
En la penumbra de la sacristía de Outherglands, donde las sombras susurran pecados olvidados y las velas arden con llamas de colores impíos, se erige el Arzobispo; un ser cuya sola presencia hace que el aire se sature de un frío ancestral.
Su rostro, eternamente oculto tras una máscara de hierro forjada con las almas condenadas de sus antecesores, no ha contemplado la luz desde tiempos inmemoriales.
El Arzobispo, venerado y temido a partes iguales, es el guardián de textos prohibidos y de rituales que ningún hombre debería conocer jamás.
Su voz, un susurro que reverbera en los muros de la catedral y en las mentes de los depravados fieles, va acompañada siempre del murmullo de los espíritus que lo custodian. Almas que, en vida, osaron desafiar su autoridad y que ahora no son más que servidores de su retorcida voluntad.
Los habitantes de Outherglands murmuran que el Arzobispo fue antaño un hombre de fe, un líder espiritual cuyo corazón se corrompió no por la lujuria del poder, sino por el hambre de conocimiento.
Su obsesión por el saber lo llevó a intentar dominar los secretos de la vida y la muerte. Se dice que, en su búsqueda por la inmortalidad, traspasó los límites del reino terrenal y realizó un pacto con las sombras que se retuercen más allá de las puertas del sol y de la luna.
Bajo su mando, la catedral se convirtió en un lugar de peregrinación para aquellos que buscan el conocimiento oscuro. En ese lugar:
No obstante, hay quienes susurran que su poder no es absoluto. Que entre las sombras de su propia catedral se esconde una verdad que podría desmoronar su reinado de terror.
Una reliquia sagrada, oculta y custodiada por aquellos que aún se resisten a su dominio, podría ser la clave para desvelar su verdadera naturaleza. Pero aquellos que buscan derrocarlo deben andar con mucho cuidado; en el juego de sombras y engaños, el Arzobispo siempre está dos pasos por delante, y el precio del fracaso es una eternidad de servidumbre.
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