Pulso del Núcleo
Historias de fantasía

Crónicas del Núcleo I

Un relato de WW. y Eidon. Descubre la grieta en la perfección de Atlántida y la estrategia para vencerla. Web Oficial: www.soulware.live
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Autor Felip Granados
Fecha 29 de enero, 2026
Tiempo 17 Minutos

Crónicas del Núcleo: Fuego, Balanza y el Aguijón (Autor Invitado: WW.)

Saludos, viajeros. Tengo el placer de abrir las puertas del Taller a WW. creador del vasto universo de Pulso del Núcleo.

Lo que vais a leer a continuación son los cimientos ese universo. A través de dos piezas magistrales, “Fuego y Balanza” y “El Aguijón”, nos adentramos en la memoria de un mundo que se divide entre la perfección temible de la Atlántida y la resistencia inquebrantable de Aktaia.

No voy a comentar mucho más para no hacer ningún tipo de spoiler. Así pues, simplemente añadiré unos enlaces y una pequeña biografía del autor.

Espero que os guste.


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Este enlace no tiene afiliados ni comisiones. Lo comparto por puro amor al arte (literalmente) y porque creo sinceramente creo que merece la pena descubrir nuevos talentos. Aquí no os vendo nada 🙂

BIO DE AUTOR

WW. es escritor, traductor y editor, con una trayectoria construida entre países y disciplinas. Ha vivido en distintos puntos de España y también en Estados Unidos, México, Ecuador y Panamá, una experiencia que atraviesa su mirada narrativa: atención al matiz cultural, oído para la voz humana y una preferencia clara por lo sobrio y lo verdadero.

Cuenta con 8 años de experiencia en el sector editorial, donde ha trabajado en traducción, escritura y maquetación de libros, además de impartir cursos y talleres de Escritura Creativa. A esto se suman 10 años de experiencia como profesor de inglés y traductor, y una faceta activa como empresario, combinando creación, estrategia y oficio.

Pulso del Núcleo nació hace 13 años y su documentación se apoya en un trabajo amplio y sostenido: estudio de arqueología, estudio de Platón, lectura de numerosas obras de referencia y viajes a Israel y Turquía con el propósito de ampliar esa base documental. Es el autor de Pulso del Núcleo · Parte I: Núcleo Eterno, inicio de una trilogía épica de tono oscuro y realista.


