En los confines de un sector olvidado del espacio, la estación espacial Aegis ha estado flotando durante décadas, erigiéndose de manera silenciosa, como muestra de la grandeza tecnológica.
Fue diseñada como un faro de exploración y ciencia, un lugar donde iba a habitar una gran colonia humana. Se proyectaron grandes expectativas y se invirtieron grandísimas cantidades de dinero en su construcción. Pero ahora, en sus pasillos solo hay silencio, quebrado ocasionalmente por algún crujido de alguno de los sistemas, que de manera gradual… se va deteriorando.
La tripulación de la Aegis desapareció tiempo atrás sin dejar rastro, un misterio que los informes oficiales atribuyeron a un catastrófico fallo en el área de soporte vital. Sin embargo, los registros recuperados narraron una historia diferente, una historia de descubrimiento y de horror.
La tripulación de la Aegis había encontrado algo en la oscuridad del espacio, algo que no estaba destinado a ser perturbado. Las últimas entradas en los diarios de la tripulación hablaban de voces en la estática y de sombras que se movían donde no debería haber movimiento.
Parece ser que, uno por uno, los miembros de la tripulación comenzaron a desaparecer, arrastrados a las profundidades de la estación por una entidad desconocida y hambrienta.
Cuando los equipos de rescate llegaron, encontraron la estación abandonada, con sus luces parpadeando en señal de socorro. Dentro, solo los recibió el vacío y un silencio pesado y ominoso, acompañado por la sensación de que algo les estaba observando.
Sin embargo… algo más debieron observar los equipos de rescate, ya que poco después, la estación Aegis fue declarada zona restringida, y nunca más nadie volvió a reclamarla.
Quedó como un monumento flotante a los peligros de la inexplorada vastedad del espacio, que vaga por el cosmos, como una prisión incomprensible y eterna.

