El Sistema Nueve

El Sistema Nueve
Escrito por Felip Granados

(Este relato es un guiño a El Fin de la Eternidad de Isaac Asimov, un pequeño side quest de esa gran obra 😉)


Siempre huele a ozono aquí arriba. O aquí afuera. La verdad es que, después del tiempo que llevo trabajando en esta cabina uno ya no sabe cómo llamar a este no-lugar. Los de la directiva, esos burócratas estirados que visten túnicas de un tejido sintético que ni se arruga ni respira, lo llaman «El Eje». Un nombrecito muy técnico, muy limpio.

Para mí es solo la oficina. Una oficina flotando en un vacío cósmico, suspendida al margen de los siglos, desde donde me dedico a corregir los desaguisados de la humanidad antes de que ocurran.

Mi trabajo es sencillo de explicar, aunque te vuelve loco si te paras a pensarlo demasiado. Soy un Operario de Mínimos. Básicamente, me siento frente a una consola repleta de diales de cobre y pantallas de fósforo verde —aquí preferimos la fiabilidad de lo analógico— y observo la Gran Corriente. Si en el siglo cuarenta y dos un científico loco decide que es buena idea liberar un patógeno para solucionar la superpoblación, a mí me llega una alerta. Mi deber no es viajar allí con un arma láser y montar un espectáculo. Qué va. Eso es de novatos. Mi deber es encontrar el hilo suelto del jersey y tirar de él con suavidad.

Lo que nosotros llamamos el Cambio Mínimo Necesario.

A ver, con esto me refiero a que si mueves un cenicero dos centímetros a la izquierda en una taberna del siglo veinte, un ujier se retrasará tres segundos al limpiar una mesa, no escuchará el comentario de un diplomático, no se desatará un rumor y, pum, trescientos años después una guerra nuclear se disuelve en la nada. Es una ciencia hermosa, abstracta. Casi poética, si no fuera porque te destroza el estómago cada vez que tiras de la palanca.

Hoy me ha tocado el caso de un tal Andrew. Bueno, no se llamaba Andrew, se llamaba Andrei, pero mi memoria tiende a occidentalizar los nombres para no volverse loca con los fonemas del siglo cincuenta y siete.

Andrei era un físico teórico del siglo cincuenta y siete. Un tipo brillante, de esos que nacen una vez cada quinientos años. El hombre estaba atascado. Llevaba una década intentando resolver las ecuaciones del motor de curvatura espacial, el santo grial que permitiría a la especie humana salir de este pozo de gravedad y dispersarse por la galaxia. Estaba cerca, jodidamente cerca, pero le faltaba un empujón. Una chispa.

Y ahí es donde metió las narices el Director Joseph.

Joseph era un tipo problemático, necio y con una ambición que no le cabía en el pecho. Por alguna oscura carambola de los pasillos de la alta administración —sospecho que por algún enchufe flagrante o un error en los formularios de méritos, lo cual sería irónico en el templo de la precisión temporal—, había conseguido un puesto menor en la dirección de Interacción Cuántica. Habitualmente era un estorbo. Un cero a la izquierda al que el Consejo le delegaba tareas sencillas, rutinarias y poco importantes para mantenerlo entretenido. Jamás, en todos sus años de servicio, había tenido la autoridad legal ni técnica para firmar cambios en la trama de la Realidad.

Hasta hoy. No sé qué triquiñuela había usado, pero me llegó una orden de inserción firmada de su puño y letra. Aquello me olió a chamusquina desde el primer segundo. Si nadie más en el Consejo había supervisado esa modificación, estábamos jugando con fuego en un almacén de dinamita.