Crónicas del Núcleo I

WW. & EIDON

Fuego y Balanza

No era una calma frágil ni fingida. Era la calma de lo trabajado sin alarde… y de lo que conviene no nombrar. Los huertos guardaban un orden sobrio; las acequias corrían limpias; y el humo de las cabañas subía recto, sin prisa, como si el aire supiera que aquella noche no admitía sobresaltos.
Aun así, algo en Taziet —mínimo, casi fisiológico— parecía sostener la respiración.
Morgano la vio llegar antes que nadie. No porque vigilara —había dejado eso atrás—, sino porque ciertas presencias cambian el pulso del lugar antes de entrar. Un leve peso en el pecho. Una luz que se ajusta. Un silencio que se vuelve más exacto.
Eloísa cruzó el umbral y dejó el manto. No traía polvo de camino; traía otro cansancio.
—Has vuelto sola —dijo Morgano.
Ella alzó apenas la vista, con una sonrisa mínima, casi doméstica.
—Nadie me ha seguido.
No hubo preguntas. En Taziet, aquella certeza bastaba.
El fuego ya estaba encendido. Eloísa sacó pan, raíces y carne conservada, y lo dispuso todo sin ceremonia. Cocinó con atención plena, como si el gesto respetara aquello que aún no debía decirse.
El cuchillo sonó. El caldo respiró.
El fuego, testigo antiguo, pareció escuchar.
—Taziet crece bien —dijo ella, removiendo con calma—.
—Crece porque no compite —respondió Morgano—. Y porque nadie pretende gobernarlo desde arriba.
Eloísa asintió. Se entendían sin esfuerzo, como si compartieran una misma forma de leer los silencios: no para llenarlos, sino para saber cuándo conviene dejarlos intactos.
Se sentaron frente al fuego. Afuera, la noche se cerraba con suavidad. En esa suavidad había algo engañoso: la quietud que precede a ciertas decisiones irrevocables.
—Daegal está en Leyel —dijo ella al fin.
Morgano no necesitó fruncir el ceño para recordar lo que ya sabía. Lo que no sabía era por qué Eloísa se había ido… ni qué había visto fuera como para volver con ese cansancio que no era de camino.
—En la boca del lobo. Quise acompañarlo; insistió en viajar solo.
Eloísa sostuvo su mirada un instante.
—Este lugar es esencial —dijo, suave y directa—. Vuestra presencia en Taziet es rigor necesitado. No por gobierno; por dirección. Yo me fui por lo que Leyel está moviendo. El mundo ya avanza en otra forma.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue preparatorio. De los que ordenan el aire antes de que algo caiga… o antes de que alguien lo suelte.
Eloísa sirvió la comida. El aroma era cálido, denso, casi excesivamente hogareño para lo que estaba a punto de decirse. En un mundo áspero, aquel caldo olía a refugio. A algo que uno podría amar… y por eso mismo perder.
—Necesitáis saber quién es —continuó—. No como hombre. No como guerrero.
Levantó la vista hacia Morgano—.
—Necesitáis saber de dónde viene lo que carga.
Morgano sostuvo su mirada. No había prisa en él. Tampoco concesión.
—Siempre supe que no era solo experiencia —dijo—. Hay guerras que no dejan ese tipo de huella.
Eloísa dejó el cucharón un instante. No miró al fuego. Miró a Morgano, midiendo cuánto debía ser dicho… y cuánto, por el bien del mundo, debía permanecer en penumbra.
—Atlántida —pronunció.
La palabra no tuvo eco.
No lo necesitaba.
El aire cambió. Apenas. Como cambia la estancia cuando alguien nombra una verdad que nunca debió circular en voz alta.
—No fue un reino —prosiguió—. Ni siquiera un imperio, como después se contó para tranquilizar conciencias.
Hizo una pausa exacta.
—Fue un sistema completo, concebido para no depender de nadie.
Y por ello… incapaz de depender de nadie.
Morgano se inclinó ligeramente hacia delante.
—Habladme de su guerra.
Eloísa lo miró con atención. Aquella pregunta no la incomodaba. La reconocía.
—No guerreaban para conquistar —dijo—.
—Guerreaban para ajustar el mundo.
Para mantener flujos. Rutas. Producción. Equilibrios.
Como si la vida fuera un entramado de canales… y la sangre, una cifra más.
Se levantó y añadió leña al fuego. La madera crujió al asentarse; el resplandor iluminó las paredes con una luz antigua, casi geológica. Y por un instante, la cabaña pareció demasiado pequeña para lo que estaba entrando en ella.
—Tenían nueve reyes —continuó—. No por linaje, sino por función. Los más sabios. Los más aptos. Los más fuertes.
Uno tenía los graneros: la garganta del imperio.
Otro el metal: sus dientes.
Otro las rutas marítimas: sus arterias.
Otro la formación: su memoria.
Otro la expansión: su hambre.
Otro el castigo: su ley.
Los demás no gobernaban cosas: tejían las costuras.
Hacían que nada chocara. Que ninguna cifra mintiera. Que ningún hombre creyera tener margen.
Morgano cerró los ojos un instante, como quien contempla un mapa completo por primera vez… y comprende su tamaño real.
