Vosotros que aquí entráis, abandonad toda esperanza.
Dante
Nueva York, 31 de agosto de 1892
Regresar a mi laboratorio después de los desgraciados sucesos de las últimas semanas me ha producido un placer difícil de describir con palabras. No puedo negarlo: extrañaba las bobinas, los enormes generadores y las lámparas tubulares que, más que instrumentos útiles para mis investigaciones, parecen una extensión de mi propia fisonomía. Por primera vez desde el fallecimiento de mi madre, el dolor de la pérdida se había convertido en algo soportable; me encontraba listo para volver al trabajo.
Durante una hora, a través de los ventanales, contemplé las viviendas de la Quinta Avenida que rodeaban la Tesla Electric Company. Aunque me encontraba exhausto por el largo viaje, ardía en deseos de poner manos a la obra. Mi querida amiga Katharine me había enviado una carta rogándome que pasara a visitarla en cuanto el Augusta Victoria fondeara en el puerto de Nueva York. Nada me hubiera gustado más que complacerla, pero tuve que declinar su amable oferta: el deber es el deber.
Nunca, ni siquiera durante mi infancia, he logrado refrenar el fuego devorador que me roe las entrañas; la necesidad de crear todo aquello que pasa por mi imaginación. Por mucho que trabaje, por muchas horas que dedique a mis proyectos, jamás son suficientes. Mis ideas —que muchos colegas de profesión envidiosos tachan de descabelladas— son tan intensas que me obligan a crear majestuosos inventos capaces de transformar el porvenir de la humanidad. Me asaltan a todas horas, sin misericordia, de tal forma que apenas me permiten conciliar el sueño. Aquella era mi vida y no deseaba perderla por nada del mundo.
Bastantes trabajos mediocres, indignos de mis capacidades, había tenido que desempeñar para ganarme el sustento. Afortunadamente, desde que logré escapar de las garras de Edison, la fortuna se había puesto de mi parte. No pensaba desempeñar labores denigrantes, como trabajar en el ferrocarril, en minas de carbón, en fábricas o cuidando ganado; antes hubiera preferido regresar a Croacia para dedicarme en cuerpo y alma a una vida eclesiástica, tal como siempre fue el deseo de mi padre.
Recorrí el taller contando mis pasos, tal como es mi costumbre, mientras me familiarizaba de nuevo con la maquinaria industrial cubierta de polvo. A la mañana siguiente, a primera hora, tendría que ordenar a mi ayudante que limpiara la nave a conciencia. Me es imposible dar lo mejor de mí mismo en un ambiente inadecuado; el orden y la pulcritud son esenciales en la vida de cualquier científico.
Inesperadamente, tropecé con el ejemplar de Ensayo sobre las costumbres de Voltaire que Mark Twain me había prestado hacía más de un año. Una amplia sonrisa cruzó mis labios al recordar que, durante mi juventud, mientras estudiaba en la Escuela Politécnica de Graz, había leído todas las obras del filósofo. ¡Una tarea nada sencilla para un joven de diecinueve años! Por desgracia, tendría que continuar aplazando la lectura de aquel volumen; no tenía tiempo que perder en placeres intelectuales.
Nueva York, 22 de septiembre de 1892
Me encuentro tan agotado que apenas puedo escribir estas notas. Durante las últimas semanas he trabajado día y noche en mi sistema polifásico de corriente alterna. Me duele la cabeza espantosamente; tengo la sensación de que el zumbido de los motores terminará perforándome el cráneo. El mundo invisible de las moléculas y los átomos se niega a ser dominado. Es necesaria una fuerza de voluntad férrea, interminables horas de estudio y experimentos incesantes para conducir mis investigaciones a buen puerto.
Las lámparas sin cables, alimentadas por generadores de alta frecuencia de mi invención, simbolizan la línea que quiero seguir en mis investigaciones. Si Anteo sacaba su fuerza de la tierra, ¿por qué yo no habría de hacer lo mismo? Ondas luminosas, partículas de carbono, emisiones de electrones, moléculas de aire, campos magnéticos y oscilaciones eléctricas. Todo destella delante de mis ojos sin aportarme resultados tangibles. Furioso, me mordería los puños hasta que brotara la sangre. ¡Tengo la solución delante de las narices y soy incapaz de encontrarla!
