El Rosas Brujas

Escrito por Felip Granados

El chico irrumpió en el local cayendo de bruces contra el suelo. Varios clientes se volvieron hacia él, sorprendidos por aquella entrada tan aparatosa. Era un establecimiento de tamaño medio, escasamente iluminado, con el aire cargado de humo y una música estridente que retumbaba sin descanso por los altavoces.

El chico se incorporó como pudo. Estaba asustado. La lúgubre atmósfera de aquel lugar no le ayudó a calmar su terror. A unos diez metros de la entrada, al otro lado de la sala, se encontraba la barra. Ralph apenas le dedicó una mirada antes de echar a correr hacia la derecha, en dirección a la salida trasera, maldiciéndose a cada paso por todo lo que lo había llevado a esa situación.

Algunos de los presentes se reían de él. Lo veían abrirse paso entre la gente, desesperado por alcanzar algo que no comprendían y que, a juzgar por sus expresiones, tampoco querían comprender.

Ralph avanzó a empujones entre el tumulto, dejando tras de sí perplejidad y alguna que otra amenaza. No se detuvo. Cuando por fin llegó a la puerta de emergencia, tuvo la extraña sensación de precipitarse hacia un abismo. Sabía que lo perseguían. Sabía también que aquel antro no era un lugar seguro. Sin embargo, ahora que tenía la salida al alcance de la mano, una angustiosa sensación de soledad comenzó a apoderarse de él. Frente a aquella placa metálica, a pocos centímetros de escapar, se sintió más desamparado que nunca, pues el exterior tampoco iba a arroparlo de ninguna manera.

Entonces, una mano fuerte y robusta le aferró el brazo. Ralph se volvió sobresaltado. El guarda de seguridad que lo sujetaba era enorme, y lo agarraba con la suficiente fuerza como para hacerle daño, a él, a Ralph Blanco, al alumno sobresaliente en Ciencias Naturales e Historia. El chico que nunca había intentado hacerle mal a nadie y que, sin embargo, había terminado intentando huir por la puerta trasera de un burdel.

—¿Adónde vas con tantas prisas, muchacho? —preguntó el vigilante, con brusquedad.

Ralph tiró del brazo para liberarse. Con la mano que le quedaba libre, buscó a tientas la palanca de la puerta y la empujó hacia abajo. El mecanismo cedió con un chasquido, pero la pesada hoja apenas se entreabrió.

—¡Déjame! ¡Tengo que irme! —consiguió gritar—. ¡Van a venir!

—Eres muy joven para estar aquí, ¿no te parece, chico? —Ralph tironeaba con fuerza—. ¿Cuántos años tienes? ¿Diecisiete?

En ese momento, un estruendo procedente de la entrada del “Rosas Brujas” interrumpió la discusión. Ralph se quedó helado. El vigilante volvió la cabeza hacia el ruido. En una tarima cercana, dos chicas que hasta entonces habían estado bailando se detuvieron de golpe, con la boca abierta, observando cómo una de las puertas del burdel caía al suelo y dejaba astillas y tornillos desperdigados bajo la luz multicolor del local.

Ralph aprovechó el descuido del guarda y se zafó de su mano. Empujó la puerta de emergencia con el hombro y se escabulló hacia el exterior. El vigilante hizo amago de volverse hacia el chico pero se detuvo; aquel chaval era un asunto de menor importancia en comparación con lo que acababa de ocurrir.

Unas botas negras, aparentemente duras como la roca, entraron pisando los restos de la puerta derribada. En el umbral apareció un hombre corpulento, de casi dos metros de altura y tez morena. Vestía de oscuro, con una chaqueta de piel negra que llevaba, a la altura del corazón, una insignia verde a juego con su gorra. La segunda hoja de la puerta seguía colgando de una bisagra superior. Unas manos cubiertas por guantes azabache la empujaron hasta hacerla girar sobre sí misma. La estructura crujió y terminó cediendo hacia dentro. Otro hombre enlutado de negro cruzó el umbral y se detuvo junto al primero. No dijo nada. Se limitó a recorrer la sala con unos ojos felinos, examinando a los clientes uno por uno.

Henry, el guarda de seguridad, echó a andar hacia ellos acompañado de otros dos vigilantes que se encontraban en el extremo opuesto del local. Mientras avanzaba, se preguntó rápidamente qué relación tendría aquel chico con los individuos que acababan de asaltar el “Rosas Brujas” de una forma tan brutal. A su alrededor, los clientes se apartaban a empujones de las dos figuras vestidas de negro. La música obstinada residía en la atmósfera junto con la rojiza luz impregnada de humo, indiferente a lo que estaba ocurriendo.

Detrás de la barra, el barman sostenía el teléfono con una mano, dispuesto a llamar a la policía. Le habría gustado hacerlo sin tener que competir con el estruendo de los altavoces, pero no había tiempo para acercarse al equipo de música y apagarlo. Marcó el primer número mientras vigilaba de reojo a los intrusos. Después miró hacia la caja que guardaba bajo la barra, del tamaño de una escopeta. Esperaba no tener que recurrir a su contenido. Por un instante, rogó a cualquier deidad que estuviera dispuesta a escucharlo que las cosas no llegaran a ese extremo.

En el breve lapso de observar el teléfono, mientras marcaba el tercer dígito, las voces de sus clientes se elevaron y sonaron más asustadas y desesperadas, lo cual no le gustó en absoluto. Una tercera figura había entrado velozmente abriéndose paso entre las otras dos mientras alzaba el cañón de su recortada hacia el teléfono.

—¡No! —gritó el barman al comprender lo que iba a ocurrir. El disparo estalló en el local. Durante unos segundos, el estruendo ahogó por completo la música. La gente se abalanzó hacia la salida de emergencia. Algunos cayeron al suelo y otros los pisotearon en su desesperado intento por escapar de allí, al tiempo que una macabra y vanguardista obra quedaba impresa sobre la estantería de la barra. El barman gritaba de dolor postrado en el suelo, agonizaba al darse cuenta de que ya solo disponía de su mano izquierda.

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