Neón y Sangre
Historias de ciencia ficción

Neón y Sangre

Dorian Stark tiene una misión en una ciudad devorada por el neón y la decadencia. Un trabajo de exterminio donde cada disparo destruye lo poco que queda de su alma.
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Autor Alexis Brito
Fecha 10 de abril, 2026
Tiempo 19 Minutos

Saludos, queridos lectores y lectoras.

He tenido el placer de leer un relatazo que me ha enviado un escritor especializado en ficción especulativa y tramas de corte distópico. He disfrutado cada palabra de su historia, y ahora, con su permiso, voy a compartirla con vosotros. El autor nos presenta una pieza que rinde homenaje (y no tiene nada que envidiar) a los grandes maestros del género ciberpunk.

Alexis Brito Delgado es escritor de ciencia ficción y fantasía, especializado en narrativa cyberpunk y distópica. Su obra explora la frontera entre lo humano y lo artificial a través de mundos oscuros, violentos y profundamente filosóficos.

Es autor de la saga familiar Stark, que incluye Dorian Stark y Wolfgang Stark, donde combina acción, atmósfera y conflicto existencial con una visión crítica de la tecnología y la sociedad.  

Su estilo, directo e inmersivo, bebe de los grandes referentes del género mientras construye una voz propia marcada por la intensidad y la reflexión.

Sentíos libres de leer su blog en: https://alexisbrito.blogspot.com

Y ya sin más preámbulos os dejo con este fabuloso relato. Espero que lo disfrutéis tanto como he hecho yo.

Saludos cósmicos.

Felip Granados


NEÓN Y SANGRE

Tus esfuerzos han sido endebles e ilusorios. Te propusiste la tarea de describir el impulso de la humanidad hacia la autodestrucción, pero solo te has señalado a ti mismo

Greg Bear

Después de la Tercera Guerra Mundial, las Casas Madres relegaron el poder de los gobiernos a un segundo plano, tomando el control de los planetas colonizados del Mundo Exterior. La robotización industrial —que tanto auxilio prestó a Estados Unidos durante el conflicto— cobró una importancia desmesurada: los fondos económicos de las grandes corporaciones se destinaron a la construcción de nuevos prototipos de combate.

Las empresas armamentísticas, que antaño los vendían al ejército, no tardaron en fabricarlos en masa. Nadie imaginó que las máquinas adquirirían conciencia propia y se rebelarían contra sus creadores. Una oleada de terroristas, letales y sanguinarios, perfectamente organizados y provistos del mejor armamento, sembró una estela de muerte y destrucción.

Al comprender que habían abierto la Caja de Pandora, los presidentes de las Casas Madres crearon unidades de élite para eliminar a las máquinas que habían arrojado al mundo: los agentes ejecutores. Estos fueron entrenados bajo los auspicios de militares veteranos de todas las guerras conocidas. Trabajarían al margen de la ley, tendrían jurisdicción en todas las naciones y podrían utilizar cualquier método necesario para llevar a buen puerto las operaciones asignadas.

En un universo carente de esperanza, devastado por la lluvia ácida, la contaminación industrial y la escasez de recursos naturales, las soluciones extremas se convirtieron en la única alternativa viable para restaurar la armonía. El ser humano aceptó exterminar el caos a cualquier precio.

Soy un simple soldado —un sargento de la Orden de los Centinelas al servicio de la Corporación Schneider— instruido para obedecer a sus superiores. Aunque mi profesión me repugne, cumplo las órdenes a rajatabla. El Consejo de Guerra se cierne sobre mi cabeza; un destino que no pienso aceptar si puedo evitarlo.

Mi primera operación cibernética sentenció mi destino. Desde el momento en que los neurocirujanos reemplazaron las partes dañadas de mi anatomía por implantes mecánicos, no hubo marcha atrás.

Me transformé en un asesino frío y despiadado, capaz de cometer las peores atrocidades. Nunca logré controlar la insensibilidad de los injertos. Por eso consumo anfetaminas: gracias a ellas consigo experimentar algo parecido a una emoción, escapar —aunque sea por instantes— de los bordes helados de los órganos artificiales que me empujan hacia la hibridación absoluta.