Al mediodía, después de un ligero almuerzo, salí a dar un paseo por los alrededores para despejarme. Las calles de Bleecker Street, grises y apagadas, estaban cubiertas de nieve. Apático, me detuve en un parque, observando el cielo oculto tras densas nubes negras. ¿Por qué las capas superiores de la atmósfera impedían la transmisión de la energía eléctrica? Aquel era mi sueño, la obsesión que guiaba todos mis esfuerzos: transmitir electricidad sin necesidad de cableado.
En el edificio de enfrente, una vieja iglesia anglicana, distinguí unas palomas en lo alto del campanario. Lamenté no llevar alpiste en los bolsillos; siempre me ha agradado alimentar a aquellas pequeñas criaturas aladas.
Al regresar al laboratorio, me centré en el problema que había acaparado mis energías desde que volví a Nueva York: la necesidad de crear un transformador diminuto y compacto que me permitiera controlar una tensión de un millón de voltios. Cuando lo consiga —sin duda, tarde o temprano, alcanzaré mi objetivo—, estaré por delante de todos mis competidores; los mismos que, con sus prejuicios, su mala publicidad y sus campañas difamatorias, habían hecho lo imposible por hundir mi carrera.
Siempre he tenido mala suerte con las patentes y las bonificaciones. Muchos individuos, por llamarlos de algún modo, que se consideraban hombres de palabra, me estafaron apropiándose de mis ideas y descubrimientos. Evidentemente, no pienso permitir que vuelva a suceder.
Nueva York, 14 de octubre de 1892
Me he involucrado demasiado en este proyecto; me encuentro física y psicológicamente exhausto. Tengo la terrible impresión de que, como continúe por el mismo camino, me sobrevendrá otra crisis nerviosa. Debería preocuparme más por mi salud; de lo contrario, la naturaleza terminará pasándome factura.
Los trabajos de James Clerk Maxwell sobre los campos de oscilaciones electromagnéticas situados por encima del espectro visual no tienen nada que hacer al lado de mis recientes descubrimientos. He encontrado la respuesta a muchos enigmas pero, como de costumbre, han surgido nuevas incógnitas que demandan una solución. Para bien o para mal, el eterno problema de la ciencia es que siempre habrá horizontes desconocidos por conquistar.
Al atardecer, mientras disfruto de una merecida media hora de descanso junto a un vaso de leche tibia, Czito me trae los periódicos de la semana. Han escrito artículos halagadores sobre mi trabajo en el New York Times, The Press, Electrical Review, New York Herald, Public Opinion y Electrical Journal. El mundo me considera un genio, un profeta adelantado a su tiempo, un visionario… ¡De estar en mi pellejo no opinarían lo mismo!
A diferencia de otros colegas de profesión, siempre me ha gustado tener de mi parte a periodistas, escritores y directores de publicaciones especializadas. Los medios, siempre que les aportes titulares sustanciosos, son fáciles de encandilar. Basta con proporcionarles un poco de espectáculo para que coman de tu mano. Podía considerarme afortunado por contar con tantos hombres de letras dispuestos a defender mi causa.
En cambio, los peces gordos de Wall Street, aparte de querer recuperar su inversión lo antes posible, niegan que la corriente alterna sea más efectiva que la corriente continua. Por mucho que intente explicarles que los grandes descubrimientos precisan paciencia y tiempo, no les entra en la sesera que un proyecto científico suele tardar años en dar frutos; todos los empresarios y magnates financieros son iguales.
Aunque sea un maestro de las matemáticas, capaz de realizar complejas ecuaciones de cabeza, siempre calculo mal los plazos y los costes de mis investigaciones. No puedo negar que tener que codearme con los miembros de la alta sociedad, con los ricachones que han amasado sus fortunas explotando a los más débiles, me produce una profunda aversión. Aprecio demasiado mi libertad para venderla al mejor postor, sea cual sea la suma.
En el hotel Waldorf-Astoria se dan cita todas las luminarias económicas del momento: Rockefeller, Morgan, Harriman y los Vanderbilt. No soporto a esos capitostes podridos de dinero, con sus puros y trajes caros, que solo hablan de acciones, dividendos y beneficios. Desgraciadamente, la ciencia exige grandes sacrificios; debo relacionarme con ellos para conseguir fondos llevar adelante mis proyectos.
