Tierra Sombría

Escrito por Felip Granados

El Aspen III sobrevolaba las marismas de arena de aquel mundo desértico, proyectando una sombra devoradora allá por donde pasaba. Su inmensidad resultaba casi obscena, comparable a la de una ciudad flotante de acero, con torres de refrigeración y motores de fisión del tamaño de rascacielos. Era una mole colosal, tan gigantesca y pesada que su capacidad de maniobra resultaba extremadamente limitada. Su monstruosa inercia le impedía ejecutar evasiones rápidas, y cualquier cambio de rumbo exigía un esfuerzo considerable. Por eso, varios kilómetros por delante de ella volaba su nave de apoyo táctico, abriéndole camino y asegurando el perímetro de avance. Pero aquello no era una simple escolta. Se trataba de una de las unidades de combate más temibles de la flota, una plataforma de guerra mucho más ágil que el Aspen III, equipada con uno de los sistemas de escudos más potentes y una de las mayores capacidades de fuego de todo el arsenal naval. Si algo se interponía en la trayectoria de la nave nodriza, tendría que enfrentarse primero a ella.

Debajo de esas bestias metálicas, la tierra literalmente crujía. Una batalla brutal se abría paso entre la calima y el polvo anaranjado. Dos especies se aniquilaban mutuamente por un pedazo de roca estéril. Los analistas de la Flota dirían, mucho después, que aquello fue la escaramuza inicial de algo mucho mayor. Pero en ese instante, lo que nadie sabía es que aquella masacre iba a pasar a la historia como la primera de Las Tres Grandes Guerras.

La escolta principal del inmenso crucero iba por delante, en una dirección clara y directa. Su misión primordial consistía en asegurar el pasillo aéreo y limpiar el camino para que el Aspen III alcanzara su gran objetivo: el templo de los Zarkam.

El sonido de las ametralladoras y de los dispositivos ofensivos humanos terrestres, era tan potente, que podía escucharse incluso en el interior de la nave de apoyo de vanguardia. El comandante al mando de aquella nave táctica, caminó a través de la bahía de control y se colocó frente a un gran cristal reforzado. Desde allí podía darse cuenta de lo grave de aquel laborioso asunto. Vio a los soldados muy por debajo de su posición, diminutos bajo la tormenta de fuego. Las llamas anaranjadas de los lanzallamas y el brillo de los láseres impactando contra el enemigo creaban un espectáculo macabro aunque asombroso.

Llamó a Elena, la segundo oficial al mando, para ordenarle la activación de los organismos fotosensibles. Esos mecanismos vivos eran una especie de biopelícula cultivada en los laboratorios orbitales, absorbían la luz ambiental para proyectar escudos de alta densidad.

En el mismo momento en que la nave táctica se cubría con sus brillantes escudos, los escáneres detectaron un movimiento inesperado. Una gran hueste de Acechadores se acercaba por el oeste, en dirección al ataque terrestre. Algo dio un vuelco en el estómago del comandante. Miles de aquellas formas alienígenas estaban apareciendo por la zona que menos cabía esperar, aprovechando un punto ciego en la orografía del desierto. Los Acechadores eran bestias tremendamente feroces, mucho más grandes que cualquier humano. Disponían de un caparazón extremadamente resistente y de unas tremendas garras afiladas como cuchillas. Aunque lo peor de todo era que siempre aparecían acompañados de lo que casi todos los soldados llamaban murciélagos. Los murciélagos volaban en bandadas ingentes. Eran una plaga agresiva y destructiva. Las dentelladas de esas pequeñas criaturas podían hacer caer naves enteras.

El oficial gritó nuevas órdenes a diferentes mandos de la nave. Debían prepararse para dar una fuerte cobertura a los soldados acorralados. Puso la información en manos del crucero de batalla Aspen III y de los Ejecutores Ámbar y Zafiro. No tardó en ver cómo estos dos últimos cazas viraban hacia el oeste en busca de esa gran horda. Los Ejecutores eran navíos de inteligencia curtidos en tácticas militares, armados con las últimas tecnologías y, debido a su enorme velocidad, capaces de ofrecer una ayuda inestimable en un frente colapsado.

Después de aquello, el comandante decidió adelantarse aún más al crucero de batalla. Colocó la posición de su nave a veinte minutos estándar por delante de él. El gigante de acero seguía su trayectoria imparable y pesada hacia el gran templo.

Ya en su puesto de mando, apoyado en la consola central, el oficial observó aquel oscuro templo despuntar en el horizonte. El vello de los brazos se le erizó al recordar los días en que observó por vez primera esas mismas ruinas. Años atrás estuvo caminando perdido por aquel desierto, solo y desamparado, esperando que las tormentas de arena acabaran con su vida.

El puente de mando desapareció de su consciencia. De repente volvía a estar allí abajo. Recordó cómo se arremolinaban ante sus ojos aquellas impresionantes entidades arcanas. Un desierto de almas rugía con una fuerza imposible de describir con palabras. Todo a su alrededor era un campo abierto lleno de amargas insinuaciones visuales. Jamás creyó acabar en un lugar así al iniciar su expedición. Recordaba perfectamente las formas de aquellos seres impalpables rozando su traje, una sensación de terror y excitación corriendo por su piel al unísono.

