Relatos Fantásticos: Historias de fantasía - Itharot, el renegado.
Historias de fantasía

Itharot, el renegado

Itharot, el dragón desterrado en los Campos de la Desolación. Con una ambición que no conoce límites, traza su plan para desafiar al dios Maruk y alcanzar la divinidad.
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Autor Felip Granados
Fecha 04 de mayo, 2026
Tiempo 4 Minutos

Perdida entre la vasta extensión de los Campos de la Desolación, más allá de las Atalayas Cobrizas de Cerna, se encontraba una montaña colosal, solitaria y ajena al paso del tiempo. Aquel imponente monte estaba rodeado por un mar de arena, un gigantesco desierto. Allí podía percibirse un silencio constante, ocasionalmente acompañado por el débil susurrar de una brisa irrespetuosa.

En su cumbre se ocultaba Itharot, el renegado. Un dragón desterrado incluso por los de su propia raza. Pero no era su crueldad lo que había provocado su exilio, ya que entre la mayoría de los dragones ese rasgo era común y más bien admirado. Lo que lo apartó fue su ambición desmesurada, un hambre insaciable que lo consumía desde lo más profundo de sus entrañas. Un hambre de poder.

Mientras los otros dragones, aquellos que sobrevivieron a la ira de su creador, se refugiaban resignados a su destino, Itharot se alzaba, insumiso y temible. Su mente afilada y cruel no toleraba el castigo impuesto. No aceptaba el yugo del dios que los había engendrado.

El viento, que de vez en cuando perdía su temor, aullaba frenético en la cima de la montaña. Allí, en lo profundo de una cueva, la enorme bestia estudiaba antiguos grabados en piedra, de los que podía descifrar los misterios que originaron el mundo. Sus ojos eran fríos y calculadores, y recorrían con precisión aquellos símbolos arcanos.

Para Itharot, los humanos no eran más que una molestia insignificante. Eran insectos que se arrastraban absurdamente por Korian, buscando el propósito de su fugaz y vacía existencia. El dragón no tenía interés en ellos ni en sus minúsculos reinos. Lo que él deseaba iba más allá, mucho más allá.

Había llegado a comprender lo que sus hermanos, cegados por la sumisión, jamás habían entendido. Ellos, los dragones, eran hijos del dios Maruk y estaban encadenados por su voluntad. Atados a sus reglas y sus deseos.

—Maruk… un padre despreciable —gruñía con una voz profunda que resonaba y quebraba la roca que lo rodeaba, haciendo temblar de miedo a la propia montaña.

Itharot no deseaba la compañía de un rey ni la alianza de un hechicero oscuro. Para él, esas aspiraciones eran patéticas, indignas de su verdadera naturaleza. Lo que él anhelaba era convertirse en algo más que un dragón. Quería ser un dios, libre de cualquier atadura, capaz de reescribir el destino del mundo con el poder de su propia voluntad.

Y sabía que ese momento se acercaba.

Los primeros frutos de su plan ya comenzaban a brotar, silenciosos y letales. Su desafío estaba dirigido a Maruk, el dios que lo había creado, el mismo que lo había encadenado. Ese era un desafío que pocos, ni siquiera los más temerarios, se hubieran atrevido a imaginar.

Mientras el caos se expandía por Korian, Itharot maquinaba y urdía su plan; preparaba el momento en que sería tan grande, tan indomable, que ni siquiera su padre podría detenerlo. Cuando ese día llegara, cuando su poder alcanzara su cúspide, no habría rincón en el mundo que no resonara con su rugido.

—El rugido de Itharot —se decía a sí mismo con sorna—, el dragón que se alzó contra su creador. —Rió con una carcajada que reverberó por toda la montaña.

Sabía que, al llegar el momento, todos le temerían y se arrodillarían ante él. Eso le complacía enormemente.

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