Esta noche tengo una cita en el Players’ Club con Mark Twain. No me apetece abandonar mi trabajo pero, finalmente, he decidido ceder a sus ruegos para disfrutar de una velada juntos. Antes de salir a la calle, reviso mi indumentaria: una levita Príncipe Alberto, un sombrero hongo, un traje de buen corte, un pañuelo de seda blanca, una camisa de cuello duro, corbata y guantes de piel de cabritilla. Me gusta pensar que soy el individuo mejor vestido de la Quinta Avenida.
Antes de abandonar el taller, hice notar a mi ayudante que, como siguiera engordando, me vería obligado a despedirlo. La gente obesa me causa un rechazo indescriptible.
Nueva York, 3 de noviembre de 1892
Acabo de sufrir una pesadilla espantosa. Resplandores azulados, fogonazos eléctricos, visiones deformes, arcos de luz, puntos verdes, líneas perpendiculares doradas… Acarreo esta maldición desde que era niño; a pesar del paso del tiempo, nada ha cambiado. Nuevamente, he soñado con la muerte de mi hermano. En mi pesadilla, cae una y otra vez por unas escaleras sumidas en la penumbra. Este sueño en particular me atormenta desde que tenía ocho años.
A veces tengo la sensación de que estuve involucrado de algún modo en el fallecimiento de Daniel. Como es lógico, cuando me encuentro en mi laboratorio, seducido por los misterios de la corriente alterna, estos pensamientos me resultan ridículos. Ahora, en la soledad de mi dormitorio, no ceso de dar vueltas a tan sombrías especulaciones.
En el exterior, la nieve cubre las calles de Manhattan y repiquetea contra las ventanas cerradas. Puede que, en un futuro próximo, gracias a la electricidad, logre controlar los elementos. El motor de inducción era la clave para conseguir aquella hazaña, que muchos daban por imposible, pero hasta que no construyera uno lo bastante potente, mi teoría jamás abandonaría el terreno de la especulación.
Un zumbido molesto y pertinaz me despertó. Frenético, encendí la lámpara situada sobre la mesa de noche. Al fondo de la habitación, oculta en la negrura, volaba una mosca. Aunque el resplandor de la luz apenas alcanzaba la puerta, la presencia del insecto me resultaba tan nítida como si el sol brillara en el firmamento. Aquella era otra maldición con la que tenía que convivir: mis sentidos estaban hiperdesarrollados, hasta límites sobrehumanos. Era capaz de escuchar la caída de un rayo a más de seiscientos kilómetros de distancia.
La imagen de mi hermano sigue ocupando mis pensamientos, por mucho que intente apartarla. Recuerdo su rostro pálido, el cabello negro y ensortijado, los miembros robustos y elegantes. Daniel siempre fue el favorito de mi padre. Puede que por ello, para suplir su ausencia, tuviera que esforzarme por ser el mejor en todo. Mis estudios de ingeniería mecánica y física demostraron que poseía un talento desconocido en mi familia; logré terminarlos con un año de antelación.
Hermano… Siempre me he preguntado si, en cierta forma, te debo todo lo que he conseguido. Tu recuerdo me impulsó a destacar, a cultivar mi mente, a creer en las ideas que forjaba en mi cerebro. Es posible que, si no hubieras muerto tan joven, hubiera sido un individuo débil y caprichoso durante toda mi vida.
Lo cierto era que tenía motivos de sobra para sentirme satisfecho. Había llegado a Estados Unidos con cuatro centavos en el bolsillo y una carta de recomendación. Solo contaba con mi disciplina y mi talento para la mecánica para abrirme paso en la tierra de las oportunidades. Pese a algunos patinazos, logré ascender en la escala social hasta convertirme en uno de los científicos más reputados del mundo. Mis conferencias despertaron la curiosidad y la admiración de miles de personas, aunque también suscitaron rivalidades y antipatías entre quienes no soportaban que hubiera alcanzado el éxito en tan poco tiempo. El mundo solo respeta a quienes triunfan; los perdedores quedan relegados al olvido. Tenía un destino que cumplir y estaba dispuesto a afrontar cualquier adversidad que surgiera en mi camino: abrir una nueva era de luz y conocimiento para el género humano.
