Cómo la ciencia ficción nos enseñó a imaginar el futuro
Hay géneros que miran hacia el pasado y otros que lo hacen hacia el futuro. La ciencia ficción es precisamente de estos últimos, mira hacia delante, pero muchas veces con una mirada crítica. Lo hace para hablar de nosotros, como especie. Puede hacerlo a través de una nave espacial, un robot, una civilización extraterrestre o una inteligencia artificial, pero, debajo de todos esos elementos, suelen esconderse las mismas preguntas:
¿Qué ocurriría si la tecnología cambiara nuestra forma de vivir? ¿Qué quedaría de nosotros después de una catástrofe? ¿Dónde termina lo humano o qué precio estamos dispuestos a pagar por avanzar?
Resulta difícil señalar un momento concreto en el que nació la ciencia ficción. Sus raíces se extienden mucho más atrás de lo que a veces pensamos, y algunas obras anteriores a la consolidación del género ya exploraban cuestiones que hoy asociamos directamente con él. “Frankenstein”, de Mary Shelley, publicada en 1818, es uno de los ejemplos más claros. Sin embargo, cuando hablamos de los grandes nombres que ayudaron a dar forma a la ciencia ficción, hay varios nombres que aparecen de forma inevitable: Julio Verne, H. G. Wells, Phillip K. Dick y Isaac Asimov.
Julio Verne y H. G. Wells: los autores fundacionales
Verne y Wells suelen considerarse dos de los grandes padres fundacionales de la ciencia ficción, porque consiguieron convertir los avances científicos, la exploración y sus consecuencias en materia narrativa. Ambos imaginaron mundos que iban más allá de las posibilidades de su época, aunque sus intereses y sus maneras de abordar esas posibilidades fueran algo diferentes.
Julio Verne sentía una especial fascinación por la aventura, la exploración y los avances técnicos. En “Veinte mil leguas de viaje submarino”, “De la Tierra a la Luna” o “Viaje al centro de la Tierra”, la ciencia y la tecnología llevan al lector a lugares inexplorados. Sus historias están llenas de curiosidad, ingenio y una confianza casi contagiosa en la capacidad humana para descubrir lo desconocido. No siempre acertó en sus planteamientos científicos, ni todos sus inventos fueron predicciones de tecnologías posteriores, pero consiguió que la imaginación y el conocimiento caminaran unidos, en consonancia.
Wells, por su parte, utilizó la especulación científica para plantear preguntas profundamente inquietantes. “La máquina del tiempo”, “La guerra de los mundos” o “La isla del doctor Moreau” examinaban qué podía ocurrir cuando nuestras ideas, nuestras ambiciones o nuestras tecnologías escapaban a nuestro control. Un temor que, sin duda alguna, está a la orden del día. En sus obras, además, aparecen el conflicto social, el colonialismo, las desigualdades y las consecuencias de jugar con fuerzas que no comprendemos o controlamos del todo.

Entre ambos ayudaron a establecer las características esenciales del género. La ciencia ficción puede convertirse en una herramienta para observar la sociedad desde fuera y poner a prueba sus convicciones. Y eso es algo que sigue fascinándome.
Y ojo, no siempre acierta al anticipar el futuro, pero lo bonito es que no tiene por qué hacerlo. Muchas veces su verdadero valor está en formular simplemente la pregunta.
Cuando la ciencia ficción encontró un lugar cómodo en el que asentarse
Durante las primeras décadas del siglo XX, la ciencia ficción fue consolidándose como un género reconocible, especialmente a través de las revistas especializadas. Una figura decisiva en ese proceso fue Hugo Gernsback, que impulsó la difusión de historias centradas en la ciencia y la tecnología, y en la forma en que estas especulaban sobre el futuro. En 1926 fundó Amazing Stories, una publicación que contribuyó a reunir relatos que hasta entonces habían circulado de maneras bastante diferentes.
