
Elián nunca había estado en el exterior. Todo lo que conocía de él, provenía de relatos de libros y de las imágenes proyectadas en las pantallas del bunker. Había nacido en las profundidades de la Tierra, tras el cataclismo que obligó a la humanidad a protegerse bajo su superficie.
Todo su mundo era aquel refugio hecho de paredes de metal y luz artificial. A menudo corría por el laberinto de corredores imaginando que era un explorador en un lugar desconocido.
Creció aprendiendo sobre la naturaleza de un planeta que nunca había experimentado. Los océanos, los bosques, los desiertos y las montañas eran conceptos fantasiosos para él, maravillas de un tiempo pasado.
Como era de esperar, la curiosidad de Elián lo había llevado a explorar cada rincón de su hogar. Disponía de un alijo de pequeños tesoros: tornillos sueltos, fragmentos de circuitos, páginas desgastadas y otros tantos cachivaches. Imaginaba que cada objeto era una pieza del mundo exterior, y soñaba con que algún día podría reconstruirlo.
La pequeña ventana de observación, con su grueso cristal, que se encontraba en el piso más alto del bunker, era el lugar favorito de Elián. Pasaba horas mirando la tierra estéril, soñando con lo que había más allá.
¡Gracias por leer! Espero que hayas disfrutado de este relato.
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