Aquella oscuridad constante impregnaba el ambiente con una extraña mezcla de tristeza e intranquilidad. Aun así, en la plaza central, la fuente ofrecía un remanso de paz. Su agua, pura y cristalina, danzaba en un espectáculo de formas caprichosas y sinuosas, iluminada por la tenue luz de los farolillos mágicos.
Más arriba, el cielo, que una vez estuvo salpicado de un sinfín de estrellas titilantes, ahora yacía sumido en un vacío oscuro y profundo, un telón de terciopelo negro desprovisto de su joyería estelar.
Pero incluso bajo tal opresión, la ciudad de Urt continuaba siendo transitada por sus habitantes, emanando un sentimiento de disciplina y tesón. Los urtenses eran gente muy diversa, pero compartían un firme rasgo común: su inquebrantable entereza.
Frente a la fuente, erigiéndose con una majestuosidad que cortaba la respiración, se alzaba el castillo real, corazón pulsante de la ciudadela y trono de la reina Jenna. Ese bastión, situado en el núcleo de la urbe, era un símbolo de estabilidad y soberanía.
Alrededor de la ciudad, como guardianes de un reino encantado, las Torres Esmeralda capturaban el interés de todo aquel que alzara la mirada. Seis torres en total, esparcidas con precisión milimétrica, formaban la periferia hexagonal de Urt. Su arquitectura, de un verde profundo y ligeramente luminoso, parecía desafiar a la oscuridad circundante.
Hacía alrededor de una semana que esa sombra los había alcanzado. Se había cernido sobre la ciudad, envolviendo su periferia en un manto de una oscuridad impenetrable. No obstante, el poder ancestral de Alhum, emanado desde las Torres Esmeralda, ofrecía refugio y seguridad a sus habitantes. Desde las cúspides de las torres se erigía un escudo mágico que envolvía la ciudadela en su totalidad y mantenía la oscuridad en el exterior, formando una burbuja prácticamente transparente, semejante a una pompa de jabón gigantesca.
En las imponentes murallas, cientos de arqueros formaban como vigías inquebrantables ante la amenaza exterior. En las calles, multitud de soldados recorrían el empedrado, envueltos en un estado de alerta. Pese a eso, la atmósfera que se respiraba era de una solemnidad inquebrantable.
Los habitantes de Urt, aun atenazados por el temor ante las causas desconocidas de aquella creciente oscuridad, mantenían una convicción férrea en su soberana. No cesaban en sus labores, aferrándose con fervor a la defensa de su querida región.
El amor de los corazones urtenses por su tierra era el aliento que insuflaba vida a la ciudad. Acostumbrados a los misterios de la noche, los urtenses no solo sobrevivían, sino que prosperaban ante la adversidad, mostrando una resiliencia digna de admiración.
Aquellos que pasaban cerca del castillo observaban con curiosidad las poderosas paredes exteriores, conocedores de que, en ese preciso instante, un evento de suma importancia acontecía en el interior del palacio. Una reunión había sido convocada, congregando a los seis grandes hechiceros, señores de las seis torres Esmeralda, junto al jefe de los guerreros Zertham, sir Artur Stalfield, y la ilustre Jenna Savich, gran señora de Selenia y gobernante suprema de Urt.
* * *
El espacio estaba dominado por una gran mesa octogonal, testigo mudo de la ardua deliberación que allí tenía lugar. Jenna, con su presencia imponente, ocupaba el lugar de honor en el borde superior, mientras que el capitán del ejército de Urt se encontraba en el extremo opuesto. A su izquierda y derecha, dispuestos equitativamente, se sentaban los señores hechiceros, custodios de la sabiduría ancestral del reino.
—No tenemos noticias del resto del continente. Insisto en la gravedad de esta situación y respaldo firmemente la decisión de la cámara de hechicería: debemos utilizar el orbe de los antepasados —propuso Árgam con un énfasis que resonó con fuerza en el gran salón.
—Todos somos conscientes del riesgo que implica eso, sabemos lo que podría ocurrir al desviar nuestro foco de poder hacia el orbe —respondió Artur con una voz tranquila y serena.
