba de guardia detrás del edificio donde dormían los estudiantes extranjeros solo vio un bulto lanzado en la basura y que se desgarraba en lamentos. Fue a buscar a su jefe y cuando regresé no había nada, por lo que supusieron que alguien se lo había llevado.

Después, cuando le pregunté que por qué había pensado que el bulto no fuera un perro o un gato moribundo, me dijo que sus sonidos eran humanos y que seguramente alguien se los había llevado para borrar las huellas.

Ya sabes cómo soy de curioso, cuando la policía se marchó fui a mirar entre la basura. Había de todo tipo, realmente fui a observar a ver si hallaba algo relacionado con el crimen, pero cuando alcé la vista no pude dejar de estremecerme: ante mí estaba la titánica construcción de la cocina- comedor. Y había un camino desde la maleza cercana hasta allí, un trillo que solo toman los cocineros y sus adiestrados, personas que venían a comprar los desperdicios del comedor para sus cerdos.

No sé qué extraño instinto me hizo aventurarme por allí. Fuera del comedor había huellas de garras en el piso, restos sanguinolentos de animales y plumas, muchas plumas. ¿Por qué tantas plumas cuando el pollo que nos comíamos venía congelado?, esa fue la primera pregunta de las muchas de las que me hice antes de arriesgarme a entrar esa la noche en la cocina.

Seré breve y conciso porque te veo bostezando y además la sopa se nos está enfriando: hay horrores que nuestra subjetividad quiere olvidar a toda costa para preservar la cordura; tú siempre has querido convencerme de que lo que vi fue un juego de luces y formas. Y yo lo he creído: sospecho que es la mejor solución. Pero esa noche yo estaba de guardia en la universidad, cuando me pidieron permiso para que firmara el libro de entrada al local donde estaba el horno de los ingenieros eléctricos. Iban a cremar el cadáver de una muchacha muerta, la miré por curiosidad: joven, rubia, sus ojos color aguamarina.

Firmé el libro y me fui a conversar de fútbol con el jefe del turno de guardia de seguridad. Todo comenzó en la segunda ronda de la noche, de madrugada, donde tenía que supervisar las cochiqueras y la parte del basurero. Iba caminando, ensimismado en mis ideas y soplándome las manos, hacía frío, cuando los vi. Iban en una fila blanca llevando algo al comedor. Y detrás iban unos perros grandes. Inmensos. Entraron con su carga.

Me acerqué y empujé la puerta: estaba abierta. El pasillo estaba en penumbras y dentro de la cocina tampoco había mucha luz. Me acerqué en silencio, a esa hora me vendría bien un pedazo de pan y un vaso de yogurt de soya, a ver si les quedaba. De repente un golpe de viento abrió la segunda puerta de la cocina y los vi. Fue solo un instante: un montón de cuerpos gordos, blancos, desnudos, sudados, esgrimiendo hachas y cuchillos alrededor de una mesa de aluminio llena de carne que iban cortando y echando a una olla inmensa, la sangre salpicándolo todo.

Tal vez todo hubiera estado bien y no me hubiera asombrado el canto atonal que se escuchaba todo el tiempo, ni que estuvieran sin camisa y en paños menores. Tampoco hubiera pensado que era raro ver a uno de los cocineros tocando un tambor batá, por favor cada cual tiene sus hobbies. Lo peor fue ver varios seres llenos de plumas y tentáculos que parecían perros rottweiler, correteando por toda la habitación, llenándolo todos de una saliva sanguinolenta, aullando y merodeando alrededor de la mesa cazando en el aire los pedazos de carne que le arrojaban sus dueños. Te digo aullando pero no es así, sus sonidos eran bastante humanos, gritos estentóreos como los de un niño recién nacido, como el gemir de un moribundo.

No eran de este mundo, con sus ojos rojizos y sus crestas de gallo coronando sus cabezas humanoides, llenas de plumas y ojos. Y de repente el olor pútrido me llegaba con más fuerza, penetraba con violencia en los pulmones, el canto atonal iba incrementándose y sentí que me habían visto, me miraban, leían mi alma y sus ojos rojizos querían decirme algo. Me conoces: soy cobarde. No esperé el mensaje de esas infernales criaturas que ya se abalanzaban sobre mí, eché a correr

Ya sé que crees que es una alucinación, pero te lo juro: esos seres se parecían a los entes que se describen en el terrible Libro de los Mineros: los terribles efad, mascotas domésticas del Dios Tiamet, el dios hermano de Tiamak, mencionada en el poema babilónico Enûma Elish. Allí se dice también que las almas de los niños muertos en los sacrificios se hallan prisioneras dentro de los cuerpos de esos seres. ¡Maldito Tiamet!, gustoso de holocaustos infantiles niños, adorado por los ungidos amorritas; malditos efad, entes convertidos por los griegos en canes cerberos. Y no me vuelvas a decir, como en el hospital, que lo que vi era unos perros comiéndose unos huesos en la cocina.

No te voy a contar más, no me crees, y lo demás lo sabes: me hallaron desmayado cuando amanecía, detrás del Edificio de los extranjeros, y los médicos dijeron que me había subido la presión y que me había provocado el desmayo. Soy un hombre viejo pero no loco, al menos no todavía y sé perfectamente cuando me siento mal.

Ahora han pasado unos días y casi lo he olvidado todo, pero no logro quitarme muchas cosas de la cabeza. Cuando me hallaron no encontraron nada raro alrededor de mí, lo pregunté, pero aún hoy no logro explicar las plumas negras sanguinolentas regadas por todo el lugar. ¿De dónde salieron?

Ya casi termino. No lo contaré a nadie más, porque quiero olvidar todo, pero hay pequeños detalles que me hacen recordar que ellos están allí, observándonos y, lo peor, cocinando algo incesantemente. Esta sopa está excelente. Ya sé que tiene muchas condimentos que no me gustan, pero por favor V., te lo pido por última vez, no trates de convencerme de nuevo sobre el origen de este ojo que saqué del caldo y ahora está en el borde del plato, sí, ya me has dicho que es de un pez gato y que si no lo quiero a ti sí te gustan.

No dejaré que te lo comas, ¿¡por qué no me escuchas!? Míralo bien, soy viejo y loco, ya me lo has dicho, pero hay algo de lo que tengo una profunda certeza: no existen pez gatos con ojos azules como este, al menos que yo sepa.

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