
Artur se encontraba ante la majestuosa entrada norte de la ciudad. Su mente no dejaba de pensar en lo que podría haber en el exterior mientras impartía las últimas órdenes a su fiel séquito de caballeros. Quince jinetes, montados en imperiales corceles negros, se alineaban disciplinadamente frente a su comandante.
—Como ya sabéis, hoy partimos en misión de exploración. No nos adentraremos más de lo que debamos en esa niebla, así que no pasaremos mucho tiempo allí fuera —les dijo señalando la inmensa entrada.
Cada uno de los presentes albergaba una tensión creciente en su interior. Eran los más bravos y valientes caballeros de su orden, pero la magia era algo que todos rechazaban. Creían en la nobleza y en la justicia combatida con acero en las grandes batallas, no en lo desconocido ni en los hechizos o conjuros de aquello que se ocultaba tras esa desconcertante oscuridad.
Bajo el peso de las armaduras Zertham y con las espadas aún en sus fundas, aguardaban con firme determinación. Sus petos lucían con orgullo la heráldica de Urt: dos espadas cruzadas sobre un hexágono.
Eran conscientes de que, por razones de seguridad, una vez traspasaran los umbrales, las puertas se cerrarían velozmente a sus espaldas, dejándolos a merced de los caprichos de la hostil niebla y de sus propios destinos. Algunos de ellos portaban en alto una antorcha, con la esperanza de que el fuego disipara algo de esa extraña oscuridad.
Artur giró sobre su montura en dirección a la salida.
—Partamos a lo desconocido y que Alhum guíe nuestro trayecto —expresó con firmeza—. ¡Que se abran las puertas! —añadió, elevando la voz.
Decenas de arqueros se hallaban tras ellos, apuntando hacia la entrada, temerosos de que algo penetrara en la ciudad mientras se abrían las puertas. Escucharon las oraciones de los clérigos, justo detrás, invocando plegarias de protección.
Tras un ligero momento de quietud resonaron las cadenas accionadas por las poleas, y las dos grandes puertas empezaron a abrirse hacia el interior, lenta y solemnemente. Incluso en aquellos momentos de incertidumbre, el ánimo saturaba los corazones de los presentes, que contemplaban la majestuosidad con que se abría aquella gran construcción de madera y hierro.
A medida que la apertura era mayor, se podía ver la reja levadiza que había justo detrás. Aquella espesa bruma caía entre los huecos que formaban los barrotes del enrejado, viscosa y lentamente. Las cadenas se detuvieron al llegar a su tope y las puertas quedaron abiertas por completo.
Todos observaron, e incluso sintieron, la quietud que emanaba del exterior.
Acto seguido pudieron oír nuevamente el crujir de unas cadenas, accionadas por un cabestrante superior, que empezó a levantar la reja poco a poco. En un breve espacio de tiempo la entrada quedó desprovista de toda protección física.
Un observador atento, habría visto el débil rastro azulado en el aire, dejado por el escudo mágico que envolvía la ciudad. Esa protección arcana detenía la bruma y le impedía el acceso al interior. Sin embargo, no sabían si algo del exterior podría atravesarla, pues el escudo solo bloqueaba entidades mágicas; lo puramente físico podría no verse afectado. Esa incertidumbre era lo que más inquietaba a Artur.
—Es el momento —dijo con voz segura—. ¡Por Urt!
—¡Por Urt! —repitieron los quince jinetes, al paso, dirigiéndose lentamente hacia las puertas.
Al llegar al límite del escudo mágico, la montura de Artur paró de repente. El animal se encabritó y rebufó con cólera intentando retroceder. El caballero se esforzó en tranquilizar a su corcel y mantenerlo firme, aunque le resultaba imposible.
Los demás caballos empezaron a asustarse; sus jinetes no podían mantenerlos quietos. El miedo volvió a los corazones de todos los presentes y Artur decidió retroceder ligeramente para apaciguar a los animales.
De repente, en el exterior algo pasó velozmente entre la oscuridad, de lado a lado del portón.
La montura de Artur se irguió sobre sus patas traseras y lanzó al caballero al suelo. Los demás caballos retrocedieron aterrados mientras resoplaban incontrolables.
—¿Qué ha sido eso? —gritó uno de los jinetes.
Todos desmontaron sus corceles al tiempo que desenvainaban las espadas. Artur, presuroso, se levantó del suelo y recogió su arma.
—¡Cerrad las puertas! —vociferó mientras retrocedía con cautela.
Con gran premura las cadenas empezaron a crujir. Tanto la reja como las puertas empezaron a cerrarse. En aquel momento, algo emergió veloz desde la negrura y con un sordo golpe chocó contra el escudo mágico. Casi por un acto reflejo, uno de los arqueros disparó una flecha, la cual impactó en el blanco y lanzó a esa desconocida criatura de vuelta a la oscuridad. A causa del miedo, los soldados que accionaban el cabrestante lo soltaron inmediatamente, dejando caer la pesada reja de golpe.
El impacto contra el suelo hizo saltar algunas piezas metálicas y trozos de madera. El sonido del impacto sobresaltó a Artur, que retrocedió con más velocidad.
Ninguno de los presentes dispuso del tiempo necesario para examinar detenidamente al enemigo que les había atacado, solo una fugaz imagen se había grabado en sus mentes. Todos coincidirían después en que se trataba de una criatura cuadrúpeda, envuelta casi por completo en sombras, de la estatura de un perro grande pero notablemente más flaco y deforme. El único rasgo que lograron discernir con claridad fue la pareja de pequeños y delirantes ojos rojizos que poseía aquella enigmática bestia.
Los caballeros se echaron a un lado y Artur apresuró su retirada sin dar la espalda a la entrada; otra flecha pasó en dirección a la oscuridad, a través de los espacios entre la reja. Un extraño gemido se percibió desde las afueras, coreado por varios más.
Cuando Artur quedó a salvo de cualquier impacto de los arqueros, observó cauteloso cómo en poco tiempo, y mientras las puertas seguían cerrándose, una colérica lluvia de flechas arremetía contra la oscura niebla. Los silbidos de los proyectiles surcando el viento eran ensordecedores.
Artur se mantuvo vigilante hasta que las puertas finalmente se cerraron. Aquella criatura no había logrado traspasar el escudo mágico, evidenciando así que su esencia era mágica. Artur no supo si aquello era bueno o malo, pero al menos era información.
Los lamentos extraños aún se filtraban desde el exterior, aunque su intensidad había mermado considerablemente. Pocos segundos después cesaron por completo y el silencio se impuso de nuevo sobre el temor unánime de los presentes.
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