—Un ejército sin centro —murmuró.
—Un centro sin rostro —corrigió Eloísa—.
—Y por ello imposible de odiar. Imposible de doblegar.
Lo peor que puede ocurrir en una guerra es no saber a quién culpar.
Y lo mejor —para quien manda— es que su máquina de guerra sea una criatura perfecta: que no tiemble, que no lamente la herida, que la absorba. Que se adapte. Que mute. Que ejecute.
Guardaron silencio. Afuera, Taziet seguía siendo Taziet: madera, tierra, huertos, respiraciones humanas. Pero dentro de la cabaña ya se alzaban anillos concéntricos, arsenales, rutas continentales, depósitos y flujos que atravesaban el mundo como nervios.
—Sus ejércitos no marchaban —dijo ella—. Avanzaban.
Cada unidad sabía cuánto resistir, cuándo caer, cuándo ceder terreno para que otra línea se cerrara detrás.
La derrota no era un error. Era una herramienta.
—Como una marea —dijo Morgano.
Eloísa asintió apenas.
—Como algo que no necesita odio para destruir.
Eso es lo verdaderamente peligroso: cuando la aniquilación se ejerce por doctrina y eficiencia… no por rabia.
—La rabia se agota. La doctrina, no.
Comieron despacio. El cuerpo reclamaba su parte, aunque la mente ya hubiera cruzado un umbral del que no hay retorno.
—Daegal fue formado allí —añadió ella—. No para mandar hombres. Para leer sistemas.
Para reconocer el instante exacto en que una guerra ya ha terminado… aunque aún no haya comenzado.
Morgano sostuvo el silencio un instante, como si pesara la pieza que faltaba.
—Y Daegal… —murmuró—. ¿Qué hizo con todo eso?
Eloísa no apartó la mirada. En ella no había orgullo ni épica: solo la serenidad de quien habla de algo inevitable.
—Lo peor, Morgano —dijo—, es que Daegal no nació para pensar en grande.
—Lo hicieron. Desde niño.
Probó el caldo, como si necesitara anclar el presente antes de abrir el pasado.
—Le enseñaron a cargar peso más allá de lo razonable. A marchar sin ritmo propio. A dominar el miedo sin anularlo.
—Le enseñaron a ser élite sin preguntarse por qué.
Pausa.
—Y entonces ascendió. Aprendió el mapa entero. Los flujos, los relevos, los tiempos, las cifras.
Aprendió a ver el imperio como lo veían ellos: perfecto.
Morgano frunció apenas el ceño.
—Pero no lo era —dijo.
Eloísa negó despacio.
—No. Era terriblemente eficiente. Y esa fue la enfermedad.
Las brasas respiraron.
—Cuando un sistema se vuelve perfecto —prosiguió—, deja de corregirse.
Ya no escucha. Ya no duda.
Sustituye el juicio por el procedimiento.
Y, llegado un punto, empieza a confundir orden con verdad.
Morgano guardó silencio. Lo estaba viendo.
—Daegal lo vio —dijo Eloísa, con una suavidad firme—. No como comandante, sino como artesano del combate.
Como alguien que ha pasado años en la línea: leyendo el temblor de un brazo, el hambre de un hombre, la fatiga de una columna entera… y las mentiras que empiezan en el campamento mucho antes que en el trono.
Vio que el imperio no fallaba por falta de fuerza…
sino por exceso de seguridad.
Se inclinó apenas hacia Morgano.
—Vio el error grave: estaban construyendo un mundo que ya no necesitaba conciencia.
Solo obediencia.
Y un mundo así… no se sostiene.
Se impone.
Y lo que se impone termina rompiéndose, aunque tarde.
Morgano alzó la vista.
—¿Y qué hizo con esa verdad?
Eloísa no dudó. Sus ojos, claros, no prometían consuelo.
—Tomó decisiones —dijo—. Decisiones que ningún hombre toma sin perder algo.
Porque una vez has visto la grieta en el corazón de una máquina… ya no puedes volver a creer en ella.
Se hizo un silencio limpio, duro.
—¿Y vos? —preguntó al fin Morgano—. ¿Qué lugar ocupáis en todo esto?
Eloísa alzó la vista. El fuego se reflejó en sus ojos con una profundidad difícil de sostener. No había orgullo en ella. Ni promesa. Solo una paciencia antigua… y una tristeza sin urgencia.
—Yo no juego —respondió—. Acompaño.
No dijo más. Y, sin embargo, algo en la estancia pareció asentarse, como si esa sola palabra hubiese colocado un peso invisible sobre el mundo.
Morgano asintió. Le bastaba.
—Entonces, cuando llegue el momento…
Eloísa dejó el cuenco vacío sobre la mesa. El gesto fue suave. Decisivo.
—Sabréis dónde colocaros —terminó por él—. Eso es todo lo que importa.
El fuego descendía. Las sombras se alargaban. Taziet dormía, ajeno a lo que acababa de ser desenterrado en una cabaña humilde.
Eloísa se quedó un instante mirando las brasas, como si escuchara algo más allá de la madera y el humo. Luego habló, casi como un recuerdo que se le escapa a la boca sin querer.
—No me tendréis mucho tiempo aquí —dijo—.
No explicó por qué. No hacía falta.
—Hay caminos que vuelven a llamarme.
Morgano no preguntó. Se limitó a asentir, con esa calma de quien acepta que ciertos pasos no le pertenecen.