A partir de ahí, la ciencia ficción comenzó a crecer en muchas direcciones. Llegaron las grandes aventuras espaciales, las distopías, los viajes temporales, los mundos alienígenas y las historias protagonizadas por máquinas inteligentes. El género fue desarrollando sus propios códigos al tiempo que demostraba la capacidad para absorber las preocupaciones de cada época. La energía nuclear, la carrera espacial, los conflictos políticos, la amenaza de una guerra global o el temor a que el progreso tecnológico tuviera consecuencias inesperadas encontraron su sitio en novelas y relatos.
Aquella evolución también trajo consigo autores que exploraban la idea o preocupación, sobre un futuro en el que los seres humanos que tendrían que convivir con las máquinas. Isaac Asimov fue uno de los escritores que mejor exploró esa idea.
Isaac Asimov: cuando el problema es decirle a una máquina lo qué debe hacer
Isaac Asimov es conocido incluso por personas que jamás han leído una novela suya gracias a una idea que terminó convirtiéndose en uno de los conceptos más famosos de la ciencia ficción: las Tres Leyes de la Robótica. Formuladas en su relato corto “Runaround”, publicado en 1942. Su planteamiento parecía sencillo, pero las historias de Asimov demostraron una y otra vez que aplicar reglas aparentemente claras podía convertirse en un problema extraordinariamente complejo.
En su formulación clásica:
Primera Ley: Un robot no hará daño a un ser humano, ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño.Segunda Ley: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.Parece un sistema bastante razonable. El problema llega cuando las leyes entran en conflicto, cuando una orden admite varias interpretaciones o cuando proteger a una persona implica poner en peligro a otra. Precisamente ahí nacen muchas de las historias más interesantes de Asimov: en las contradicciones que aparecen cuando mezclamos principios sencillos con situaciones reales.
Y aquí hay una curiosidad cinematográfica que siempre me ha gustado y que muy posiblemente conoceréis. En “Aliens: El Regreso”, Bishop intenta tranquilizar a Ripley explicándole que le resulta imposible hacer daño a un ser humano o permitir que le ocurra algo por inacción. La película no menciona explícitamente a Asimov, pero el paralelismo con su Primera Ley es evidente. Es uno de esos momentos en los que una idea nacida en la literatura termina formando parte del lenguaje compartido de la ciencia ficción.

Pero hay que tener en cuenta que las leyes de Asimov no son un manual técnico para construir robots, ni constituyen un sistema real capaz de garantizar que una máquina se comporte de manera segura al 100%. Son, ante todo, un recurso literario. Y precisamente por eso siguen siendo tan útiles: porque permiten plantear preguntas sobre nuestra propia responsabilidad.
Cuando hablamos de inteligencia artificial, el problema no consiste únicamente en lo que una máquina puede o no puede hacer, sino también en quién define sus objetivos, qué límites establece y quién responde cuando algo sale mal. Todo eso son dudas y preguntas que la ciencia ficción nos recuerda que debemos hacernos.
Philip K. Dick: ¿qué significa ser humano?
Si Asimov utilizó las máquinas para preguntarse cómo deberían comportarse, Philip K. Dick llevó la cuestión un poco más lejos. ¿Y si ni siquiera pudiéramos estar seguros de quién es humano?
En “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, Dick explora cuestiones relacionadas con la identidad, la empatía y la naturaleza de la realidad. La novela sirvió de inspiración para “Blade Runner”, la película dirigida por Ridley Scott, aunque su adaptación fue bastante libre y desarrolló una interpretación propia de muchos de sus temas.
El mundo de “Blade Runner” es una ciudad oscura, deteriorada y saturada de tecnología, pero lo verdaderamente inquietante es la frontera cada vez más difícil de establecer entre quienes son considerados humanos y quienes, pese a parecerlo, no lo son. La película plantea una pregunta que parece sencilla hasta que intentamos responderla:
¿Qué nos hace humanos? … No es tan sencillo de responder.
¿Nos hace humanos el tener recuerdos? ¿o acaso son nuestras emociones, nuestra capacidad de sufrir y la manera en que tratamos a los demás?