El terreno de sus recuerdos era árido y oscuro. Árboles con formas retorcidas y extrañas salpicaban, muy de tanto en tanto, el paisaje. Seres de piel translúcida flotaban entre la escasa forestación de aquel submundo sombrío. Un aroma muy particular imperaba en el lugar, un olor a fruto desconocido, dulzón y extremadamente seco a la vez.

Al fondo, marcando el límite de su visión, se alzaba la imponente construcción. El firmamento sobre ella era de un púrpura violento. Caminó hacia allí arrastrado por las voces de los desamparados entes. Su corazón simplemente latía con la necesidad absoluta de encontrar una respuesta.

Impulsado por un afán irracional de conocimiento, caminó cada vez más deprisa. Se movía a una velocidad anormal. Recordaba haber pensado que quizá el tiempo funcionaba diferente en aquella extraña dimensión. Cuando se acercó casi unos quinientos metros, su cerebro solo guardaba retazos confusos: imágenes borrosas, sonidos graves vibrando en el suelo y ese persistente aroma, agrio y dulzón.

Recordó mirar hacia atrás buscando sus propios pasos. Aquello fue un regalo para la vista. El paisaje había mutado ligeramente. Ya no era oscuro, ahora todo era un océano de arena, dunas rojizas empañadas por un cielo amarillento brillante, chocando en el horizonte lejano con el color púrpura de la atmósfera.

Al volver la vista hacia el coloso, se tomó su tiempo para analizarlo. Quizá pasaron horas. Quizá días enteros. El tiempo era difícil de concretar en esos momentos. La construcción era de un material muy parecido al hierro. Su altura resultaba abrumadora, se perdía en lo alto de aquel firmamento turbio. Aquel monumento, de fachada lisa y gris casi negra, se imponía ante él empequeñeciéndolo.

Se preguntó qué clase de vida podía haber levantado semejante obra y con qué propósito. Avanzó hacia la base, temeroso pero emocionado, con la adrenalina latiendo en las sienes. Cuando se hallaba a escasos metros, el suelo tembló. Desde la misma arena surgieron unos muros kilométricos del mismo material oscuro. Brotaron desde un epicentro invisible y se formaron progresivamente alrededor del coloso. En cuestión de segundos, el gran imperio de metal quedó totalmente protegido por una inmensa barrera inexpugnable.

—Comandante.

La voz rompió el trance de golpe. El recuerdo del desierto se desintegró, sustituido por las luces rojas parpadeantes del puente táctico. Elena estaba a su lado informando sobre la situación crítica del frente. Le traía el informe completo de la acción de los Ejecutores en el campo de batalla. El Zafiro había caído bajo fuego hostil. Estaba estrellado contra las dunas. El Ámbar había logrado aniquilar a la mitad de los Acechadores con fuego pesado a costa de vaciar sus propias reservas, pero se vio obligado a retirarse junto con todos los soldados, vehículos y naves de la zona.

La segundo oficial pedía aprobación directa para dar soporte aéreo a ese sector colapsado del Ámbar. El comandante lamentó su negativa con todo el peso de su alma. Dejar al Aspen III sin cobertura fotónica era firmar una sentencia de muerte. Eran el escudo de la operación.

Entonces siguieron adelante, rompiendo un viento cargado de arenisca y calor. A través de la calima, la silueta del templo de los Zarkam empezó a dibujarse con absoluta nitidez. Y justo ahí, los paneles de control enloquecieron.

Las lecturas de los escudos fotosensibles empezaron a parpadear llenando el puente de alarmas sonoras e indicadores en rojo.

—Comandante, detecto una acumulación de energía anómala en la base del templo —informó Elena. Tenía la mirada fija en el escáner táctico—. Es una señal térmica masiva. Están canalizando algo gigantesco desde el subsuelo.

El oficial se acercó al panel principal para observar los datos. La pantalla mostraba un vórtice de calor creciendo de forma exponencial en el corazón de la estructura enemiga. La sorpresa lo dejó helado. Inteligencia militar había asegurado categóricamente que no existía presencia de armamento pesado. Encontrar un pico de energía semejante rompía todas las previsiones estratégicas posibles.

—Es un cañón de resonancia —murmuró el comandante. La boca se le secó de golpe—. Están usando el propio núcleo geológico del planeta para cargar un disparo directo.

En un instante terrible, todas las piezas del tablero encajaron. Los Acechadores, el ataque suicida por el flanco oeste, la retirada forzada del Ámbar con la infantería. Todo formaba parte de una inmensa maniobra de distracción. Querían limpiar el cielo de naves menores y dejar al Aspen III completamente solo y expuesto frente a la entrada principal.