Y allí, sin testigos ni juramentos, Atlántida fue dicha —no como mito, sino como advertencia— para que el mundo, llegado el día, supiera reconocer la perfección… y tuviera el valor de no arrodillarse ante ella.
Porque hay verdades que, una vez comprendidas, ya no permiten vivir igual.
Y eso —Eloísa lo sabía— era, precisamente, el principio.


El Aguijón

El entrenamiento terminó al caer la noche.
Kilian permaneció un momento de pie, sin moverse, con la respiración contenida como si aún esperara otra orden. Tenía el sudor enfriándosele sobre la nuca y un temblor fino en los brazos que no era debilidad, sino exceso de uso. Había comido poco. Había dormido menos. Y, aun así, cada día se sentía más fuerte: no por orgullo, sino por esa transformación callada que solo llega cuando el cuerpo deja de negociar.
El método aktaio no buscaba quebrarlo de golpe. Lo hacía por capa. Marchas con carga desigual. Combates encadenados. Repeticiones obstinadas de lo básico hasta que el gesto se volvía verdad. No había adorno. No había floritura. Solo resistencia, adaptación y una forma de orden que se ganaba con sangre seca y disciplina.
Alexio lo observaba desde la línea de tiendas. El capitán no celebraba a los hombres que terminaban; medía a los hombres que volvían a empezar.
—Has aguantado —dijo al fin, acercándose.
Kilian asintió. No tenía aliento para frase larga.
—Aktaia no forma guerreros para lucir —continuó Alexio—.
—Los forma para seguir.
Le indicó que se sentara. Kilian lo hizo con lentitud, sintiendo el peso en las rodillas, el latido en las sienes, el sabor metálico del esfuerzo.
—¿Qué quieres? —preguntó Alexio.
Kilian tardó un instante.
—He oído hablar de los atlantes —dijo—.
—Quiero saber qué era un soldado de los suyos.
Alexio lo miró sin prisa. No era desaprobación; era cálculo.
—Eso no es curiosidad —respondió—.
—Es que tu instinto ya ha olido la guerra.
Kilian sostuvo la mirada.
—Dígame.
Alexio se sentó frente a él. A su alrededor, el campamento respiraba: algún resoplido de caballo, el chasquido de una hoguera, voces bajas en tiendas lejanas. La paz de un ejército que duerme con un ojo abierto.
—Desde niños se les enseñaba a cargar peso más allá de lo razonable —empezó Alexio—.
—No para fortalecer el cuerpo… sino para romper el instinto de protección.
Hizo una pausa breve, como si recordara algo que no le convenía recordar demasiado.
—Aprendían a marchar heridos sin modificar el ritmo. A luchar sin elevar la respiración. A caer sin ruido.
Kilian frunció el ceño.
—¿Sin ruido?
—El ruido es información —dijo Alexio—.
—Y la información no siempre conviene regalarla.
Dejó que esa idea se asentara.
—Un soldado aktaio se entrena para resistir. Para adaptarse. Para decidir en el caos —continuó—. Un soldado atlante se entrenaba para no generar caos… o, si llegaba a aparecer, controlarlo.
—¿Cómo luchaban?
Alexio negó despacio.
—Esa no es la pregunta correcta. La pregunta es cómo pensaban.
Señaló el campo de entrenamiento.
Kilian sintió un escalofrío que no venía del frío.
—No combatían para vencer al hombre que tenían delante —dijo Alexio—.
—Combatían para alterar la forma del combate.
Sabían cuándo morir. Cuándo retroceder. Cuándo dejar un hueco para que el enemigo avanzara… y se perdiera.
Kilian bajó la vista un instante, como si viera ese hueco abrirse bajo sus pies.