Finalmente, me incorporé de un salto y aplasté a la mosca con un periódico. Su cadáver cayó al suelo y quedó inmóvil. Envolví el insecto en un pañuelo y lo arrojé a la basura. Sabía que el sueño tardaría en regresar. Una idea rondaba insistentemente mi cabeza: la construcción de una torre capaz de almacenar la energía necesaria para iluminar ciudades.
Metódico, empecé a diseñar los primeros bocetos de aquel titánico proyecto. Los demonios del pasado desaparecieron en un rincón remoto de mi subconsciente; volvía a estar en paz conmigo mismo. Me esperaba una larga noche de trabajo.
Nueva York, 7 de diciembre de 1892
Arquímedes siempre ha sido mi modelo a seguir. Cuando pienso que, en aquella época, sin ninguna clase de tecnología como la que tenemos en los tiempos modernos, pudo realizar semejantes descubrimientos, me quito el sombrero. Los grandes individuos adelantados a su tiempo sirven de inspiración a las generaciones venideras.
Hace meses, un reputado físico me recomendó que me centrara en un solo proyecto, que no intentara abarcar todas las ramas de la ciencia con mis investigaciones. ¡Nada me gustaría más que seguir su consejo! Las ideas se agolpan en mi mente todos los días de la semana, haciendo imposible que me dedique a un único trabajo. La ingeniería es un terreno fascinante; llena mi existencia de tal modo que nada más tiene importancia: las frivolidades sociales, mi rostro en las portadas de los diarios, compartir opiniones con otros científicos o las cenas en restaurantes de lujo… De poder prescindir de todo ello, lo haría sin vacilar un instante.
La gente nunca ha comprendido que me entregue de forma completa y absoluta a mi trabajo. Es necesario que dedique toda mi concentración, toda mi fuerza de voluntad y todo mi tiempo libre a mis investigaciones. De tener un lema que me definiera como persona, sin duda alguna sería causa y efecto. Mi desbordante imaginación siempre encuentra un camino entre las dificultades. Exijo conclusiones, hechos prácticos, construir poderosos transmisores de alta frecuencia para alterar las condiciones climáticas, estar un paso por delante de la competencia… ¿Qué otra cosa puedo hacer, excepto dedicar cada minuto de la jornada a mis ambiciosos planes? Por ello apenas me relaciono con mis semejantes; la ciencia es una amante egoísta.
Por fortuna, cuento con fondos suficientes para cubrir los gastos ocasionados por los materiales que utilizo para la bobina de transmisión sin aspas en la que llevo trabajando desde septiembre. El señor Westinghouse es mi principal benefactor; generoso y dedicado, confía en que, cuando termine este proyecto, ambos alcanzaremos la gloria económica. Nunca le agradeceré lo suficiente que confiara en mí, en las posibilidades de la corriente alterna, cuando otros inversores me cerraron la puerta en las narices.
La desleal campaña de la Edison Company, alertando al público sobre los «supuestos» peligros que entrañaba aquella forma de energía, había calado hondo en todas las esferas de la sociedad. ¿Por qué no fui consciente de sus malas intenciones desde el principio? Edison es un charlatán de la peor especie, un oportunista que se aprovecha del trabajo de sus subordinados. No tiene honor, ni principios, ni ética de ningún tipo.
Aún me duele recordar que, después de mejorar sus malditos generadores durante un año, cuando terminé mi labor con éxito, se negó a pagarme la suma que habíamos acordado, alegando que «había aprendido muy poco del humor norteamericano». Peor aún, aparte de haberse reído en mi cara, me ofreció subirme el sueldo diez dólares para «compensarme». Naturalmente, presenté mi dimisión de inmediato. Aquel maldito estafador no merecía otra cosa.
Nueva York, 29 de diciembre de 1892
Falta poco para que termine el año. Haciendo balance de mi trabajo, debo reconocer que ha salido mejor de lo que esperaba. Mis investigaciones han dado frutos positivos: la bobina de inducción, que ha ocupado todos mis esfuerzos durante los últimos meses, será capaz de alcanzar los cuatro millones de voltios. Nadie, excepto mi ayudante, está al corriente de mis progresos. Aunque solo sea un prototipo, confío en que funcione correctamente. Hasta la fecha, excluyendo unos pocos experimentos, todas las máquinas que he fabricado han resultado operativas.