El plan de Joseph era ridículamente simple y temerario: introducir un pequeño diario de notas digital, supuestamente traspapelado, en la biblioteca privada de Andrei. Un texto apócrifo de un matemático menor del siglo anterior que contenía, camuflada en un ejercicio rutinario de estudiantes, la resolución exacta de la maldita constante que a Andrei se le resistía. Con ese empujón, Andrei publicaría el motor de curvatura ciento setenta años antes de lo previsto en la línea base. Ciento setenta años de ventaja tecnológica. Una medalla enorme para el expediente de Joseph.

—Miller —me dijo el supervisor por el intercomunicador con su voz rancia—. Tienes el vector listo en la aguja tres. El archivo se filtrará en su terminal a las 22:00 de tu hora local. Ejecútalo en cuanto el indicador de flujo se ponga en verde.

—Recibido —respondí, con mi desgana habitual.

Pero no pulsé el botón. Me quedé mirando los datos en la pantalla de fósforo. Algo en la curva de probabilidad no cuadraba. Los burócratas como Joseph solo miran los gráficos de producción macrotemporal, el PIB del siglo, la velocidad de expansión demográfica. Quieren números estéticos para las reuniones del Consejo. No miran el panorama completo. No entienden que el tiempo tiene inercia.

Me salté el protocolo de ejecución automática y me puse a arrastrar los datos para una simulación manual exhaustiva. Pasé el vector de Joseph por el tamiz de la probabilidad social, luego por el de la geopolítica interestelar del siglo sesenta… y ahí fue donde se me heló la sangre en las venas.

A ver, si la humanidad descubría el motor de curvatura en el momento original de la línea base, para cuando salieran en masa al sector de Alfa Centauri, los recursos galácticos ya estarían distribuidos de una forma medianamente estable. Entraríamos en el escenario cósmico de puntillas, como vecinos educados. Pero si los lanzábamos al espacio ciento setenta años antes, la historia se rompía por completo. Llegaríamos hambrientos, arrogantes, con una psicología social que aún no habría superado sus propios traumas globales y, lo peor de todo, tecnológicamente inmaduros en términos de defensa bélica pesada.

Las pantallas de fósforo verde empezaron a parpadear con violencia, arrojando vectores de un color rojo brillante que iluminó toda mi cabina. Si la humanidad salía antes de tiempo, se toparía de bruces con una especie insectoide en pleno proceso de migración militar. Una especie de la que no sabíamos nada en el Eje porque, en la línea temporal normal, para cuando nuestros tataranietos llegaban allí, los bichos ya se habían mudado a otra galaxia.

El resultado de la “optimización” de Joseph no era un imperio dorado, era la extinción de la especie (Te has lucido Joseph, está vez de verdad). Una guerra de exterminio absoluto que duraría cuatro generaciones y que terminaría con la humanidad en el siglo sesenta y uno.

—¿Miller? ¿A qué esperas? El nexo de inserción se cierra en cuarenta segundos —la voz del supervisor a través del altavoz sonaba nerviosa, apremiante.

Me picaba la nuca. El sudor me corría por la frente y se me metía en el ojo izquierdo, obligándome a parpadear. Qué ironía. Un tipo que tiene en sus manos el destino de billones de almas humanas, jodido por una miserable gota de sudor salado. Me restregué la cara con la manga de la camisa, que por cierto ya necesitaba un lavado urgente.

—Miller, ejecuta el cambio. Ahora. Joseph está preguntando desde la planta superior.

Miré la palanca de inserción. Mi primera idea fue meter una pequeña errata en el texto, una coma corrida un decimal, para retrasar a Andrei unos años y devolver la línea a su cauce. Pero mientras mi mano flotaba sobre el bronce, me detuve en seco. No tenía sentido. Si hacía eso, si simplemente parcheaba el desaguisado con un truco técnico, Joseph vería el informe de error. Analizaría el fallo del sistema, limpiaría la caché de la consola, culparía a la máquina y le ordenaría a otro operario, o a mí mismo bajo amenaza de despido, que volviera a ejecutar el maldito cambio.

