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La ballena abisal de la fosa de las Marianas

Hubo un tiempo en el que el ser humano disfrutó de una relación simbiótica con su hábitat, un tiempo en el que cuidábamos nuestro entorno, lo amábamos y lo respetábamos. Allí abajo, en la Tierra, tuvimos una época de crecimiento, unión y edulcorada felicidad.

No obstante, nuestra naturaleza es egoísta; es cruel y mezquina. Empezamos a acomodarnos en nuestros hinchados sillones, con la nevera llena de paquetes, latas y botellas. Una infinidad de productos, de entre los cuales, la mitad acabarían caducados, lanzados vilmente a la basura, sin ningún tipo de remordimiento.

Empezamos a utilizar grandes cantidades de papel, tintas, y plásticos. La mayoría de las veces de forma injustificada y del todo innecesaria. Algunos dijeron que, en esos momentos, no nos percatamos del horror y la destrucción que estábamos creando. No obstante, lo peor de todo es que si que nos percatábamos, pero éramos demasiado arrogantes como para que nos importara.

El planeta, que para nuestro conocimiento de entonces era una roca, resultó ser un ser vivo. En defensa propia, la vegetación empezó a rebelarse ante esas atrocidades. Empezó a producir Sinaquita2b junto al oxígeno, lo que resultó ser letal para los humanos. Los animales terrestres se volvieron salvajes y agresivos, fieras implacables

Y del mar… de las profundidades del océano aparecieron especies hasta entonces nunca vistas, especies abisales que llevaban millones de años escondidas, y que ahora, emergían para defender su patrimonio.

La más feroz fue, sin duda alguna,

La ballena abisal de la fosa de las Marianas


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