Esta es una de las vertientes de la ciencia ficción que más me interesa. No tanto la idea de adivinar qué tecnología tendremos dentro de cien años, sino la que utiliza esa tecnología para cuestionar cosas que damos por hecho y que, no tienen porque continuar siendo iguales en el futuro.
Con ello me refiero a que si una máquina pudiera reproducir nuestros recuerdos, imitar nuestras emociones o conversar con nosotros de una forma indistinguible de la humana, tendríamos que preguntarnos qué entendemos nosotros por conciencia, identidad y humanidad.
Y creo que ahí, es cuando se mezcla el género de la ciencia ficción con otro que, ya lo debéis saber, también me apasiona: El Terror. Una mezcla muy interesante.
Arthur C. Clarke y la mirada el cosmos
Mientras algunos autores se preocupaban por las máquinas que podían acompañarnos en la Tierra, Arthur C. Clarke lanzaba una mirada hacia arriba, hacia las estrellas. Su obra está profundamente vinculada a la exploración espacial, las posibilidades de vida extraterrestre y la posición de la humanidad dentro de una escala cósmica que apenas somos capaces de imaginar.
Esa ambición que plasmada en “2001: Una odisea del espacio”. La película, dirigida por Stanley Kubrick, y la novela de Clarke se desarrollaron de manera prácticamente paralela, a partir de ideas que ambos trabajaron conjuntamente y de relatos anteriores del escritor. No estamos, por tanto, ante el caso habitual de una película que adapta una novela ya terminada, sino ante dos obras relacionadas que fueron tomando forma al mismo tiempo.
El resultado fue una historia de ciencia ficción y misterio, una película que incita a la reflexión filosófica.
La exploración espacial ocupa un lugar central en la historia del género. Nos encanta la idea de viajar hasta otro planeta, encontrar vida extraterrestre o descubrir nuevos recursos. Así como también preguntarnos qué lugar ocupamos en el universo, qué significa abandonar nuestro mundo y hasta dónde puede llegar nuestra necesidad de explorar.
Esta tradición tiene una relación directa con mi propia forma de entender la ciencia ficción. Tanto en mi web, Relatos Fantásticos, como en mi ficción sonora “Crónicas del Posthundimiento“ ahondo de manera importante la exploración espacial y los misterios del cosmos. Me interesa ese futuro en el que la humanidad hemos tenido que salir de nuestro entorno, establecer nuevas formas de vida y enfrentarnos a preguntas que no nos habíamos ni planteado hasta entonces. Es algo que nos ayuda a observar la Tierra y nuestra propia historia desde otra perspectiva.
Cuando la ciencia ficción empezó a asentarse en el cine
A medida que avanzó el siglo XX, la ciencia ficción dejó de ser tan casi exclusiva de la literatura, y empezó a acomodarse, cada vez más, en la industria del cine. El cine permitió mostrar aquello que hasta entonces dependía de la imaginación del lector y convirtió sus historias en experiencias visuales impactantes. Con cada avance en los efectos especiales se abrían nuevas posibilidades.
Ya hemos hablado sobre como “2001: Una odisea del espacio” exploró los límites de nuestro universo, y de como “Blade Runner” convirtió una futura ciudad decadente en una reflexión sobre la identidad humana. Pero desde entonces han aparecido muchas más preguntas y dudas, más planteamientos. Una de las películas más conocidas es “Star Wars”, una aventura espacial a una escala que cautivó a varias generaciones. Sí, ya sé que algunos estarán preparando el teclado para discutir conmigo: ¿es Star Wars ciencia ficción o fantasía? La cuestión tiene más matices de los que permite una etiqueta. La saga es, ante todo, space opera, con tecnología futurista, viajes espaciales y elementos propios de la fantasía y la mitología.
En mi defensa diré que no me interesa decidir en qué casilla debe entrar, lo que me interesa es reconocer lo que consiguió: demostrar que la ciencia ficción (o para los más puristas, lo que incluya de ella) podía ser una aventura atractiva para muchos públicos, sin necesidad de comportarse como un tratado científico.