Salvar a la humanidad para que un imbécil con despacho lo vuelva a intentar nuevamente no es salvar a nadie. Es solo aplazar la ejecución. Había que erradicar el problema de raíz. Había que envenenar el pozo de tal manera que nadie pudiera volver a sacar agua de él.

Apreté el botón del intercomunicador.

—No voy a ejecutarlo, supervisor —dije. Mi voz sonó extrañamente tranquila, desprovista de la tensión que me atenazaba el pecho.

—¿Qué has dicho? Miller, no juegues conmigo. Dale al puñetero botón.

—Le digo que no lo haré. He metido los datos en la simulación manual profunda. La orden de Joseph provoca un bucle de retroalimentación crítica en el siglo sesenta y uno. Si metemos ese archivo, provocamos la extinción completa de la especie. La línea temporal colapsa en un cero absoluto. Es un error de diseño catastrófico.

—A mí me importa un bledo tu simulación, Miller. ¿Ahora te crees que sabes hacer el trabajo mejor que yo? —bramó el supervisor, y escuché el golpe de su puño contra su mesa de metal—. El Director Joseph ha firmado la orden. Tu trabajo es ejecutarla, no pensar. Si no lo haces tú, llamaré a seguridad, te sacarán a patadas de esa cabina y haré que el operario del sector contiguo pulse el botón desde su puente.

El supervisor era un tipo recio, desconfiado y cerrado de mollera. No iba a atender a razones científicas ni a dilemas morales.

—Está bien —dije, esbozando una sonrisa amarga que él no podía ver—. Si quiere el cambio de Joseph, tendrá el cambio de Joseph. Pero no voy a ejecutarlo por la vía directa, supervisor.

—¿Qué has dicho? Miller, no juegues conmigo. Dale al puñetero botón.

—Si quiere que esto se ejecute, dadas las implicaciones críticas, tengo que desviarlo por el canal de seguridad secundaria. El Módulo de Validación Colegiada Anexa. El Sistema Nueve.

Hubo un silencio tenso. Al otro lado de la línea escuché al supervisor tragar saliva. El Sistema Nueve era el dinosaurio burocrático del Eje. Un entorno de red aislado que solo se utilizaba para reestructuraciones macrotemporales extremas. Su particularidad no era tecnológica, sino política: por estricto flujo de diseño, cualquier cambio que entrara en ese sistema requería, obligatoriamente y sin excepciones, la firma digital y la aprobación unánime de todos y cada uno de los miembros del Consejo del Eje. Era la burocracia llevada al paroxismo absoluto, una trampa de arena administrativa diseñada para evitar golpes de estado temporales.

—¡Estás loco, Miller! —bramó el supervisor, y escuché el golpe de su puño contra su mesa de metal—. ¡Si metes eso ahí vas a encender el Eje entero! ¡Sácalo de ese canal! ¡Ejecuta por la línea ordinaria o haré que seguridad te saque a patadas de esa cabina!

Solté el intercomunicador. Mis dedos volaron sobre el teclado analógico de la consola, tecleando la secuencia de desvío de emergencia hacia el Sistema Nueve, al engranaje más pesado y ruidoso de la burocracia del Eje.

Aproveché la firma digital exclusiva que Joseph había estampado en el documento original y la vinculé como el desencadenante del paquete. En el mismo instante en que mi dedo presionó la tecla de ejecución, el entorno analógico de mi cabina se volvió loco.

Saltaron todas las alarmas. Y cuando digo todas, es todas. Un zumbido ensordecedor, agudo y estridente comenzó a resonar a través de todo el sector. Las pantallas de fósforo verde destellaron con un brillo blanco cegador y empezaron a escupir líneas de código de auditoría a una velocidad endiablada.

El Sistema Nueve había reaccionado exactamente como yo esperaba ante aquella aberración. Al detectar que un cambio de magnitud catastrófica intentaba colarse con una sola firma, el protocolo de burocracia excesiva bloqueó la ejecución de inmediato. Congeló el vector. Paralizó el flujo temporal del siglo cincuenta y siete en una pausa de seguridad.