Un crucero de ese tamaño, colosal, masivo y lento como una montaña a la deriva, necesitaba minutos enteros para desviar su rumbo unos pocos grados. Era el blanco perfecto. Jamás podría salir de la trayectoria de un disparo de resonancia.

—Comunica con el Aspen III. ¡Que aborten la aproximación inmediatamente! —ordenó el comandante apoyando todo su peso sobre los mandos.

—Tenemos interferencias debido a la alta fluctuación—respondió Elena golpeando el panel de comunicaciones—. El campo magnético del templo bloquea nuestras frecuencias de corto alcance.

A través del inmenso cristal posterior, pudo ver al mastodóntico crucero que seguía avanzando a sus espaldas, ignorante de la trampa mortal. Tenían apenas unos minutos antes de que el cañón Zarkam alcanzara su masa crítica y partiera la nave insignia por la mitad.

La única forma de evitar la catástrofe total era interponer la pequeña nave de apoyo en la trayectoria de disparo.

—Elena, prepara una inversión total de los organismos fotosensibles.

Ella levantó la vista de las pantallas, sorprendida y pálida. Liberar toda la luz acumulada de golpe sobrecargaría irremediablemente la red principal. Se quedarían a ciegas, con los motores fundidos y en caída libre.

—Hazlo —dijo el oficial con una voz cortante—. Cuando ese cañón dispare, quiero que nuestra capa fotosensible estalle creando un espejo de densidad sólida. Rebotaremos su propia energía hacia el núcleo del templo.

Sin tiempo para protocolos de seguridad, Elena introdujo los códigos de anulación de emergencia. La nave de apoyo tembló violentamente de proa a popa. La bahía de control se saturó con un zumbido penetrante y doloroso.

La estructura negra del templo se iluminó de repente con un resplandor violeta cegador que borró el desierto del mapa visual. El cañón Zarkam disparó un pilar de energía destructiva inenarrable directo hacia de Aspen III.

—¡Ahora!

La nave táctica liberó toda su carga fotónica en una fracción de milisegundo. Un relámpago blanco, puro e incandescente envolvió el fuselaje por completo. El impacto escapó a cualquier descripción física. El sonido desapareció por completo, ofuscado por la monstruosa onda de choque electromagnética. El comandante salió despedido hacia atrás chocando brutalmente contra los mamparos de babor.

Un crujido espantoso le astilló varias costillas. Cayó al suelo metálico, jadeando, envuelto en una oscuridad repentina y asfixiante. Las luces principales murieron en el acto. Solo quedaba un parpadeo agónico y melancólico de unas pocas pantallas de emergencia chisporroteando en la penumbra.

Se arrastró tosiendo sangre hasta el ventanal agrietado. Allá a lo lejos, la gigantesca aguja del templo Zarkam se partía en dos bajo el rebote de su propio disparo. Columnas de fuego negro engullían las ruinas enemigas. Habían desviado el rayo. Habían neutralizado el arma.

El comandante dejó escapar una risa rota. Lo habían conseguido.

Pero entonces notó el silencio de su propia nave. Faltaba la vibración de los motores y el zumbido tranquilizador del soporte vital. Los generadores auxiliares estaban calcinados. La nave se había convertido en un bloque de metal flotando en la nada, a merced de la gravedad del planeta.

La nave comenzó a caer.

Fue una caída libre vertiginosa. El estómago se le pegó a la garganta. A través del cristal resquebrajado vio cómo las enormes dunas rojizas iban a su encuentro a una velocidad espeluznante. El aire exterior chocaba contra el casco con tal fuerza que podía escucharlo ulular ferozmente cuando entraba por las brechas del cristal agrietado. Aquel sonido le helaba la sangre. Miró hacia la consola de comunicaciones. Elena yacía muerta en el suelo, no sobrevivió al impacto. Al menos no tendría que vivir aquella caída.

El comandante no intentó levantarse, las piernas no le respondían y, sinceramente, ya no había nada que hacer. Apoyó la cabeza ensangrentada contra el mamparo y miró hacia atrás. A través del ventanal, vio la gigantesca forma del Aspen III. El inmenso crucero avanzaba seguro y majestuoso.

Sintió una extraña e irónica paz interior. Había algo profundamente poético en morir aplastado contra el mismo desierto que años atrás le había perdonado la vida. O a lo mejor solo era su mente que se volvía loca en sus últimos segundos.

El suelo amarillento llenó por completo su campo de visión.

El impacto destrozó el blindaje como si fuera cartón. La brutal onda expansiva desintegró el puente de mando en un suspiro. Desaparecieron el acero, la carne y el aire antes de que el cerebro del comandante pudiera registrar el dolor final. En un instante todo se apagó.

Kilómetros más arriba, el mastodóntico crucero de batalla sobrevoló el cráter humeante dejando atrás los restos de su escolta. Y aunque no había tiempo para el lamento, aquel sacrificio brutal no iba a ser olvidado. En ese momento se acababa de encender la mecha de un conflicto intergaláctico. Las Tres Grandes Guerras habían comenzado oficialmente sobre aquella tumba de arena en llamas.

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