Artur era un hombre de mediana edad, con una impresionante estatura y una robusta constitución. Su seriedad se veía reforzada por la inteligencia y la profundidad que brillaban en su mirada. Un bigote frondoso y meticulosamente cuidado enmarcaba su rostro, el cual añadía un toque de dignidad a su ya de por sí imponente figura. Vestía una armadura ligera de malla, sobre la cual colgaba una capa oscura. De su cintura pendía una espada enfundada, cuya empuñadura tintineaba contra las mallas con cada uno de sus movimientos.
—¿Y si esa oscuridad quebrase nuestro escudo al desviar la energía hacia el orbe? —añadió.
—¡Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados! —contestó Árgam—. Nuestro pueblo lleva ya una semana sitiado por esa negra bruma, hija del mal. ¿Quién sabe cuánto más aguantaremos?
Jenna prestaba atención a las palabras de sus consejeros, envuelta en la serenidad que la caracterizaba. Era una mujer bella de oscura cabellera y blanca piel. Su prudencia y sabiduría le eran reconocidas a lo largo del continente. Vestía un atuendo de blancura inmaculada, adornado con delicados ribetes en su parte superior. Aunque su apariencia sugería la frescura de la juventud, su mirada, dos joyas de color miel, reflejaba una profundidad que solo los años podían otorgar. Esa mezcla de gracia y experiencia le confería una gran hermosura y una autoridad indiscutible.
—¿Qué necesitaríamos para reforzar nuestras defensas? —intervino Jenna con aire preocupado.
Tras una breve pausa, Artur contestó a su soberana.
—No hay seguridad alguna tras lo desconocido, mi reina. Tenemos soldados apostados en las almenas y en las entradas de la ciudad. El gremio de herreros y armeros trabaja a destajo con las nuevas ballestas de sitio; en breve las tendremos frente a cada portón. Quizá sería buena idea contar con barriles de brea en cada entrada, aunque los constructores la guardan celosamente.
Jenna realizó un gesto con la mano en dirección a uno de los hombres apostados junto a la puerta. Con respeto, el guardia se aproximó y se inclinó ligeramente para escucharla mejor. Con delicadeza, ella le dio una serie de instrucciones, y enseguida el guardia se retiró de la estancia.
—El gremio de constructores os cederá un barril de brea por entrada, y dos por torre. La seguridad es prioritaria ahora mismo.
—Gracias, mi señora. Sin duda, la prudencia es algo de lo que no podemos desprendernos ahora mismo. Y sobre el uso del orbe… —Artur hizo una breve pausa, pensativo—. Cada vez más gente cree que algo se oculta tras esa oscuridad. Si resulta que esas sombras están vivas, podrían penetrar a través del escudo si redujéramos su poder.
El rostro de Artur albergaba una preocupación palpable para cualquier observador. A pesar de la seguridad de sus palabras, no pasaba desapercibido su temor. Acto seguido alzó los ojos hacia Jenna y dijo:
—Había pensado en el mecanismo de Freginald.
—¡Freginald! —vociferó Árgam, señor de la torre Esmeralda noreste, levantándose y poniendo las manos sobre la mesa—. ¡Eso sí que implica un peligro potencial! ¿Confiaremos nuestras vidas a un artilugio gnomo?
Acto seguido las voces de los cinco hechiceros restantes inundaron la sala en un tumulto de susurros confusos.
—Es cierto que no sabemos la capacidad de errar que tendríamos al utilizarlo —respondió Artur, alzándose sobre el rumor de las voces—, pero fue diseñado especialmente para casos de extrema urgencia como el que vivimos estos días.
—Más urgencia tendremos si quedamos encerrados por culpa de ese artilugio del mundo antiguo —replicó el mago.
Todos callaron y escucharon. Árgam, tras mirar a todos los integrantes de la cámara, continuó con su exposición.
—Freginald inventó el mecanismo hace casi dos mil años, y su funcionamiento no se ha comprobado en nuestra era. Es un artilugio caído en el olvido, relegado a las leyendas y al folklore local de nuestro reino.
—No obstante, los textos reales revelan cómo nuestros ancestros sobrevivieron a las Guerras Tempranas gracias a su intervención —expuso Artur respetuosamente.
La propuesta dejó al mago Árgam notablemente desconcertado.