La televisión amplió todavía más ese alcance. “Star Trek”, “Expediente X”, “V”… Hay para todos los gustos. Ya más cercano a nuestros años, hay propuestas como “Snowpiercer” (El Rompenieves) o “Black Mirror”, que han utilizado escenarios extremos y tecnologías dudosas para examinar las contradicciones y el egoísmo de nuestra sociedad. Y no nos olvidemos de los dibujos, o la animación, lo que expande el género hacia los más jóvenes. Desde el humor futurista de “Futurama” (de la cual me declaro fan) hasta esa estética entre romántica, elegante y canalla de “Cowboy Bebop”.
Cada medio ha aportado algo distinto. El cine puede mostrarnos la escala de una civilización o el aislamiento de un astronauta perdido en el espacio. La televisión, mediante el formato de serie, puede desarrollar personajes y conflictos que perduren mucho tiempo en pantalla. La literatura, por su parte, sigue ofreciendo una libertad extraordinaria para construir mundos desde dentro. Y después están los videojuegos, que introdujeron una diferencia fundamental: la posibilidad de entrar en esos mundos y experimentarlos por nosotros mismos.
El día que pudimos entrar en el futuro
En una película puedo observar una estación espacial, en una novela puedo imaginarla, en un videojuego puedo recorrer sus pasillos, abrir sus puertas y descubrir lo qué ocurrió en aquel lugar. Ese cambio altera nuestra relación con las historias. Los videojuegos han convertido la ciencia ficción en un medio interactivo donde el jugador no se limita a contemplar un mundo.
Algunas obras han demostrado que, además, no hace falta destruir media galaxia para hacer buena ciencia ficción. “SOMA“, de Frictional Games, es un ejemplo magnífico (Del cual tengo otro artículo analizando la forma en que se trata el terror en esa obra). Se trata de un juego de terror y de ciencia ficción que utiliza de manera brutal la conciencia y la identidad personal. Construye una experiencia profundamente inquietante. Su planteamiento demuestra que, a veces, la pregunta más aterradora no tiene en absoluto nada que ver con los monstruos que pueden salir de debajo de la cama.

Precisamente por eso me interesaba escribir sobre ello. Aunque mi análisis se centra en el terror, la historia que hay detrás de “SOMA” está estrechamente relacionada con la ciencia ficción.
Y bueno, como reflexión sobre los videojuegos, decir que quizá lo más interesante de ellos es que no nos permite mantenernos al margen de las decisiones importantes. Podemos observar una película desde cierta distancia o incluso cerrar los ojos en algunas escenas que nos desgraden. En un videojuego, sin embargo, somos nosotros quienes avanzamos, investigamos y tomamos determinadas decisiones. Es inevitable que tomes parte en ello.
El siglo XXI: el futuro empieza a parecerse demasiado al presente
Llegando al siglo XXI… resulta que sucede algo curioso. Durante mucho tiempo, la ciencia ficción nos parecía algo profundamente lejano y especulativo. Ahora, algunas de esas especulaciones forman parte de nuestras conversaciones cotidianas. La distancia entre ciertas ideas y nuestra realidad se ha reducido.
La inteligencia artificial es, obviamente, el ejemplo más visible, aunque no es el único.
La automatización, la vigilancia digital, la manipulación de la información, la biotecnología, el cambio climático y las consecuencias sociales de los avances tecnológicos ofrecen un amplio campo para la ficción contemporánea. También siguen teniendo cabida los viajes espaciales, las realidades alternativas, las civilizaciones extraterrestres y los futuros postapocalípticos. El género no ha abandonado sus viejos territorios, pero los ha ampliado con las preocupaciones de una sociedad que empieza a comprobar que el progreso no siempre tiene respuestas claras y tranquilizadoras.
Conviene recordar que la inteligencia artificial no apareció hace unos años. Como campo de investigación, tiene una historia de décadas y suele situarse su inicio en el 1956. Lo que ha cambiado actualmente es su presencia en nuestra vida diaria. La expansión de la IA generativa ha llevado estas herramientas a ámbitos como la educación, la investigación, el trabajo y la creación artística, al tiempo que ha intensificado los debates sobre sus límites, sus riesgos y sus consecuencias.