Esta mañana, mientras me afeitaba, percibí que el mechón de pelo blanco que me salió a principios de febrero había desaparecido. Más tarde, mientras un carruaje me llevaba al laboratorio, comprendí que había superado la muerte de mi madre. El mechón, junto con una crisis de amnesia, fueron los primeros síntomas de que algo no iba bien. Me temo que nunca sabré cómo pude intuir que se encontraba enferma. Por ello, aunque me costó horrores abandonar el taller, partí hacia Europa en cuanto me fue posible.
Mi conferencia ante los miembros de la Institution of Electrical Engineers de Londres fue un éxito absoluto. Como pude comprobar, los británicos demostraban una mentalidad mucho más abierta que mis compatriotas norteamericanos. Al día siguiente me dirigí a París, donde pronuncié dos nuevos coloquios ante los miembros de la Société Internationale des Électriciens y la Société Française de Physique; la visión de mis lámparas electrónicas dejó a los franceses con la boca abierta.
Entonces, en el Hôtel de la Paix, reviví en mis propias carnes el sueño que me había arrastrado hasta el Viejo Continente: un mensajero me entregó un telegrama anunciándome que a mi madre le quedaba poco tiempo de vida. De inmediato, pese al cansancio que apenas me permitía mantenerme en pie, tomé un tren hacia Croacia. Tuve suerte: aquella tarde pasé unas horas a su lado antes de que expirara.
Por la noche tuve visiones: rostros angelicales, nubes resplandecientes, música celestial… Al abrir los ojos, supe con absoluta certeza que había muerto; la intuición resultó acertada.
Mientras atravieso la puerta de la nave, recuerdo con ternura que mi madre tenía un talento excepcional para la invención. Lástima que, por las circunstancias de la época, su entorno y la educación que recibió, no pudiera desarrollar plenamente sus aptitudes. De haber nacido lejos de Europa, en una ciudad como Nueva York, la gloria y la fortuna habrían llamado a su puerta. Por desgracia, sus responsabilidades familiares la obligaron a ser esposa y madre, como tantas otras mujeres. La vida suele reservar un destino cruel a muchas personas dotadas de un talento extraordinario. Interiormente, volví a prometerme que, a través de mis descubrimientos, haría justicia a su memoria.
Nueva York, 8 de enero de 1893
La electricidad es la clave de todos los progresos. Imagino un mundo futuro en el que la corriente alterna circule gratuitamente hacia todos los hogares sin cables engorrosos que le impongan ataduras. Imagino terrenos desiertos bañados por la lluvia gracias a transmisores de frecuencia amplificada capaces de alterar las condiciones meteorológicas. Imagino lámparas fluorescentes que permitan analizar el interior del cuerpo humano con absoluta precisión. Imagino comunicaciones inalámbricas que lleguen a cualquier lugar del planeta. Imagino «autómatas mecánicos» que ejecuten los trabajos tediosos que el ser humano está obligado a realizar.
Tengo la esperanza de cumplir mis sueños en poco tiempo. Exijo resultados positivos cuanto antes. Me resulta imposible creer que, por una simple casualidad, cualquiera de mis experimentos funcione. Siempre he pensado que el éxito se basa en un noventa por ciento de trabajo duro y un diez por ciento de inspiración. Las matemáticas son incuestionables; en el mundo de la ciencia solo existe el rigor.
Por ello procuro apartar de mi vida todo aquello que resulte ajeno a mis proyectos. Perder el tiempo con trivialidades me resulta aborrecible. ¿Quién necesita casarse o formar una familia para ser feliz? La sola idea de tocar el cabello de una mujer me repele. Puede que por ello los individuos que han aportado grandes descubrimientos al mundo estén casados con su trabajo.
Me encuentro tan agotado… Paso de la euforia a la tristeza con una velocidad de vértigo. Me obligo a alimentarme casi a diario. Veinticuatro horas no resultan suficientes para mis ambiciones. Para que el día me resultara rentable necesitaría, como mínimo, treinta y seis horas. ¡Cuando pienso en todo lo que podría haber hecho mientras dormía, me dan ganas de arrancarme el bigote! Por desgracia, el cuerpo humano es una herramienta que necesita cobijo y descanso. La mente, en cambio, desde que deja de utilizarse, se pudre como los alimentos expuestos a la intemperie. Por ello siempre estoy inmerso en profundas especulaciones científicas; deseo conservar la prodigiosa memoria que me caracteriza.