—¿Y el miedo? —preguntó.
Alexio negó con la cabeza.
—No se les enseñaba a no sentirlo.
—Se les enseñaba a dominarlo. Desde niños.
El silencio cayó con peso.
—Entonces… eran superiores —murmuró Kilian.
Alexio no discutió.
—En casi todo —dijo—. Mejor alimento. Mejor metal. Mejor doctrina. Más fuertes. Más rápidos. El ejército, una bestia perfecta, sin fisuras. Un sistema tan completo que un hombre podía morir sin que el conjunto perdiera el paso. Sus barcos… eso es para otro día.
Kilian apretó los dientes.
—¿Y cómo los detuvimos?
Alexio lo miró largo.
—Porque Aktaia tenía algo que ellos no podían fabricar.
Kilian esperó. No quería una palabra bonita. Quería la verdad.
—El aguijón.
Kilian frunció el ceño.
—No hablo de rabia —añadió Alexio, anticipándose—. Ni de empuje ciego.
Se inclinó ligeramente hacia delante, voz baja, de campamento, de capitán que enseña sin teatralidad:
—Hablo de saber dónde y cuándo clavar.
Señaló el campo de entrenamiento, las marcas en el suelo, los postes, las líneas de marcha.
—El atlante te ahoga con método y músculo —dijo—. Te cercena opciones. Te reduce. Te convierte en una pieza previsible. Cada soldado es una herramienta, una extensión de un sistema óptimo. El aktaio aprende a mirar el sistema… y a buscarle una costura. Una sola.
Kilian tragó saliva.
—Eso es lo que entrenamos aquí —continuó Alexio—. No solo aguantar. Sino reconocer el instante en que el enemigo, por perfecto que sea, tiene que respirar. Todo ejército es un organismo vivo.
Hizo una pausa breve.
—En esa guerra —dijo— hubo altos mandos atlantes que dudaron. No porque temieran perder. Sino porque por primera vez encontraron hombres que no peleaban para sobrevivir, sino para arruinarles el plan.
Kilian alzó la vista.
—¿Quiénes?
Alexio no respondió de inmediato. Miró hacia la oscuridad del campamento como si allí hubiera un mapa invisible.
—Varios. Yo conocí a uno. Un comandante… Telamón —dijo al fin, como quien deja caer una piedra en un pozo—. Un Telamón era un atlante que renegaba de la doctrina nueva y se mantenía fiel a la antigua, la de la Vieja Guardia; los del Nuevo Orden, en cambio, se llamaban Cariátides: más belicosos, más puros en su fe de hierro. Esa división fue la grieta que acabó resquebrajándolo.
—El comandante Telamón entendió que Aktaia no era mejor que Atlántida…
Pero sí era capaz de hacer algo que un sistema perfecto no contempla: morder el punto exacto donde duele.
Kilian respiró hondo. Notó que, bajo el agotamiento, había algo nuevo: una claridad fría.
—Por eso el entrenamiento es así —dijo.
Alexio asintió.
—Para que no admiremos la perfección. Para que no la imitemos. Sino que, cuando la tengamos delante, sepamos verla como lo que es: un animal enorme… con una vena expuesta.
Se levantó.
—Duerme —ordenó—.
—Mañana volvemos a empezar.
Alexio se alejó entre las tiendas.
Kilian se quedó sentado, escuchando el campamento. El cansancio seguía ahí, profundo, honesto. Pero también la certeza de que algo se había colocado dentro de él, como una pieza que encaja.
Aktaia no prometía ser imbatible.
Prometía que, llegado el día,
cuando el mundo se echara encima con método supremo y ejecución implacable,
sabría esperar el latido correcto…
y clavar, sin temblar,
el aguijón.

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