¿Qué puedo hacer para evitar el futuro inaceptable que se dibuja en el horizonte?

Las misiones de exterminio son cada vez peores. Me enfrento a enemigos más sofisticados de lo que cualquier militar podría temer: cibernados con capacidades físicas e intelectuales que rozan lo sobrehumano.

A veces deseo empuñar un arma y poner fin a una vida que dejó de tener sentido hace décadas. El problema es que mis superiores reconstruirían lo que quedara de mí. Jamás me permitirán descansar.

Soy más máquina que humano.

Y eso me mantiene atado a las cenizas del pasado con una fuerza devoradora.

Lloro, sumido en la amargura, enervado por el efecto de los estimulantes que acabo de consumir.

Lo he perdido todo…

Dorian Stark


1. MISIÓN

Dorian…

Nessa se inclinó sobre el alemán.

—¿Estás bien? Despierta… ¡Por favor! No me abandones ahora.

La cyborg lo sacudió con desesperación.

—Dorian…¡Dorian, despierta!

Con una expresión amarga, Stark abrió los ojos y recorrió con la vista el dormitorio a oscuras. Sus pupilas fotoeléctricas transformaron las tinieblas en un amanecer artificial. Otra pesadilla. Como siempre.

Tenía demasiados fantasmas para dormir tranquilo; su conciencia estaba manchada por la sangre de innumerables víctimas.

Desanimado, extendió el brazo izquierdo, tomó un frasco metálico e ingirió tres anfetaminas sin agua. El sabor amargo le abrasó la garganta, y la descarga química encendió sus músculos embotados por la falta de descanso. La energía artificial le devolvió el movimiento. Se levantó del lecho de látex y avanzó hacia el salón, con pasos erráticos por la subida repentina. Inconscientemente, rozó con los dedos las paredes recubiertas de papel de arroz.

Sus sensores captaron que la lluvia había cesado. Un alivio. No tendría que soportar el repiqueteo interminable de las tormentas que asolaban la ciudad.

Dorian se dejó caer en el sofá de gomaespuma y observó su entorno: televisor Thomson de cincuenta pulgadas, mesa hexagonal de metacrilato, dispensador automático de comida y persianas de aluminio anodizado. El apartamento era una caja vacía con aire reciclado.

La imagen de Nessa volvió para atormentarle la escasa humanidad que le quedaba. Cerró los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne sintética. Extrañaba a la cyborg. ¿Por qué lo había dejado? Nunca le dio una explicación. Simplemente desapareció, quizá para unirse a algún grupo insurgente, quizá para borrar cualquier rastro de él.

Tú decidiste por los dos, pensó. No tuviste el valor de decirme la verdad, Nessa.

Abrió las manos doloridas; ocho pequeñas heridas marcaban sus palmas enrojecidas. Se levantó de un salto y abrió el balcón con violencia. Una ráfaga de aire helado le golpeó el rostro, y los circuitos sensoriales de su columna vertebral enviaron una descarga al cerebro que erizó su piel sintética.

El panorama urbano lo hundió aún más. En el horizonte, torres de refinerías lanzaban llamaradas de magnesio que iluminaban las cúpulas corporativas bajo un cielo cubierto de ceniza.

El zumbido del comunicador Sony lo sacó de sus pensamientos. Una videollamada del Departamento.

—Buenas noches, Stark.

El comandante Aries sostenía un cigarrillo de contrabando entre los labios.

—Buenas noches, señor.

El superior fue directo al grano:

—El General Moser me ha encomendado una misión para usted.

El alemán sintió una punzada de cansancio mezclada con desconfianza.

—Lo escucho.

Aries exhaló humo por la nariz.

—Debe eliminar a cuatro androides Helix-9.

Dorian frunció el ceño.

—¿Por qué, señor?

El comandante no mostró compasión.

—Porque asesinaron a uno de nuestros agentes.

El alemán soltó una risa amarga.

—Magnífico.

Aries ignoró la ironía.