Esta transformación también afecta a la ciencia ficción. Algunas preguntas que antes parecían reservadas a un futuro remoto han pasado a formar parte del presente.
¿Qué ocurre cuando un sistema puede producir textos, imágenes o voces que parecen creados por una persona?
¿Cómo distinguimos la información real de la falsa?
¿Qué pasa con el trabajo, la privacidad o la responsabilidad cuando delegamos determinadas tareas a las máquinas?
Y, quizá la cuestión más difícil, ¿quién debe decidir cómo utilizamos estas tecnologías?
La ciencia ficción contemporánea puede, si quiere, centrarse prácticamente en la actualidad, si necesidad de buscar futuros alternativos.
Exploremos la inteligencia artificial
La inteligencia artificial, como he comentado antes, se ha convertido en uno de los grandes temas de la ciencia ficción contemporánea, pero tampoco es una novedad dentro del género. Durante décadas, escritores y cineastas imaginaron máquinas con capacidades humanas. Desde el Skynet de “Terminator”, hasta algo más realista y posible como “Her“.
“Her“, dirigida por Spike Jonze y protagonizada por Joaquin Phoenix, resulta especialmente interesante por la forma en que trata la amenaza que supone la inteligencia artificial. Theodore desarrolla una relación afectiva con Samantha, una IA con la que conversa y al que llega a sentir muy cercana. A partir de esa relación, la película explora la soledad, la intimidad, la dependencia y la forma en que la tecnología puede modificar nuestros vínculos emocionales y afectivos.
Lo interesante de “Her” es que plantea nuestras necesidades y la forma en que atribuimos emociones, intenciones y personalidad a aquello con lo que interactuamos. ¿Qué buscamos realmente cuando establecemos una relación? ¿Hasta qué punto importa lo que el otro siente y hasta qué punto importa lo que nosotros sentimos? ¿Qué ocurre cuando una tecnología satisface necesidades humanas de una manera que no habíamos previsto?
La película no ofrece una respuesta sencilla. No presenta un futuro dominado por máquinas hostiles ni convierte la tecnología en una solución mágica a la soledad. Se limita a explorar una relación posible y a observar qué revela sobre quienes participan en ella.
Personalmente, creo que la inteligencia artificial puede suponer un cambio tecnológico de una magnitud comparable, e incluso superior en determinados aspectos, al que supuso la aparición de Internet. Es una opinión, no una predicción, y las consecuencias dependerán de cómo se desarrolle y de las decisiones que tomemos sobre su uso. Precisamente por eso me interesa tanto el tema.
Una reflexión para el futuro
Después de recorrer casi dos siglos de historias, resulta curioso comprobar que muchas de las grandes preguntas siguen siendo las mismas.
Verne quería llevarnos más lejos, Wells quería mostrarnos las consecuencias, Asimov se preguntaba cómo conviviríamos con las máquinas, Philip K. Dick cuestionaba la forma en que podemos identificar la realidad y nuestra identidad, Clarke alzaba la mirada hacia el cosmos… Los autores posteriores hemos seguido explorando esos territorios, aunque las herramientas, los escenarios y las preocupaciones hayan cambiado sutilmente.

Creo que esa es una de las razones por las que sigo volviendo una y otra vez a este género. Está lleno de preguntas sin respuesta. Como lector, me ha enseñado a mirar más allá de lo evidente. Como creador, me ha dado material para crear mis propias historias y explorar en ellas aquello que me inquieta, me interesa o simplemente me gustaría descubrir.
En “Crónicas del Posthundimiento“, por ejemplo, utilizo un futuro muy lejano, una Tierra transformada y los rastros que quedan de las civilizaciones anteriores para lanzar mis propias preguntas sobre la humanidad. Es mi forma de reconocerme en deuda con esos grandes autores que incitaron en mi el gusanillo por el saber sobre nuestro futuro.
Quizá por eso la ciencia ficción sigue siendo tan necesaria. Su valor está en permitirnos ensayar posibilidades.
Da mucho en lo que pensar… ¿No crees?