—Desconocemos por completo las implicaciones que podría tener activar nuevamente el escudo de Freginald —argumentó el mago con seriedad—. Un artefacto de tal antigüedad podría fallar en su funcionamiento después de casi dos milenios de inactividad. Además, podríamos quedar encerrados y con ello cavar nuestra propia tumba. ¿Qué ocurriría si, una vez cerrado, no fuésemos capaces de abrirlo nuevamente? E incluso asumiendo que lográsemos hacerlo funcionar, los riesgos son demasiado grandes. Me opongo rotundamente a esta propuesta —afirmó con solemnidad—. Y creo que hablo en nombre de toda la cámara de hechicería.
Los otros señores de las torres asintieron con seguridad. Tras una breve pausa añadió:
—El orbe es nuestra única esperanza.
Artur, con semblante serio y calculador, continuó defendiendo su postura.
—La única manera segura de utilizar el orbe es respaldando de alguna forma el escudo mágico que actualmente nos protege. Así, si el escudo llegara a desactivarse, no quedaríamos indefensos frente a la oscuridad que nos asedia. Por ello, si activáramos el mecanismo de Freginald y este nos encerrara, podríamos utilizar el orbe para pedir ayuda —argumentó, dirigiendo su mirada al portavoz de los hechiceros.
—Eso no lo sabemos con seguridad —respondió Árgam—. El orbe es un artefacto que requiere una conexión directa con las estrellas o, al menos, con el vasto exterior. Si activamos el escudo de Freginald y nos encerramos bajo su metal, podríamos cortar esa conexión esencial.
El orbe de los antepasados era una herramienta de la magia antigua. Ostentaba el poder de teletransportar a quien lo usara hacia cualquier lugar donde se hubiera instalado un pilón enlazado. Se conocía que las primeras civilizaciones de aquella tierra habían erigido tres pilones en emplazamientos estratégicos del reino de Selenia: uno de ellos se encontraba en su propia ciudad, Urt; otro se hallaba en Boral, la majestuosa ciudad insular del archipiélago Gilghalás; y el último, en el gran continente, en la ciudad de Cerna, custodiado por la imponente silueta de las Atalayas Cobrizas. El único problema de su utilización era la gran cantidad de energía que este requería para su funcionamiento.
—¿Pero no os dais cuenta de que usar el orbe, sin más, es de una temeridad atronadora? —insistió Artur.
Todos los magos comenzaron a hablar al mismo tiempo, intentando defender su postura. Un murmullo poco claro impregnó la atmósfera. Cada uno de ellos había hecho sus propias cábalas, convencidos de que su poder era suficiente para no comprometer la integridad del escudo si optaban por utilizar el orbe.
La discusión se había estancado en un punto muerto. Artur se mostraba reticente a asumir riesgos con la magia, mientras que los magos se aferraban a su desconfianza hacia el antiguo mecanismo gnomo.
Jenna, tras observar el tenso intercambio de argumentos entre los dos interlocutores, supo que el momento de pronunciar su veredicto había llegado. Analizó las aportaciones de ambos bandos y, ante la falta de un acuerdo claro, se decidió a intervenir. Sabía que su palabra era necesaria para resolver aquella situación; por lo tanto, con la autoridad que le confería su posición, elevó su voz por encima del murmullo de la sala en un tono sereno y respetuoso.
—Incrementaremos nuestros esfuerzos en la exploración y dedicaremos unos días más al análisis del mal que nos rodea. De momento, no haremos uso del orbe y tampoco nos precipitaremos a emplear el mecanismo de Freginald. Pero en el caso de que esa oscuridad comience a mermar nuestro escudo mágico, recurriremos a la tecnología ancestral, forjada por el legendario héroe gnomo —expresó, haciendo una pausa para mirar a los magos del concilio—. Sé que esta decisión no es de vuestro agrado y lo lamento, pero no ha sido tomada a la ligera. Desde que la oscuridad se cerró sobre nosotros, esta posibilidad ya estaba siendo sopesada. Aunque los hechiceros mostraban un profundo respeto hacia su soberana, no podían ocultar en sus miradas que aquella decisión no era la que ellos esperaban. Acto seguido y tras el silencio de todos, se dio por terminada la sesión, dejando tras de sí un aire de incertidumbre sobre el futuro que les aguardaba.
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