—La Corporación Helix ha proporcionado sus archivos de creación a nuestros técnicos…

Stark lo interrumpió:

—Mi trabajo no consiste en eliminar unidades biotécnicas. Para eso está la División Externa.

—¡Obedecerá mis órdenes, sargento! —gruñó Aries—. ¡O terminará limpiando túneles de drenaje el resto de su carrera!

Stark apretó la mandíbula. No tenía elección.

—Sí, señor.

El comandante aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—El honor de nuestra organización debe ser restaurado. El General Moser no permitirá que un puñado de androides elimine a un miembro de los Centinelas. Tómeselo en serio, Stark.

El alemán no creyó una palabra.

—¿A quién eliminaron?

—No es de su incumbencia —cortó Aries—. Le enviaré los datos esta noche. Quiero su informe en veinticuatro horas.

Dorian sintió la rabia subirle al estómago.

—De acuerdo, señor.

El comunicador se apagó, dejando la habitación en silencio.

Y con el silencio, volvió la certeza de que aquella misión sería otra mancha más en su conciencia.

2. JEAN

El rostro inexpresivo del primer androide llenó la pantalla líquida ultraplana, girando lentamente sobre sí mismo bajo un fondo blanco.

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Vance

Función: combate y carga pesada

Físico: nivel A / Mental:** nivel B**

Jean bromeó:

—Poca cosa para ti, Dorian.

Stark forzó una sonrisa tensa.

—Tenía entendido que la Helix les implantaba una fecha de desconexión. ¿Dónde diablos está ese detalle?

La cyborg gruñó:

—A esos bastardos no les interesa que lo sepamos.

El segundo androide reemplazó al anterior.

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Disch

Función: defensa de colonias exteriores

Físico: nivel A / Mental:** nivel B**

Jean frunció los labios.

—No me gusta. Tiene cara de ser duro de romper.

Stark asintió, excitado: los objetivos difíciles lo mantenían vivo.

—Cierto.

El tercer androide apareció.

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Bear

Función: seguridad urbana

Físico: nivel A / Mental:** nivel C**

Stark torció una sonrisa.

—El idiota del grupo.

Jean estalló en carcajadas.

—¿Nivel C? ¡Menuda basura! ¡Prefiero seguir siendo una cyborg!

El último archivo sustituyó al anterior.

Unidad Helix-9 / Serie H9-H-Takako

Función: piloto de cruceros estelares

Físico: nivel A / Mental:** nivel A**

Takako le robó el aliento: cabello negro, frente amplia, ojos rasgados, nariz recta, labios carnosos. Su belleza oriental le recordó dolorosamente a Nessa. Los recuerdos le atravesaron el pecho como cuchillas. Por mucho que lo intentara, no podía huir del pasado.

Jean advirtió su gesto.

—¿La conoces?

—No —mintió.

Demasiado íntimo. Demasiado doloroso para compartir.

—Pareces haber visto un fantasma —comentó ella.

Stark cambió de tema.

—¿Puedes localizarlos?

Jean arqueó las cejas con una sonrisa taimada.

—Posiblemente. ¿Qué me ofreces a cambio?

Su tono malicioso lo hizo tensarse.

—Yendólares.

—¿De la Corporación Schneider?

—Claro.

—Perfecto.

Mientras la cyborg tecleaba en la consola, Dorian observó sus movimientos. El mono de poliéster gris realzaba su cuerpo de curvas duras y perfectas. Le atraía. Desde hacía años. Pero sabía que ese deseo era otra condena.

Ya amaste a una máquina una vez, pensó con amargura. Con una vez bastó.

Jean percibió su mirada.

—¿Ves algo que te interese, Dorian?

Él esbozó una mueca.

—Quizá.

Ella rio, disfrutando del juego.

—¿Cuándo vas a mandar al infierno a tus superiores?

La pregunta lo pilló desprevenido.

—Sabes que si deserto, la Orden de los Centinelas me cazaría como a un perro.

—Eres un cobarde —gruñó—. Ganarías más como mercenario.

Dorian encogió los hombros.