Pero la verdadera obra de arte no fue el bloqueo. La verdadera jugada maestra fue la transparencia forzosa del sistema. Al activarse la alerta del Sistema Nueve, el protocolo lanzó un volcado automático y masivo de datos a las terminales personales de todos los miembros del Consejo Superior. Absolutamente todo el expediente fue enviado en tiempo real: los informes de simulación de extinción que yo mismo había calculado, los documentos firmados por Joseph, la telemetría cuántica y, lo mejor de todo, las grabaciones de voz íntegras de mi intercomunicador. La voz de Joseph ordenando la inserción desde arriba, y los gritos nerviosos del supervisor exigiéndome que ignorara las alertas y pulsara el botón.

La transmisión era irrevocable.

—¡Miller! ¡Hijo de mala madre! —el grito del supervisor a través del intercomunicador ya no era de enfado, era puro terror desencajado—. ¡Seguridad, id a la cabina cuatro y traedme la cabeza de ese operario!

Escuché el eco distante de botas pesadas corriendo por el pasillo de rejilla metálica exterior. Los guardias venían a por mí, espoleados por las amenazas de un supervisor desesperado que intentaba salvar el pellejo. La puerta neumática de mi cabina se abrió con un silbido de presión y tres agentes con uniformes de dispersión temporal entraron encañonándome.

—Manos donde pueda verlas, Operario —dijo el cabo, con la voz distorsionada por el casco.

Yo ni me moví. Me limité a recostarme en mi silla tapizada de escay gastado, levantando los brazos despacio, con total tranquilidad.

—Tranquilos, muchachos —dije, señalando con la barbilla a la pantalla principal—. Acabo de salvaros la vida.

Antes de que el cabo pudiera dar el paso para ponerme los grilletes magnéticos, el intercomunicador general de la cabina emitió un pitido. No era la frecuencia del supervisor. Era la línea prioritaria Alfa, la que venía directamente de la cúspide del Eje. Una voz anciana, pausada y sumamente gélida resonó en el habitáculo.

—Unidad de seguridad. Procedan de inmediato al arresto del Supervisor de Sector y del Director en funciones de Interacción Cuántica, Joseph. Cargos de negligencia de nivel Omega.

Los guardias se miraron entre sí a través de las viseras tintadas. El cabo bajó el arma lentamente, me miró de arriba abajo y asintió con un leve gesto de respeto antes de dar media vuelta con sus hombres. Se fueron a toda prisa hacia los despachos de arriba. La cacería había cambiado de dirección.

Me quedé solo en la cabina. El zumbido de la alarma cesó, sustituido por el habitual y reconfortante murmullo analógico de los diales enfriándose. En la pantalla de fósforo, el vector del siglo cincuenta y siete había vuelto a su color verde original, estable, orgánico. La humanidad seguía en su cuna, avanzando despacio, a su ritmo, libre de las ambiciones estúpidas de un burócrata necio que quería medallas a costa de su existencia. Andrei seguiría atascado un tiempo, sí, pero resolvería el motor de curvatura cuando la especie estuviera lista para gestionar el peso de las estrellas.

Varias horas después, la pantalla emitió un destello y apareció un documento oficial con el sello en relieve del Alto Consejo. Impresionados por mi eficiencia, me habían nombrado Supervisor de Cambios del Sector.

Salvar a la humanidad de sus propios salvadores, limpiar la oficina de jefes inútiles y conseguir un aumento de sueldo, todo en la misma jornada laboral.

Me repantigué en el asiento, saqué un cigarrillo del bolsillo de mi chaleco y lo encendí. Inhalé el humo espeso, observando cómo se elevaba y se mezclaba con el eterno olor a ozono de la consola.

Haber salvado la humanidad bien se merecía aquel descanso.

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