La bobina polifásica avanza a buen ritmo. De hecho, si mis planes salen según lo previsto, a principios de febrero podré probarla. Esa idea hace que redoble mis esfuerzos con todo el ahínco que aún me queda. Ardo en deseos de pasar de la teoría a la práctica.
Anoche soñé que lograba encender una batería de luces fluorescentes sin utilizar cables de ninguna clase. Cuando desperté, me sentía tan feliz como si lo hubiera conseguido de verdad. Al llegar al laboratorio, mis ilusiones se hicieron añicos; el condensador continuaba a medio terminar. El tamaño del motor me había obligado a modificar las dimensiones originales hasta alcanzar los nueve metros de largo, seis de ancho y tres de altura. Nunca había construido un aparato tan descomunal; el temor y el orgullo se dan la mano en mi interior de una forma turbadora.
Nueva York, 30 de enero de 1893
Son las cuatro de la madrugada pasadas. La negrura cubre la ciudad con su manto; prefiero evitar que los vecinos vuelvan a quejarse a la policía por los fogonazos que escapan de las bobinas. Esta prueba es demasiado importante; por ello he de hacerla solo. Czito sería un estorbo de encontrarse presente.
Cauteloso, me he tapado los oídos con algodón y calzo zapatos con suelas de corcho. En un extremo de la nave descansa un generador de alta frecuencia. He aislado las piezas polares del equipo con trapos impregnados de aceite; los conductores trenzados reducirán la resistencia de las bobinas. La separación entre los conductores y su correcto aislamiento evitarán cualquier interrupción en el suministro de energía. El motor principal es una dinamo monocilíndrica, impulsada por aire comprimido.
En el centro del laboratorio, sobre una plataforma de madera, he colocado una veintena de tubos fluorescentes y lámparas de lenteja de carbono. He calculado la distancia entre el transmisor —el condensador polifásico— y el receptor —los tubos, sin ningún tipo de cableado—: cincuenta metros exactos. Lleno de impaciencia, confirmo que todo esté en orden; diez mil voltiamperios exigen el máximo respeto. Si el experimento fracasa, podría prender fuego al edificio y reducirlo a un montón de escombros humeantes.
Al encender el generador, un potente zumbido recorrió el laboratorio de un extremo a otro. Las oscilaciones creadas por la bobina de inducción llenaron el aire de electricidad estática. Los muebles, aparatos e instrumentos empezaron a temblar, amenazando con salir despedidos por los aires. Fríamente, aumenté la potencia del condensador. El velocímetro temblaba. Un chispazo escapó del motor y chocó contra una columna, ennegreciendo la superficie de hormigón. Las placas cargadas con gran voltaje se pusieron al rojo vivo. El estruendo del generador se hizo tan intenso que me obligó a morderme los labios; tenía la espeluznante sensación de que un martillo me golpeaba el cráneo.
Estuve a punto de desplomarme de bruces; el suelo oscilaba como si un terremoto invisible sacudiera el taller. El techo crujió sonoramente y pedazos de cemento cayeron por todas partes. Para mi consternación, las lámparas continuaban apagadas. Iracundo, ignoré la hecatombe que reinaba a mi alrededor. ¿Por qué demonios no se encendían? ¿Dónde estaba el problema? ¿Qué había pasado por alto?
La densidad eléctrica convirtió el aire en una masa irrespirable. Lentamente, sin que fuera consciente de ello, una sensación de temor empezó a encogerme el estómago. Había desatado fuerzas que escapaban a mi control. Los minutos pasaron con una lentitud aplastante. Tenía la boca seca, los nervios de punta y los ojos enrojecidos. La fuerza electromotriz era tan intensa que hacía flotar el condensador, la maquinaria y la batería de lámparas ultravioletas a unos veinte centímetros del suelo. Las paredes, el techo y las columnas se agrietaban cada vez más. Un sonido ensordecedor me obligó a lanzar un grito de pánico: los tubos habían explotado en un millar de fragmentos iridiscentes.
«¡Apágalo!», pensé al borde de la locura. «¡O la nave se vendrá abajo!»