—El dinero no lo es todo.

—Eres un nihilista —se burló—. Te lavaron el cerebro desde que entraste en el cuerpo.

Stark entrecerró los ojos.

—Jamás.

Jean se levantó con gesto felino y se apoyó contra el escritorio de palo de rosa.

—¿Dónde tienes el chip de crédito?

El olor de su cabello lo mareó.

—Dime lo que sabes —pidió—. Sacaré mis propias conclusiones.

—He encontrado a tu colega Takako —dijo ella—. Trabaja en una clínica de mercado negro.

Él no dudó de su palabra.

—¿Dónde?

—Long Beach, Carson Street 747.

La dirección le sonaba.

—¿En qué distrito?

Jean sonrió con sarcasmo.

—En el Cuarto.

—El Barrio de Ning…

—Te ha tocado el peor de todos, Dorian.

Stark suspiró.

—Lo habitual. ¿Y la clínica?

—Imposible de rastrear. Necesitarías a un hacker con toda la parafernalia: implantes parietales de gama alta, fibra óptica, guantes de retroalimentación.

La mujer se acercó a él con mirada eléctrica. Dorian tragó saliva, fingiendo indiferencia.

—¿Cómo lo descubriste?

—Takako es idiota —respondió—. Vendió sangre para sobrevivir. Cualquiera con una consola puede seguirle el rastro.

—¿La sangre de los androides sirve para transfusiones? —preguntó con genuina sorpresa.

Jean le acarició el mentón.

—Por desgracia, sí.

Lo besó con intensidad. Sus bocas se fundieron, compartiendo un instante de ternura y vacío. Dorian respondió, pero enseguida se apartó. Ese tipo de consuelo le estaba negado.

—Tengo que irme.

Jean bajó la mirada.

—¿Volveré a verte?

—Sí.

3. MEGALÓPOLIS

Mientras avanzaba por la avenida, Stark hundió las manos en los bolsillos de su trinchera de cuero. La calle era un vertedero interminable: montones de desechos, neones parpadeantes y el eco metálico de las cloacas subterráneas. Los rascacielos se alzaban hacia el cielo como colmillos de acero, ocultando el horizonte bajo una niebla de smog y lluvia ácida.

El aire hedía a combustible, sudor rancio, basura fermentada y restos de comida sintética. Los bidones ardiendo con fósforo iluminaban los rostros de los sin techo, convertidos en sombras vivientes.

Takako caminaba entre la multitud, ajena a la llovizna pegajosa que resbalaba por su chaqueta de polipiel. Llevaba horas siguiéndola, invisible para los sensores de la androide. Esperaba que lo guiara hasta el resto del grupo Helix-9.

Ambos cruzaron el Distrito Cuarto, una selva de luces, ruido y miseria. Pasaron frente a locales de placer, puestos de sushi luminosos, templos de realidad virtual y fumaderos de opio sintético. Los letreros en kanji y árabe se mezclaban con anuncios en inglés y español, creando una cacofonía visual imposible de descifrar.

Los transeúntes avanzaban como una masa única, envueltos en su desesperación por sentirse humanos en un mundo que les negaba la elección. Para Dorian, todos eran iguales: engranajes gastados en una máquina demasiado grande.

Aceleró el paso, esquivando cuerpos y miradas. Un par de prostitutas intentó interceptarlo; ni las miró. No podía perder de vista a Takako.

El barrio se transformó poco a poco en un laberinto de bóvedas bajo los rascacielos. A su alrededor, pantallas holográficas proyectaban anuncios intermitentes:

“Neurocarcasas de última generación — ¡sienta la inmortalidad digital!” 

o

“Carne nueva, recuerdos nuevos — créditos fáciles, sin preguntas.”

Pasó junto a un grupo de vietnamitas tambaleantes, drogados con eucodal de baja pureza. Llevaban camisetas de plástico, pantalones raídos y sandalias abiertas.

Cada día odio más esta ciudad, pensó con amargura. Debería haberme marchado a las colonias.

Y, sin embargo, sabía que las colonias no eran mejores. Eran otro vertedero, más grande, más lejos.