Antes de tener tiempo de poner aquella idea en práctica, un poderoso haz de luz escapó del generador y atravesó el techo del laboratorio. La descarga de cuatro millones de voltios estuvo a punto de achicharrarme las pestañas. El impacto me arrojó de espaldas, haciéndome derribar una mesa. Un pedazo de roca cayó en el lugar donde había estado apenas unos segundos antes.
Lastimado, a través del agujero del techo alcancé a contemplar cómo las nubes se arremolinaban en la bóveda celeste, formando un vórtice relampagueante. Rayos azules, dorados y púrpuras inundaron el cielo, iluminando la noche. El firmamento pareció arder, estremeciéndose de forma apocalíptica, rebelándose contra la energía que lo había atacado. Sin previo aviso, las nubes vomitaron una espesa cortina de lluvia sobre la Quinta Avenida.
Temeroso, con las piernas temblando, me incorporé a duras penas. Tenía la impresión de que me habían estallado los tímpanos. El chaparrón limpió las lágrimas de alivio que descendían por mi rostro. Contra todo pronóstico, la intensidad de la corriente destruyó el generador. De no haber sido así, habría muerto.
Nueva York, 6 de febrero de 1893
Las obras de reconstrucción del taller han finalizado. Por suerte, nadie estaba al tanto de lo que había sucedido en realidad. A la mañana siguiente del desastre, mi ayudante se quedó de piedra al llegar a la nave. Después de quince minutos de explicaciones, logré convencerlo de que guardara silencio al respecto. Evité darle demasiados detalles sobre lo ocurrido. Estaba profundamente avergonzado de mí mismo; perder el control de un experimento es lo peor que puede pasarle a cualquier científico.
He permanecido en el edificio durante toda la semana. La noticia sigue lejos de la prensa; una generosa suma bastó para comprar la discreción de los obreros respecto al incidente. Esperaba que ninguno se fuera de la lengua; mi carrera podría verse seriamente comprometida.
Las quemaduras producidas por el accidente sanan bien. Un médico del mercado negro me había recetado un ungüento de origen incierto que debía aplicarme seis veces al día sobre las lesiones. El número me pareció correcto: me fascinan los múltiplos de tres. Las ampollas apenas son visibles; tengo la esperanza de que no dejen cicatrices.
Mi secretaria ha dejado una nota de Katharine sobre la mesa de mi despacho:
¿Dónde ha estado metido desde el año pasado? Me aburro profundamente sin usted. Esta noche organizaremos una pequeña cena en casa. Nada ostentoso; unos amigos vendrán a hacernos compañía. ¿Por qué no abandona sus deberes y nos hace una visita? Sabe perfectamente que siempre tendrá un lugar reservado en nuestros pensamientos y corazones. La velada comenzará a las nueve de la noche. Espero que pueda honrarnos con su presencia.
Al levantar la mirada del papel, la visión del generador carbonizado me obliga a olvidar cualquier consideración social. Por muchas veces que reflexione sobre ello, soy incapaz de averiguar qué fue lo que hice mal. Teóricamente, todo estaba bajo control; había calculado hasta los más ínfimos detalles. Me equivocaba: la energía electromotriz del aparato había estado cerca de destruirme. Al igual que Ícaro, había volado demasiado alto y el sol se había encargado de devolverme a la tierra de la peor manera posible.
Apartando a un lado cualquier muestra de desánimo, tomé mis herramientas y empecé a reconstruir el aparato. Recrearme en el fracaso carecía de sentido; solo encontrar una respuesta me devolvería la tranquilidad. El trabajo duro lo es todo; en el mundo de la ciencia solo cuentan el esfuerzo y la perseverancia. Objetivos, disciplina, pasión, lucha constante; esas son mis palabras favoritas. Un tropiezo solo reforzaría mi determinación de construir un transmisor de frecuencia amplificada capaz de encender las luces de Nueva York sin necesidad de cables.
Preocupado, llego a la conclusión de que estas anotaciones podrían delatarme como un estúpido ante las generaciones venideras. Tomo nota mental de destruirlas lo antes posible. La grandeza no es compatible con el fracaso. Soy un triunfador, siempre lo he sido; mi nombre quedará grabado con letras gigantes en la posteridad. Podía verlo con absoluta nitidez:
«Nikola Tesla: padre de la tecnología moderna».