¿Por qué habían desertado los Helix-9? En el fondo, los comprendía. Esa empatía lo irritaba: lo acercaba demasiado a ellos. Había demasiada máquina en su cuerpo y en su mente; su naturaleza híbrida lo convertía en un paria. No era completamente humano, ni completamente sintético.

Una hilera de monjes nepalíes recitaba mantras bajo un toldo empapado, envueltos en túnicas naranjas raídas. Pedían limosna a la puerta de un local de striptease. Takako dobló a la derecha, internándose en una zona aún más oscura.

Un acuario gigantesco mostraba un tiburón mecánico nadando en líquido amniótico; era el reclamo de una cadena de comida rápida. Las dependientas, con rasgos ambiguos, servían bandejas luminosas a los clientes zombificados.

El alemán sintió una punzada en el pecho. Odiaba ese mundo, pero sabía que pertenecía a él. Era una pieza más del engranaje que mantenía el sistema en movimiento.

Takako cruzó frente a un puesto de aves artificiales ensambladas con piezas de aluminio y polímeros. El aire estaba impregnado con el olor sintético de las bestias mecánicas. Una anciana discutía con un comerciante por el precio de un colibrí fosforescente. Jaulas llenas de réplicas de especies extintas colgaban del techo: ibis rojos, águilas, halcones, jilgueros, aves del paraíso.

Un vagabundo se interpuso en su camino y le clavó el cañón de una Taurus en el abdomen.

—¡Dame la pasta, cabrón!

Antes de que terminara la frase, Dorian desvió el arma y le destrozó la tráquea con el canto de la mano. El hombre se desplomó entre la multitud, muerto antes de tocar el suelo.

Naciste para morir, pensó con frialdad.

Nadie reaccionó. Los transeúntes lo rodearon como si fuera una bolsa de basura. Nadie miró el cuerpo. Nadie dijo una palabra.

Dorian siguió caminando. A lo lejos, distinguió a Takako a unos cien metros, dispuesta a cruzar la autopista elevada.

Un dirigible publicitario pasó sobre su cabeza, proyectando un eslogan tridimensional en el aire contaminado:

“VIAJES INTERPLANETARIOS CON RAKUTEN TOUR SYSTEMS —

Descubra Himalia, el nuevo paraíso humano.”

El mensaje le provocó una mueca de asco. Sabía que era una mentira: las colonias eran tan sucias y corruptas como la Tierra. Solo que el vacío hacía el ruido más soportable.

“Este anuncio ha sido cortesía de Helix Corporation:

Ayudando a la humanidad a trascender los límites.”

Dorian levantó la vista hacia el cielo saturado de neones y sonrió con amargura.

—Sí… ayudando a morir más despacio.

4. VIDEOGALERÍA

Con cautela, Stark penetró en la vídeogalería. El local estaba sumido en un zumbido constante: cientos de máquinas holográficas proyectaban luces intermitentes, melodías sintéticas y gritos digitales. La atmósfera era densa, cargada de ozono y sudor.

Takako se detuvo frente a una consola y apartó el cabello mojado de su frente. El gesto, tan humano, le recordó a Nessa, y un dolor conocido le recorrió el pecho.

En la pantalla, una criatura alienígena devoraba a los tripulantes de una nave espacial. Los clientes observaban absortos, sin sospechar que entre ellos había una androide Helix-9. Dorian la hubiera reconocido a kilómetros: su instinto cazador lo delataba. La Helix-9 era casi perfecta, y ese “casi” la hacía más peligrosa.

Su comunicador vibró en el bolsillo. Lo más probable era que Aries intentara contactarle, pero la señal mostraba otro nombre.

—Hola, Dorian.

Jean apareció en la diminuta pantalla del dispositivo.

—¿Qué tal estás? —preguntó ella.

Él miró a su alrededor, buscando cobertura y salida. No debía distraerse durante una operación.

—Bien. La he encontrado.

Jean desvió la mirada a un punto fuera del encuadre, tecleando algo.

—He conseguido la información que querías.

—¿Y bien?

—Los Helix-9 escaparon de Deimos. Robaron una lanzadera y asesinaron a toda la tripulación.

Dorian apretó los dientes.

—Típico.

Jean sonrió con cierta ironía.

—¿Adivinas quién viajaba con ellos?

—Sorpréndeme.

—Un pez gordo: Miyoshi Hitsukaza.

El nombre le sonó familiar.

—Sí, lo conozco.

—¿De qué?

—Tuve que eliminar a sus antiguos jefes hace unos años. Trabajaba para la Corporación Fujifujih antes de venderse a Helix. No sabía que lo habían enviado a Marte.

Jean asintió.

—Probablemente lo mantenían oculto para que no repitiera la jugada.

—Sin duda —respondió él.

De pronto, Takako se giró. Su mirada se cruzó con la de Dorian. Un segundo bastó. Lo había descubierto.

—Jean, tengo que dejarte —susurró.

—Vigila tu espalda, Dorian.

—Siempre lo hago.

Colgó justo cuando Takako desenfundó una H&K compacta. El primer disparo destrozó una máquina recreativa a su lado; los clientes corrieron en pánico, cubriéndose la cabeza mientras los proyectiles trazadores iluminaban la estancia con destellos naranjas.

Stark respondió de inmediato. Sus balas perforaron pantallas, vidrios y hologramas. La Helix-9 se ocultó tras una columna, pero él sabía que no tardaría en contraatacar.

Sin previo aviso, el espejo del fondo le devolvió una silueta: otro androide avanzaba por su flanco derecho, blandiendo una ametralladora Hawk. Reconoció la cara de Bear, serie H9-M-C912.

Trampa.

Rodó hacia una consola destrozada y disparó desde el suelo. Tres impactos precisos atravesaron el pecho del androide, que se desplomó como un muñeco desarticulado. En ese mismo instante, una bala le rozó el hombro mecánico, arrancando chispas. El dolor eléctrico le recorrió la espina dorsal, pero se mantuvo en pie.

El ruido era ensordecedor. Takako gritó algo en japonés; Vance, el Helix-9 de combate, rugió como un animal. Su ráfaga de fuego cruzó el aire, arrancando trozos del mobiliario y del suelo. Dorian respondió con precisión quirúrgica, apuntando a las rodillas del androide. Vance cayó, su cuello quebrándose al golpear una máquina de bebidas.

El alemán jadeó. La videogalería estaba cubierta de sangre sintética y humo.

Disch emergió de entre los restos, cargando una Franchi Spas. El golpe de la culata abrió una brecha en la cara de Dorian; el impacto lo habría matado si no fuera por los refuerzos óseos de su mandíbula. Cayó al suelo, rodando, mientras el androide lanzaba otra patada.

Stark la bloqueó con la rodilla y contraatacó con la mano izquierda, los dedos extendidos en forma de garra. Disch esquivó, lo agarró por el cuello y lo lanzó contra una columna. El impacto le arrancó un gemido, pero su cuerpo aguantó.

El siguiente golpe fue directo a la cara. Stark lo detuvo a medio camino y, con un giro brutal, activó los implantes de su antebrazo. Tres cuchillas de tungsteno emergieron de su puño y se hundieron en la cabeza del androide. Un chasquido seco. Silencio.

El cuerpo de Disch cayó al suelo con un sonido metálico.

Dorian recuperó el aliento, la vista borrosa por el dolor. Frente a él, Takako temblaba, acorralada entre los restos humeantes de las máquinas. Lágrimas oscuras corrían por sus mejillas.

—¡Asesino! —gritó.

Él alzó su arma.

—Solo hago mi trabajo.

Apretó el gatillo.

La bala le atravesó el cráneo. Los sesos sintéticos salpicaron la consola detrás de ella.

Dorian bajó lentamente el arma. El eco del disparo se disipó. Solo quedó el zumbido de los monitores rotos y el olor a plástico quemado.

Todo ha terminado, pensó. Aries ha conseguido lo que quería.

La misión había sido un éxito.

Y otra cicatriz más se grababa en su conciencia.

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